Sobre la elección del candidato demócrata en Estados Unidos

Por María Luisa Cabral Bowling

Agosto 19 del 2020

Estamos presenciando un proceso electoral en Estados Unidos totalmente atípico, provocado por esta compleja situación actual, en medio de la peor pandemia, con la crisis económica que ésta agudizó, profundizó e hizo estallar en una recesión sin precedentes y acompañada por una crisis social y política tan profunda, que está cimbrando las propias raíces fundacionales e identitarias del sistema estadounidense.

Se inició el pasado lunes 17 de agosto de 2020, la Convención del partido Demócrata, utilizando un formato totalmente inédito, con cuatro días de eventos virtuales de dos horas de duración para la transmisión de discursos y espectáculos artísticos que culminarán con la elección ya programada de Joe Biden, Joseph Robinette Biden Jr., como candidato a la presidencia de Estados Unidos, acompañado por Kamala Harris, como candidata a la vicepresidencia en la fórmula demócrata que se presentará para la elección el martes 3 de noviembre, para competir contra Donald Trump, quien busca la reelección acompañado por su vicepresidente Mike Pence, Michael Richard Pence. Obviamente la fórmula demócrata es ya una decisión tomada por lo que muchos hablan en realidad de un show mediático destinado a convencer electores

En realidad, si Estados Unidos fuera una verdadera democracia, el candidato demócrata debiera ser Bernie Sanders, Bernard Sanders, quien, en febrero de este año, venía arrasando con los votos de apoyo frente a los demás precandidatos demócratas. Pero su agenda era demasiado progresista, el mismo se asume como socialista democrático y sus opositores lo califican de comunista radical. Proponía acabar con la discriminación en la política interna y frente a los migrantes, promover un sistema de salud universal, acabar con la enorme desigualdad económica, anular la deuda estudiantil, acabar con la política belicista de Estados Unidos, entre muchas otras medidas inaceptables para la élite económica y política dominante en Estados Unidos.

Sanders habla de la necesidad de gobernar para el 99% de la población, de la diversa y plural sociedad estadounidense actual y no para el 1%, los privilegiados de la élite. Las cúpulas del llamado Deep State, compuesto sobre todo por el complejo militar industrial, las grandes corporaciones transnacionales, incluyendo las financieras coludidas con la élite política en la Casa Blanca (o sea el poder ejecutivo federal), el Pentágono y las agencias de inteligencia (no olvidar que ahora la política exterior de Estados Unidos está en manos no de un diplomático sino de un ex agente de la CIA quien ha confesado que mentía, engañaba y robaba y que para eso los entrenaban), todas estaban verdaderamente atemorizadas con la posibilidad de su triunfo. Esta élite orquestó una campaña de sabotaje contra la candidatura de Bernie Sanders en la que participaron los grandes medios de comunicación (parte de las grandes corporaciones transnacionales del Deep State), toda la administración trumpista y la propia maquinaria tradicional del partido demócrata dominada desde hace algún tiempo por los Clinton. Finalmente, el 8 de abril, después de haber perdido algunas plazas muy importantes en las elecciones primarias del super martes, se retiró Sanders de la carrera presidencial.

Muchos analistas importantes, entre ellos, Noam Chomsky señalan que Sanders ganó perdiendo, su campaña y su discurso, su visión y sus propuestas calaron tanto en la sociedad que ganaron la centralidad en el partido demócrata. De hecho, ya desde el proceso electoral anterior logró que muchos actuales congresistas ganaran elecciones con su discurso y sus propuestas, como la congresista Alexandria Ocasio Cortez. En este proceso electoral, las bases de apoyo de Bernie Sanders son esenciales en el partido demócrata, ahora dividido entre esas dos grandes fuerzas básicamente, la maquinaria anquilosada de los Clinton y compañía y los progresistas en torno a Bernie Sanders, con grandes apoyos en la sociedad desde baby boomers hasta millennials, desde las minorías étnicas, raciales y religiosas, los jóvenes y los diversos movimientos de reivindicación de derechos humanos y civiles.

En todo caso, en esta elección de la Convención demócrata, el menos importante es Joe Biden; es más, mientras menos hable… mejor. Que diferencia con la compaña para la elección de Obama, en donde sus discursos eran la parte esencial; discursos que sedujeron a las grandes mayorías que le creyeron sus promesas y lo convirtieron en la gran esperanza de cambio en Estados Unidos. También es notable el contraste con la elección anterior en donde el espectáculo era el enfrentamiento violento entre Hillary Clinton y Trump.

También es importante recordar que, en el proceso electoral que llevó a Obama a la presidencia, frente al miedo a los grandes cambios ofrecidos por Obama, el Deep State, puso como vicepresidente a Joe Biden en la fórmula, como una especie de freno conservador, que después resultó totalmente innecesario pues Obama no solo no cumplió sus promesas, apenas con solo una reforma a medias del Medicare, sino que fue la gran decepción para los progresistas, las minorías y los jóvenes que esperaban grandes cambios, tan es así que se hizo posible la elección de Donald Trump después de su segundo mandato. Sin embargo, ahora es un Joe Biden muy envejecido, incluso muy diezmado de sus facultades físicas y mentales, al grado de que hay quien duda de que llegue o se mantenga en la presidencia por lo cual en realidad la selección de su pareja de fórmula para la vicepresidencia se volvió crucial.

Ya se había anunciado que la candidatura demócrata a la vicepresidencia tendría que ser para una mujer y de preferencia afrodescendiente, aunque muchos temían que se pudieran designar a Hillary Clinton. Finalmente se designó, con la anuencia de la élite económica y política del partido, a Kamala Harris, una fuerte personalidad política que compitió por la candidatura a la presidencia y se retiró por falta de fondos. Kamala Harris, hija de migrantes (su madre investigadora reconocida sobre cáncer de mama, de origen tamil, hindú y su padre jamaiquino, académico economista de mucha fama) con una carrera de abogada de mucho prestigio que llegó a ser fiscal en California y actualmente es senadora por California, tiene algunas propuestas muy progresistas, entre ellas en materia de no discriminación racial judicial, en materia de migración, pero también propuestas muy ambiguas o francamente conservadoras, como frente a las reformas en materia de salud, cuestión muy importante en este momento de pandemia, entre otras. Su imagen es la de una política decidida, firme, fuerte que refleje la diversidad étnica y cultural del país, pero sus posiciones son ambivalentes. Kamala Harris será sin duda la figura fuerte en la elección demócrata y quizá incluso a corto plazo podría llegar a la presidencia de Estados Unidos, si Biden gana la elección en noviembre.

De cualquier manera, aun cuando esta elección se presente como la gran batalla para salvar a la democracia y a la sociedad estadounidense del desastre trumpista, la realidad es que la decadencia y la crisis en Estados Unidos es de tal gravedad que difícilmente tiene solución a corto o mediano plazo, con o sin Trump. La inconformidad, el surgimiento de una enorme cantidad de movimientos sociales de todo tipo y de gran fuerza, junto con la incertidumbre económica y la indiscutible pérdida de la hegemonía en el mundo, son desafíos demasiado grandes. Como siempre, la verdadera esperanza está en las fuerzas sociales renovadoras que afortunadamente están proliferando en la sociedad estadounidense.

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