Cuando pinte canas…

Por Yolanda Tafoya Ruiz

Junio 21 del 2020

Hoy quiero platicar contigo, sentarnos frente a frente y hablar de lo que sin palabras hemos dicho; confesarnos un secreto, reírnos de alguna vieja travesura y llorar por una pena compartida.

Yo quisiera comenzar, si me permites.

¿Recuerdas aquellos días en que, invadida por cientos de llagas, varicela le decían, hubiera de permanecer por días atadas a mi cama? Yo. Que difícilmente podría mantenerme quieta por breves espacios.

Déjame confesarte que en cuanto partías y mamá se descuidaba, brincaba la desvencijada ventana para comer cuanta golosina pudiera comprar con las monedas que silencioso dejarás bajo mi almohada, creyéndome aún dormida.

Y no solo eso, sino que cuanto tu mano acariciaba mi frente, apretaba los ojos, fuerte, fuerte, para disfrutar gustosa tu cariño.

Por las noches, cuando la penumbra o los monstruos invisibles hacían de mi su presa, tu sola presencia disipaba toda sombra de agonía.

Y cómo quise destrozar aquellos horribles zapatos blancos que con tanta insistencia me ofrecieras y que finalmente aceptara, resignada ante tu autoridad que no permitiera oposición alguna.

Algo que siempre me ha acompañado, son los pases del domingo y nuestros juegos compartidos, que invariablemente terminaban con una suculenta comida hecha por mi madre, el carro atiborrado de chamacos, piedras y7 ramas, trofeos de batallas, mismos que despu8és de un tiempo desaparecían misteriosamente.

Te recuerdo también con ese mundo de papeles a final de mes, llenos de números y cómo, acumulabas periodos vacacionales sin poder tomarlos por el exceso de trabajo. Pero jamás escuché de ti una queja, ni aún cuando debiste doblar jornadas, para llevar a casa todo lo necesario.

¿Cuántas cosas para ti habrán quedado en el aparador?

¿Cuántas habrás intercambiado por un juguete o pantalón de moda para tus hijos?

Ya más grande, cómo critiqué tu exagerada responsabilidad y rectitud, las que igualmente pidieras de los tuyos.

Hoy, a la distancia, haciendo un recuento de todos los momentos pasados a tu lado, hasta uno de los más amargos; la partida de tu madre y una abuela como pocas, empiezo a comprender, ya con mis hijos, este sentimiento que se agiganta ante tu recuerdo.

Tu voz se ha hecho menos recia con el tiempo. Encanecida tu pelo, encorvada tu figura y pausado tu andar, más a cambio de eso, ha adquirido un calor más sosegado tu regazo, otro brillo tus pupilas, llenas de sueños cumplidos, afectos y recuerdos.

Hoy, hay un padre en ésta mi casa, padre mío, y una hija que vive a través de sus sentidos… y lo ama, con ese amor que solo ella puede darle.

Su mirada es la misma que en tus ojos se reflejaran cuando por las noches, ya cansado de tu trabajo, en mis ojos observaras. Y somos tú y yo, en esos rostros nuevamente.

Hoy, no trato más de explicarme esa oculta admiración, mezcla de amor, temor y de respeto que por siempre te profesara, aquí está y te la hablo, no más en silencio o con la mirada.

Quiero platicar contigo, si me lo permites, decirte que te amo y bendigo el sino que me permitiera ser parte de tu carne Padre Mío.

No… no necesito una respuesta, lo sé todo, solo permite cobijarme una vez más en tu regazo, como cuando era niña… PADRE MÍO.

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