Estados Unidos con Trump o con Biden

María Luisa Cabral Bowling

Octubre 06 del 2020

La realidad es que ni con Biden, ni con Trump va a mejorar o cambiar mucho la situación en Estados Unidos. Esto no quiere decir que da lo mismo uno que otro, el panorama sería diferente en cada caso, pero no mejor.

Con Trump, ya sabemos que esperar… más o menos, sabemos que van a seguir creciendo en forma galopante la desigualdad, la polarización social sobre todo de contenido racista, la desregulación que en relación con la protección al medio ambiente ha llevado a situaciones de afectación extrema como los incendios e inundaciones, la privatización en todos los sectores y a todos los niveles, el apoyo a los grandes empresarios y a las corporaciones: las grandes petroleras, las grandes empresas farmacéuticas, los bancos, aseguradoras y bolsas y todo el sector financiero; va a continuar la deuda estudiantil, el déficit en la atención en salud que se ha mostrado catastrófica en la pandemia; va a continuar el desmantelamiento del Estado y la destrucción de las instituciones federales, la degradación y envilecimiento del poder ejecutivo, el poder judicial y de la política exterior; el choque de intereses con las agencias de inteligencia, el enfrentamiento con los medios de comunicación, el apoyo irrestricto al Pentágono y en política exterior la política antiinmigrantes, la aplicación de sanciones a diestra y siniestra contra cualquiera que no se alinee a los grandes intereses económicos estadounidenses, ya sean aliados de la OTAN o los “enemigos” designados en el momento actual: Irán, Siria, Venezuela, Cuba y sobre todo Rusia y China. Amenazas siempre en riesgo de convertirse en algo más concreto. El desconocimiento del derecho internacional y de las instituciones internacionales que propician, promueven y respaldan acciones tan aberrantes como la explosión en el Líbano, que nadie se atreve a cuestionar o la cuestión palestina que no se ha podido revertir.

Y en el trasfondo de todo esto está, y seguirá, la decadencia de la hegemonía estadounidense y su grave crisis económica que ya se transformó en crisis social, política, incluso constitucional afectando ya valores identitarios y fundacionales y que conduce a una bifurcación que puede orientarse o bien hacia una gran sacudida social que sirva para corregir muchos lastres del pasado o puede hundir a la sociedad estadounidense en un terrible régimen autoritario, represor de corte abiertamente fascista o puede también llevar a una guerra civil (escenario ya temido y previsto por muchos analistas) de duración y de dimensiones impredecibles o, más probablemente una combinación de todos estos escenarios.

El resultado de la elección y su aceptación, sobre todo por parte de Trump y sus partidarios, por primera vez se ha vuelto una cuestión incierta y preocupante que pudiera precipitar la tan temida guerra civil, por la proliferación de civiles armados en las calles, como en las peores películas de violencia tan típicas de los estadounidenses, que poseen una cantidad y diversidad de armas de las que apenas hemos visto una pequeña muestra en algunos de los múltiples acontecimientos violentos que se han presentado en las grandes ciudades y en los rincones más apartados de la geografía norteamericana.

Si Biden gana la elección, logra tomar posesión y llevar a cabo una transición pacífica, la situación no va a ser mucho mejor que el panorama que se vislumbra con Trump. La crisis económica tan grave y sus repercusiones sociales, políticas, constitucionales incluso los desafíos a los valores identitarios y fundacionales no van a desaparecer. Biden alcanzó la candidatura y logro una gran alianza anti-Trump, por temor a Trump, porque se le considera, con razón, un peligro para la democracia, para la sociedad. El partido demócrata para poder enfrentar a Trump tuvieron que aceptar a Biden y tomar en cuenta el gran reconocimiento y respaldo social que logró Bernie Sanders con un discurso incluyente, antirracista, quien pugnaba por atención médica gratuita universal, combatir la enorme desigualdad la descomunal concentración de la riqueza, por desconocer la deuda estudiantil, acabar con la política de privatización de la educación, promover la protección del medio ambiente y el reconocimiento de las minorías y migrantes que incluyeron en la plataforma de la campaña, pero falta ver qué tanto de eso se sostendría y se promovería realmente. Y por su parte, muchos sectores progresistas que apoyaron a Sanders se unieron a la campaña a pesar de que el propio aparato del partido se encargó de descarrilar la candidatura de Sanders, decidieron aliarse con Biden y con otros grupos de poder en el partido demócrata con el fin superior e inmediato de lograr que Trump no consiga la reelección, pero la realidad es que no es el liderazgo de Biden ni el regreso del partido demócrata al poder lo que aglutina a sus simpatizantes. Es una compaña centrada en Trump, a favor o en contra.

La parte más preocupante de la posibilidad de una administración de Biden es que sus antecedentes y sus visiones muestran que son más proclives a una guerra caliente en algún sitio o en varios, estilo Hillary Clinton. No debemos olvidar el papel de Hillary en la guerra de Irak iniciada por las supuestas armas de destrucción masiva de Hussein que resultaron una falsedad, o su papel en la guerra de Libia que destrozó al país de la manera más irresponsable, solo para mencionar dos de los ejemplos más dramáticos. Biden y su grupo cercano de apoyo, sobre todo los Obama y su gente y los Clinton, aunque más desacreditados, pero sin duda con mucho poder, son más favorables a una globalización con grandes acuerdos de integración (obviamente con predominio de Estados Unidos) pero sin destrozar o desconocer las instituciones y los mecanismos multilaterales y sobre todo sin pretender desconocer y destrozar las instituciones federales y desmantelar al Estado. Se puede decir que son favorables a una globalización que continúe la proyección de los grandes intereses estadounidenses con la característica amalgama de puertas giratorias entre gobierno e instituciones de representación política y grandes corporaciones, mientras que Trump representa una especie de privatización de la globalización a través de la imposición de los grandes intereses económicos de las corporaciones transnacionales, pero sin el lastre, según él, del aparato gubernamental.  Para Trump, si se pueden hacer grandes negocios en Rusia o en Corea del Norte no importan los intereses geopolíticos gubernamentales, la razón de Estado. Para dar un ejemplo, pareciera que Trump ha retirado la presencia de tropas estadounidenses en varios países, sin embargo, por un lado, retira las tropas oficiales y por otro lado mete más contratistas militares privados. Antes de Trump llegaban a la presidencia políticos aliados y apoyados por los grandes empresarios, con Trump, los políticos no sirven para nada y hay que remplazarlos por empresarios, puramente empresarios, como él, según él.

El llamado Deep State, formado por las grandes corporaciones industriales, tecnológicas, financieras, farmacéuticas, por el Pentágono y lo que se llama el complejo militar industrial (ese monstruo que más que promover el interés nacional promueve guerras en donde sea y como sea porque lo que le interesa es vender armas, equipos, aviones, equipos militares de transporte, de ataque para combate por tierra, aire, mar o espacio exterior) los grandes medios de comunicación que son grandes corporaciones con grandes intereses económicos en diversos sectores, con matices y diferencias financian a los dos partidos y no van a perder con ninguno de los dos candidatos. Sin embargo, hay algunos matices, los viejos sectores industriales están más con los republicanos, en tanto que las industrias de la nueva tecnología, inteligencia artificial, digitalización y energías “verdes” y las grandes corporaciones tecnológicas del llamado GAFAT (Google, Apple, Facebook, Amazon, Twitter y anexos) están con los demócratas. Pero quizá en este momento como en ningún otro hemos visto que pueden saltarse de uno a otro según mejor les convenga a sus intereses particulares. Obviamente en este panorama de, como decía Gore Vidal, una sola derecha elitista con dos partidos, no entran la clase trabajadora, las minorías y migrantes, la población afrodescendiente, jubilados y pensionados y en buena medida la población joven desempleada y sin oportunidades, o sea la mayoría de la sociedad estadounidense.

Todavía falta ver que la estrategia de la alianza heterogénea de los demócratas funcione, pero si lo logra, se plantea otra incógnita más difícil todavía que es la de mantenerla. Por lo pronto Biden ha dicho que ahora el partido demócrata es él y no está dispuesto a reconocer la alianza y el apoyo de los progresistas, a lo mejor como estrategia para evitar el temor y la satanización de los sectores más conservadores, pero también es muy posible que una vez que logre su objetivo los desconozca o los quiera minimizar y entonces se vuelve a plantear el escenario de la polarización y de la confrontación social. No hay mucha diferencia entre Biden y Trump, solo que Trump es más burdo. ¿Qué podemos esperar en México de los resultados de esta elección? Para bien o para mal, somos los vecinos y nos va a afectar. Sin embargo, por lo pronto los terroristas islámicos y los migrantes dejaron de ser el enemigo número uno de Estados Unidos para ser desplazados por los chinos básicamente. El que el muro o México no estén directamente en el centro de la campaña ya es ganancia y también la confrontación con China ayude a que no haya mayor confrontación con México, pero necesitamos seguir peleando en avanzar en la defensa de nuestra soberanía y por un desarrollo nacional menos injusto.

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