El ánima

Con motivo del próximo día de muertos

Por Francisco Javier Lino Briones

Noviembre 01 del 2020

Los Cabos, B.C.S. Siempre me pregunté la razón por la que aquí, en la comunidad cabeña, todavía no hay fantasmas; es decir, llevo cuatro años en estos rumbos y no he oído decir que haya lugares o casas donde espanten. Prácticamente todo es nuevo, no es como en el interior, donde aún encuentras casas de cuatrocientos años de antigüedad. Esa puede ser una razón, porque otra es que los que han muerto por estos rumbos son devueltos en cenizas a su tierra de origen. Sin embargo, creo más bien que los que murieron, en su momento no tuvieron las suficientes ataduras para quedarse en este lugar y se llevaron todo lo que tenían para el lugar a donde partieron, hasta su ánima.

Dicen los más viejos que para no quedarse a penar en este mundo es necesario deshacernos de todo lo terrenal y sobre todo, no dejar nada pendiente, porque eso hace que el espíritu no abandone los lugares donde fallecemos. Que para morir como Dios manda hay que vaciar nuestro morral de deseos, rencores, envidias, celos, deudas y de todo aquello que te pueda mantener atado a este lugar, aunque tu cuerpo se esté engusanando a cuatro metros bajo tierra. Como ya dije, la manera de manifestarse de las ánimas en este mundo terrenal siempre fue para mí un tema interesante ¿Por qué aquí no había fantasmas? Visite los lugares más viejos y no hubo indicios de ellos, ni siquiera en el panteón, por cierto, bastante pequeño para la población en que vivimos. ¿Aquí no espantan? Pregunté por todos lados, pero parece que ni la llorona se ha aparecido por acá.

Esa tarde estaba lloviendo y como en otras ocasiones fui caminando hasta el centro para poder proveerme de un poco de víveres. Aunque vivo en la colonia Cangrejos, prefiero a veces agarrar “el camino del burro” a pie, para hacer un poco de ejercicio.

Las lluvias, en este lugar desértico causan muchos estragos, por eso hay quien dice que en lugar de traer beneficios nos perjudica, pero cuando llegan las primeras en tiempo de calor, todos coincidimos en que son una bendición del cielo. Sucede que antes de que ellas aparezcan, el calor es materialmente insoportable, se puede decir que hasta el mismo diablo sudaría sentado en la sombra. Así que ese día me fui despreocupado, sintiendo como se mojaba mi cuerpo: Bendición de Dios, manto de alivio, alegría de vivir.

Hice un recorrido por varias tiendas y por eso la noche me alcanzó. Compré tornillos en la ferretería; entré en la tienda de abarrotes para comprar pilas y me detuve a llevarle un poco de pan a mi familia que lo esperaba para merendar. A esa hora, la lluvia aumentó su intensidad: ya no era esa lluviecita agradable, venía con gran intensidad. Estaba cayendo una tormenta.

Si para ir al centro lo hice a pie por gusto, el regreso lo tuve que hacer por necesidad. Estuve casi una hora en la panadería esperando a que mejorara un poco el tiempo y desde ahí pude ver cómo las calles asfaltadas comenzaban a convertirse en arroyos. Conforme pasaba el tiempo, el agua aumentaba de nivel y trataba de seguir su curso normal, pero como las construcciones han invadido su cauce, buscan por donde escurrirse llenando las calles cabeñas, arrastrando lodo, arena y basura.

Cuando hay una tormenta así, todo San Lucas se paraliza, lo que se tenga que hacer se deja para después o lo haces corriendo con el riesgo de dañar tu humanidad por las cosas que suelta el viento o la misma agua que en lugares corre a raudales.

Yo decidí correr el riesgo para poder llevar el pan a la casa. Como no había colectivos por el mal tiempo, decidí emprender mi regreso a pie.

Ya en el camino al faro viejo y después de llegar hasta donde termina la calle pavimentada, exactamente donde se ubica el Cet-Mar, volví a reflexionar nuevamente sobre mis fantasmas, porque si hubiera una noche propicia para la aparición de ellos, indudablemente sería esta. El viento generaba lúgubres sonidos cuando era cortado por las láminas, las piedras o los árboles que se atravesaban a su paso. La misma bolsa de plástico donde llevaba mi mandado era fuente de ese ulular.

La oscuridad de la noche se sentía tan pesada que tenía que andarme con mucho cuidado para no tropezar. ¡Maldita Sea! Cuando llegué al despoblado, frente al “Miguel Ángel”, la naturaleza caía a cántaros. Ya para ese momento mis arrepentimientos comenzaron a salirme por los poros. Sentí angustia porque unos amenazadores arroyos se estaban formando a mis pies e hicieron mi camino más difícil y sobre todo peligroso. Por eso dudé un momento sobre la posibilidad de regresarme sobre mis pasos, pero me dije a mi mismo: “Ni modo que te eches para atrás compadre” y continué. Me alivió ver las luces de la colonia Hojazen porque sabía que llevaba más de la mitad del camino andado; un poco más de esfuerzo y estaría cenando una leche calientita con pan, en la mesa, rodeado de la familia; sin embargo, ese alivio fue momentáneo, porque debido a la acumulación de la lluvia allá en el cerro, el arroyo que viene desde más arriba de la calle de la Coca-Cola estaba visiblemente grande y peligroso, las aguas revueltas con arena bajaban con gran fuerza en dirección el mar. Era tan grande su caudal que dudé, pero al final decidí a cruzarlo.

¡Que horrible se siente! A cada paso que daba me hundía más en esa efímera corriente de agua; sientes como va hundiéndose tu cuerpo en ese arroyo en el que no le encuentras piso firme, y también ves tu estabilidad menoscabada porque quiere llevarte y te trata como una pluma soltada al viento. Simplemente perdí la calma y en la desesperanza solté la bolsa que llevaba; luché para llegar a la orilla, pero el agua comenzó a arrastrarme entre sus lodos. De no haber estado la alambrada tal vez me hubiera arrastrado hasta el mar, pero ahí quedé, atorado en los alambres; agregado a esto tuve la desgracia de perder mi brújula natural, debido a mi falta de orientación no lograba ponerme de pie. Intenté recobrar la calma, porque ese es el principal requisito para salir bien librado de un problema como ese, pero no lo logré. No pude calmarme y en mi desesperación tragué no sé cuántas bocanadas de esa agua turbia. En un momento sentí que el sueño invadía mi ser después de que los oídos me tronaron y en la mente aparecieron luces multicolores, por miles, como cuando el cielo retumba y se llena de luces fugaces en una noche de quince de septiembre. Volví a la lucha y seguí la línea de un alambre de los que estaba atorado hasta que toqué fondo. Ahí pude caminar. Ya pisando firme, fuera del agua, caí de rodillas, estaba muy cansado.

El director del Cet-Mar me sentó junto a otros alumnos, nos mantenía en medio de la plaza cívica porque andábamos en el plantel desfajados y eso “iba en contra de las reglas establecidas en este honorable centro de estudios…”

No sé porque razón nos dijo: –Espérense ahí hasta que venga el director del COBACH.

Con un fuete en la mano, el director del COBACH apareció repentinamente delante de nosotros y se sentó. Nos miraba sin decirnos nada. Yo personalmente sentí pavor por la forma en que nos dirigía la vista, era penetrante e incisiva. Todos guardamos silencio esperando a que nos preguntara algo, pero comenzó a decirnos cosas que no entendíamos: Inició con un ¡Esta bien!, siguió con un ¡y bien!, continuó con un ¡bien! Y termino cambiando la voz a un gangoso ¡Gaaa! ¡gaaa! ¡gaaa! ¡gaaa!

Por nuestra parte, el compañero que estaba sentado a mi derecha comenzó a remedarle: ¡Está bien!, ¡y bien!, ¡bien!, ¡gaaa!, ¡gaaa!, ¡gaaa!

Me dieron miedo las represalias que fueran a tomar los directores por lo que le di con el codo a mi compañero y le dije -¡No lo remedes, nos van a fregar! Pero no me hizo caso y continuó su postura burlesca: ¡Gaaa! El director; ¡gaaa! El compañero. ¡Gaaa! El director; ¡gaaa! El compañero.

¡Gaaa! En un lado, ¡gaaa! En otro, ¡gaaa! en un lado, ¡gaaa! en otro… yo estaba soñando y realmente eran dos sapos. Por ahí, en un cuento que narra las que pasa un padre de familia durante el paso de un huracán, leí que los sapos de esta península no croan como los del interior de la Republica, más bien, se identifican entre ellos con una especie de imploración: ¡Gaaa!, ¡gaaa!, ¡gaaa! y precisamente estos animales fueron los que me despertaron: Uno croaba a mi derecha y el otro lo hacía respondiéndole desde más allá, en un charco al lado del camino.

¿Cuánto me dormí? ¡No sé! Me levanté y vi mi reloj. Era la medianoche en punto. Medio sacudí mi ropa y continué hacia mi casa, después de todo ya estaba de este lado del arroyo y Cangrejos se encontraba a poca distancia. No me tomé la molestia de voltear hacia atrás, ¿para qué? La bolsa del mandado la di por perdida desde que me agarró la corriente.

Cuando llegué a casa toqué despacio para no despertar a los niños, pero como nadie me hacía caso toqué más fuerte. Solamente salió nuestro perro del patio de atrás y se puso juguetear a mi lado.

Así estuve un buen rato. Era una desgracia para mí que todos en la casa tuvieran el sueño pesado, incluyendo a mi mujer. Le dije a mi perro, fiel a más no querer -¡Qué bueno que a ti no te espanté! Pasos atrás, en la entrada de la colonia, de las casas salieron a mi paso tres furiosos perros a ladrarme, pero cuando me les quedé viendo a los ojos se metieron a su casa, asustados. Me miré la ropa toda ensangrentada y levanté los hombros: “Bueno, creo que doy muy mala imagen”.

Casi tiraba la puerta a puñetazos y nadie salía abrirme solo mi perro continuaba con su entusiasmo por tenerme ahí. Cuando se abrió la cortina de la ventana se me alegró el alma, por fin iba a descansar. Pero la vieja solamente asomó las nariz por la ventana para decirle al perro: -¡Cállate! Que no me dejas dormir.

Al ver esto dije algunas maldiciones que se perdieron en el aire y arremetí nuevamente contra la puerta, pero tampoco me abrieron: “Nadie me oye y yo sin llaves”. ¿Llaves? ¡mis llaves! Busque ansioso entre mi pantalón y nada. ¿Y mi cartera? Tampoco estaba en mis bolsas. Regresé rápido a la perpendicular de la calle en donde me agarró la corriente, esperando con un poco de suerte, encontrar mis llaves y la cartera en el lugar en donde me quedé y perdí el conocimiento.

Desde entonces no tengo más corredera que esta: De la casa al Cet-mar a la puerta de la casa, pasando por Hojazen y Jacarandas, sobre el camino al Faro Viejo. A ningún otro lado puedo ir; cualquier otro rumbo que tome invariablemente me lleva a esos dos lugares. He querido agarrar al purgatorio descuidado y como no queriendo me salgo del camino para cambiarle el rumbo, pero ya cuando acuerdo voy por la misma ruta.

Por la noche, después de las doce, cuando veo que pasa algún turista en su auto le grito -¡Bai gringo! Y ellos me contestan el saludo -¡Bye! -diciéndome adiós con las manos; lo mismo a mis paisanos diciéndoles -¡Adiós paisa ´! -les gritó para que me regresen el saludo: Unos lo hacen, pero otros aceleran el coche o le pedalean más rápido a su bicicleta. Los de a pie cuando me ven no corren, vuelan. Todos como pensando si soy o no soy. Y es que ¡carajo!, ni siquiera me dan tiempo de decirles que socorran a esta ánima en pena.

Aquella vez que regresé al arroyo me extrañó ver a una persona que en cuclillas miraba a alguien que estaba acostado boca abajo en el lugar donde hacía un rato corría impetuosa el agua, precisamente en la cerca del alambrado de púas. Aún en lo oscuro, pude distinguir al que estaba encuclillado, porque se levantó para saludarme: traía una guaripa y de ropa solamente se cubría con un pantalón tipo pescador de mezclilla. Estaba descalzo.

 -¡Buenas! -me dijo con voz ronca y cavernosa.

-Buenas noches señor -le contesté mirando su rostro. Tenía el aspecto de una persona que ha pasado muchos días en ayuno, pues por lo delgado, los pómulos se le sobresaltaban en la cara.

Pude percibir también el aliento desagradable que salía de esa boca con los dientes amarillos, cuando se me acercó cara a cara para continuar:

-¿Se te perdió algo?

-Sí, he perdido mis llaves y la cartera. Hace un rato la corriente quiso llevarme, pero me atoré en esos alambres de la cerca.

-Has perdido algo más.

Se volvió hacia el cuerpo tirado en el lodazal y de un solo esfuerzo lo volteó. Dio un pase con la palma de la mano sobre la cara del tendido y de ella emanó una luz clara con la que pude mirar el rostro.

-¡Mira! -exclamó deteniendo su palma.

-¡Virgen santísima! ¡Si soy yo!

Era mi cuerpo inerme, con la palidez que solo un muerto puede tener.

Cada vez que puedo me detengo en este cruce para tratar de descubrir qué es lo que me ata a este lugar. ¿Mi familia? ¿El remordimiento de dejarlos esperando el alimento aquel día?, ¿los pendientes que dejé en mi trabajo? ¿Mi casa que no terminé de construir? Me doy muchas respuestas, pero de entre todas, en las que caigo invariablemente es que siempre quise que Cabo San Lucas tuviera un ánima en pena.

FIN.

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