¿Cuándo tendré mi casa limpia?

Por Yolanda Tafoya Ruiz

¿Cuándo tendré mi casa limpia?… recojan sus juguetes, ya no pinten las paredes, no brinquen en la cama… ¿Cuántas veces repetí esas frases? Cuando llegaba a casa, después de una jornada de trabajo, fines de semana, vacaciones… hace treinta y tantos años, a mis hijos

Las mismas que hasta hace un par de semanas, a mis nietos susurraba, aunque en un tono un poco más conciliador, suave, con un dejo de complicidad y hasta oculta complacencia. Ahora la historia era diferente, primero correr a capturar el momento de la travesura con el celular y después a fruncir el ceño, simulando enojo, que se disipaba en cuanto aparecía la sonrisa en sus caritas… yo no nana, yo no fui.     

El triciclo, bicicleta, la pequeña moto, el trascabo, dinosaurios, carritos, legos, capas y máscaras de super héroes, pinturas, pinceles, caballete, el león con el que aprendieron a caminar, primero Diego, después Demián y finalmente el más pequeño, Dante, el torbellino, todo acomodado en perfecto desorden, desde la puerta de la entrada, hasta el último rincón de la casa de “los tatas”.

No me gustan las verduras… puedo ver las caricaturas en tu tele…  cuéntame un cuento, ahora tú cuentas y nosotros nos escondemos nana… el pintor, el actor, el demoledor y trapecista… y la princesa, el contrapeso, tranquila, obediente, la mayor. Mis nietos, mi luz.

Dieguito pintó primero, aún antes de caminar, sus lienzos: las notas del abuelo, puertas, ropa, mesa, sábanas, cortinas, pisos y paredes, sus bracitos, piernas y la cara de mamá o papá en el primer descuido, nada escapaba a su pincel.

A Demi lo descubrimos un buen día frente al espejo, ensayando las poses más dramáticas de un berrinche, carcajadas, gestos de dolor o asombro, para después, doblarse de la risa. Todo un parlanchín, aún antes de cumplir sus dos añitos, ya hablaba sin parar.

Y Dante, ah, mi pequeño demonio de Tazmania, mi guerrero, valiente aún en el vientre de su madre. Resistió desde amenazas de aborto, hasta una neumonía. ¿Nacería con algún problema, quizá bajo de peso o alguna otra complicación? Era un temor oculto, pero no, fue el bebe más hermoso y sano que nació ese día en el hospital.

Andy, la mayor, la que derritió mi corazón la primera vez que me dijo abuela, blanca como la nieve, dulce y suave como el algodón de azúcar, tierna, estudiosa, tranquila, cambió hace poco sus muñecas por la Tablet. Sus travesuras, aunque fueron pocas, permanecen frescas en la memoria.

No hay un solo rincón de la casa de los abuelos, que no hable de la huella de los nietos.

Pero desde hace poco más de un mes, el patio, los cuartos, la cocina, los pasillos se han ido apagando.  La casa, finalmente, está limpia, pero llena de silencios, repleta de ausencias.   

Por las mañanas aún creo que entrará el pequeño Dante por la puerta de la habitación con su melena alborotada, extendiendo sus bracitos… subí, nana, subí, buscando ocultarse de su madre, de mi hija, quien insistía, como todos los días, en llevarlo a la guardería, para correr a la oficina.

Las prisas matutinas, preparar el desayuno, las loncheras, uniformes, el uber, las escuelas tomaron un descanso.

Hoy, las risas no se escuchan más en esta casa, solo el “clap, clap” de las teclas de la computadora rompen el silencio que te estruja. Pasan las horas y contemplo esperanzada, a que el celular suene, deseando que sea mi hijo o mi hija, para mostrarme lo que hacen mis pequeños.

Ya no preguntan tanto ¿Cuándo vamos a la casa de tata y de nana? Ahora permanecen es sus casas, resguardados, protegidos de la sombra de un virus que ha venido a cimbrar al mundo entero, un virus que nos tiene secuestrados, que amenaza con cambiar de tajo, la vida como la conocíamos, antes de su llegada.

Ahora solo veo a mis peques a través de una pantalla y solo ruego a Dios, que no se convierta en algo cotidiano.   

Hoy, que finalmente mi casa está limpia, como sueño con volver a tenerla ruidosa, regada desde la puerta de la entrada, hasta el último de sus rincones.

Cuando vuelva a verlos, cuando pueda volver a abrazarlos y besarlos, dejaré escoba, sartenes, informes, y me arrastraré con ellos, pintaré paredes, brincaré en la cama, armaré castillos con sábanas, comeré pizza en lugar de sopa de verduras y los amaré aún más que cuando partieron.

Que la lección sea aprendida.  

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