Las desacreditadas minas de “allá”

Por Sealtiel Enciso Pérez

Mayo 07 del 2020

Nuestras tierras de California, tardaron mucho en ser exploradas debido a su clima extremo, así como la gran dificultad para encontrar fuentes de agua y alimento que pudieran sostener a una población fija. Con la llegada de los jesuitas a Loreto en el año de 1697, se da inicio con los establecimientos permanentes de colonias, que paulatinamente, fueron abriendo estas tierras a la ocupación por parte de gente extraña y a la introducción de una cultura diferente.

La “Societas Jesu, S. J.” realizó un convenio con la Corona Española a través del Virrey Don José Sarmiento de Valladares y Arines Troncoso Romay, conde consorte de Moctezuma y de Tula y duque de Atrisco, para fundar establecimientos permanentes en las Californias sin solicitar apoyo económico de la Corona a cambio de tener el dominio militar y civil de estas tierras. Durante las primeras décadas de estancia en la península, los Ignacianos pudieron mantener su predominio, sin embargo, paulatinamente y debido en gran medida a los grandes cambios que se estaban originando en los grupos políticos y de poder en España y en el Virreynato de la Nueva España, a la California llegaban aventureros españoles deseando realizar la explotación comercial de placeres perleros, así como de los yacimientos mineros, a los cuales ya era casi imposible contener.

Es así como en el año de 1748, surge el primer asentamiento secular (no fundado ni controlado por sacerdotes) de la mano del ex soldado de presidio Manuel de Ocio. El sitio lo nombró Santa Ana y su propósito era la explotación de las ricas vetas de plata y oro que se encontraron años antes en un sitio conocido como “Marinó” por los pericúes. La lucha por desalentar este tipo de asentamientos, fuera del dominio de los Misioneros fue permanente y para ello los sacerdotes jesuitas utilizaron los informes que enviaban fuera de la península a las autoridades eclesiásticas y civiles, en donde sesgaban los hechos y los acomodaban a sus intenciones. Aquí transcribimos lo que registró el sacerdote Juan Jacobo Baegert en su libro “NOTICIAS DE LA PENINSULA AMERICANA DE CALIFORNIA”, sobre la explotación minera:

“La misma cosa sucede con las minas californianas, aunque de ellas, que yo sepa, no han escrito todavía nada hasta ahora los geógrafos, ni nada se lee de ellas en las enciclopedias. Tal vez, porque hace apenas veinte y tantos años que fueron descubiertas. Pero estos escritores, tan pronto que husmeen algo, sabrán hacer de ellas un nuevo Potosí. Santa Ana y San Antonio el uno del otro, rascan la tierra y perforan las rocas, para dar con un pedazo de plata. Entre ellos, el uno deja el oficio hoy y el otro mañana, para ir a vivir a otra parte y buscar pan en vez de plata, porque se ha dado cuenta de que las minas en California cuestan más de lo que dejan.

Los que viven en estas minas, grandes y chicos, blancos y negros, todos juntos, suman a lo más unas 400 almas, y son, en parte, españoles nacidos en América, en parte indios del otro lado del Golfo, porque los indígenas californianos tienen tan pocas ganas de dejarse enterrar vivos por la plata, como ahogarse por las perlas.

La pobreza y la miseria son mucho más grandes que el número de estos mineros; la tierra sólo produce un pasto un poco más abundante que en otras partes, pero la poca plata no alcanza para traer el pan desde el otro lado del mar, de modo que la mayoría de estos mineros pueden hablar de buena suerte si consiguen comer, además de su carne, una tortilla algunas veces al año. Ha habido allí familias españolas que se vieron en la necesidad de buscar el sustento, vagando por los campos como los indios. Como es la alimentación, así es la ropa, y muchos de los niños ya crecidos de los españoles, andan en las minas como los californios, es decir, más que semidesnudos.

Muchas veces se ha tratado de persuadir a estos caballeros que pidiesen un cura párroco al señor obispo de Guadalajara, a cuyo obispado pertenece California, porque, por una parte, es demasiado gravoso para el misionero de Todos Santos, que dista 13 horas de camino de las minas, el tener que atender una diócesis tan retirada, y, por la otra, por no ser saludable a los mineros, el vivir a una distancia de tantas leguas separados de su cura. Ellos nunca han querido prestarse a ello, porque el misionero cumplía con esta obra de caridad siempre, sin retribución alguna, llevando consigo sus propios alimentos y hasta el vino sagrado, cuando se le llamaba para atender a un enfermo o al emprender el viaje sin ser llamado, para celebrar misa y predicar a los mineros; en cambio, a un cura párroco tendrían que pagar, fuera de los derechos parroquiales y el sustento, 600, 800 ó hasta 1000 florines anuales, suma que ellos todos juntos, no estarían en condiciones, ni con mucho, de sufragar (si el mencionado pescador de perlas, comerciante, carnicero y buscador de plata no quisiera dar la mayor parte o todo). Como de las perlas, así también de la plata que se produce en California, corresponde la quinta parte al rey. Y de estos dos quintos se componen todos lo ingreso que la corte española recibe de California.

No sé si, además de los dos lugares citados, hay más plata u oro escondido bajo tierra, en otras partes de ese país tan extenso. Algunos se inclinan a creerlo, sobre todo en la región entre los 28 y 29 grados que se llama Rosario. Pero lo que sí sé, es que (ya sea que haya oro o plata en California donde quiera, pero de preferencia en las regiones septentrionales), resultaría imposible o, por lo menos, enormemente difícil, extraer estos metales de la profundidades y tinieblas de la tierra y subirlos a la luz del sol, a causa de la absoluta escasez de alimentos para hombres y bestias; de la falta de maderas, falta de agua y de trabajadores, los pocos californios no consentirían nunca en prestarse a estos trabajos, ni se les podría forzar si ellos mismos no lo quieren.

Por el rumbo de la misión de San Ignacio se ha descubierto azufre, y en otras partes, según se me asegura, hasta vetas de fierro. Además, se ha encontrado magnífica sal blanca en la isla llamada El Carmen, cerca de la costa y frente a Loreto; en la Isla de San José y en varios otros lugares de ambas costas. Aquí pongo fin a mis apuntes sobre el verdadero aspecto de los recursos naturales de California y ante todo, sobre la desacreditada pesca de perlas, así como de las minas de allá”.

Bibliografía:

NOTICIAS DE LA PENINSULA AMERICANA DE CALIFORNIA. Juan Jacobo Baegert

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