Don Porfirio en el ropero

Por Olgafreda Cota ofcota@prodigy.net.mx

Mayo 06 del 2020

¿Sabes?… desde la primera vez que a través de la ventana del comedor contemplé el patio recubierto con los adoquines hexagonales y el enorme laurel de la India -tan frondoso que debo cortarle de cuando en cuando las ramas más bajas para que no me tape la vista al mar, me llamó la atención un rincón que se formó entre nuestra barda de piedra y la de ladrillo rojo de la casa de tus tíos. Es como un escondrijo, al cual le da techo la enramada de buganvilias -cuyas flores con el viento, se dejan caer como copos de colores-. Este recoveco es el primer lugar del patio en que se instalan las sombras para pasar la noche, eso, si no hay luna llena, porque de ser así, entonces ella, desde el mar, lanza reflejos y las sombras se resignan a una noche de insomnio. Es ahí, justamente ahí en ese rincón, tal vez un poco triste pero tranquilo y hermoso, que siempre he querido colocar un busto del general Porfirio Díaz Mori.

Al escucharme, mi hijo mayor me miró de una forma muy particular que tiene de hacerlo, como si jamás me hubiera visto antes, esto, aunado a una leve brusquedad y a una no tan leve impaciencia que le es innata me dijo:

– ¡A ver si hablamos de lo mismo madre! ¿Te refieres al dictador que estuvo treinta años en el poder? ¿El que se dejó amedrentar por el obispo Labastida y olvidó a Juárez? ¿Al gobernante que no toleró la menor discordancia, recurriendo a desterrar, encarcelar o matar a sus opositores? ¿Del tipo que pidió a su compadre Manuel González que durante cuatro años le cuidara la silla, tratando de engañar al país con unas elecciones limpias? ¡Y todo para quedarse nuevamente con el poder! ¿Del que creó a los malditos rurales, azote del campo mexicano? ¿Del infeliz que mandó al exterminio a cientos de yaquis y tarahumaras? ¿Del que sofocó en forma cruenta los levantamientos de Río Blanco y Cananea? ¿Del desgraciado que repartió tan mal la riqueza que la gran mayoría vivía en la pobreza y la injusticia social?

– Espérame, hijo, hablo del hombre que…

¿Hablas del hombre que mantuvo durante diecisiete años como Ministro de Hacienda a su amigo el tal Limantour, dándole la oportunidad de defraudar al país por 70 millones de aquellos pesos que iban a la paridad del dólar? ¿Del presidente que llevó a su pueblo a una sangrienta revolución en la que murieron un millón de mexicanos?

– ¿Pero por qué, explícame por qué? ¡Ahora sí enloqueciste, madre! ¡No lo entiendo!

– Te voy a contestar… ¿Por qué?

Porque Porfirio Díaz, con sólo 17 años, solicitó al gobernador del estado de Oaxaca, su ingreso al ejército para luchar contra los norteamericanos cuando invadieron nuestra patria en 1846.

Porque al frente del Ejército de Oriente, en Miahuatlán, con mil soldados derrotó a los franceses que eran más del doble, mejor armados y entrenados y, solamente dos semanas después, en una hora… sí hijo, escuchaste bien, en una hora venció nuevamente a los franchutes confiscándoles mil fusiles y más de cuarenta mulas cargadas de municiones.

Cuando por fin queda tomada Puebla, había luchado en forma tan heroica y tenaz contra los invasores franceses que es nombrado General en Jefe del Ejército de Operaciones, y él, sin conocer la fatiga, con toda la pasión y fuerza que lo caracterizó, se sigue persiguiendo a los franceses hasta la capital del país, liberándola definitivamente tres meses después.

Durante su gobierno logró pacificar a un país que, a cincuenta y cinco años de haber concluido su Guerra de Independencia, aún no se encontraba en paz.

Jamás ha habido una etapa en que México haya tenido un progreso tan grande. La calma y seguridad hicieron que las inversiones extranjeras llegaran al país, impulsando enormemente su economía. Las exportaciones de México aumentaron un 300%. Extendió en la mayor parte del territorio nacional las líneas telegráficas, así como una red de ferrocarriles de casi 20 000 kilómetros. Instaló la primera línea telefónica del país, que por cierto iba del Castillo de Chapultepec al Palacio Nacional.

Porque fundó la primera Escuela Normal para Profesoras dando así acceso a la mujer a carreras profesionales.

No conozco mexicano con mayor número de elogios y distinciones extranjeras. Eliuh Root, político norteamericano ganador del Premio Nobel de la Paz en 1912, afirmó que Díaz debía ser considerado como “el héroe que merecía el culto de la humanidad” o Tolstoi, que lo declaró “prodigio de la naturaleza”. Esto desde luego está exagerado, sin embargo, recibió de la Emperatriz de China, La Orden del Dragón; de Francia, La Gran Cruz de la Legión de Honor; Inglaterra le otorgó La Orden del Baño; La Reina Regente de España le obsequió una banda; Rusia, una placa; Italia una cinta; Portugal una medalla y Austria un cordón…

¡Pero, sobre todo, hijo, porque impidió que los Estados Unidos con su mil veces maldito, tenaz y ambicioso expansionismo que siempre lo ha caracterizado, se siguiera apropiando a pedazos nuestra patria! ¡Y porque nada, escúchame, nada, era para él más importante que México!

Después de esta conversación, pasaron varios años hasta que un día, vagando por internet, me tropecé con una noticia que llamó inmediatamente mi atención, se refería al señor Porfirio Díaz Pizarro, bisnieto del general Díaz, que estaba subastando diversos objetos que habían pertenecido a don Porfirio, con el objeto de reunir dinero para repatriar sus restos y entre ellos mencionaba justamente un busto en mármol. Por fin, había una posibilidad de que lograra traer a mi rincón el busto de Porfirio Díaz. De inmediato escribí tratando de contactar a la persona encargada de la subasta, pero la respuesta fue que se había llevado a cabo varias semanas atrás. Fue entonces que me di a la tarea de localizar el domicilio del bisnieto del General Díaz, cuando lo logré, le escribí de inmediato una carta que envié por paquetería y que así decía:

Sr. Porfirio Díaz Pizarro: Me dirijo a Ud. en relación con su proyecto de repatriar los restos del Gral. Porfirio Díaz Mori. Al respecto supe que hace varios meses se llevó a cabo una subasta, pero no pude obtener más detalles. Ha sido hasta ahora que por medio del Internet obtuve los datos que me permiten ponerme en contacto con Ud. Deseo preguntarle si existe alguna asociación que esté impulsando su idea y si hay alguna cuenta bancaria para este propósito. También por Internet me enteré, que hay un busto del Gral. Díaz que no ha sido adquirido, de ser esto correcto y si aún desea venderlo me gustaría saber cuál es su valor.

Hace tiempo visité en París la tumba de su bisabuelo, no como un turista más sino con el objeto de depositar una ofrenda floral a quien con tanto patriotismo, pasión y valentía defendió a México durante la Invasión Francesa, siendo esto razón más que suficiente para que sus restos sean traídos al país; con la esperanza de que esto suceda quedo en espera de su respuesta.

A las pocas semanas, recibí una nota de la señorita Porfíria Díaz, tataranieta del General, quien amablemente daba respuesta a mi carta. Me decía que su padre había muerto algunos meses atrás sin lograr su sueño de repatriar los restos de su bisabuelo y que lamentaba muchísimo que no hubiera alcanzado a recibir mi carta, porque seguramente le hubiera proporcionado alegría leer lo que yo había escrito. Me comentó que por ahora no habría más subastas. También me dijo que no tenía idea de cómo se podría adquirir un busto del general Porfirio Díaz.

En aquel momento recordé París, el Cementerio de Montparnasse y el mausoleo donde descansan sus restos desde el 2 de julio de 1915. En la parte alta está su nombre en forma ojival y arriba, en alto relieve, el Escudo Nacional Mexicano. En su interior pude ver una pequeña bandera de México y una imagen de la Virgen de la Soledad, la patrona de Oaxaca, así como un recipiente con tierra mexicana. Esto es lo más cerca que los restos del héroe, general, expresidente y dictador están del México que amó y defendió con tan enorme valentía y pasión durante las invasiones de que fue objeto.

Yo, que de volver a vivir querría hacerlo en el mismo sitio, sentí una enorme tristeza al pensar que un mexicano, el que fuera, tuviera que quedar para siempre lejos de nuestra tierra. Me incliné y deposité a la puerta del mausoleo las flores que para él había comprado minutos antes.

Años después, llegamos a la Ciudad de México para vivir algunos meses cerca del hospital donde mi esposo debía ser atendido. Nos instalamos en un pequeño departamento cerca de la Columna del Ángel de la Independencia, maravillosa obra hecha durante el porfiriato para festejar el primer centenario de nuestra independencia, la cual, por cierto, estuvo lista en el momento preciso. Nada parecido a la Estela de Luz del bicentenario, inaugurada en forma totalmente extemporánea. Pero claro, como decía mi abuelo: con don Porfirio, había orden.

A los dos días de haber llegado, descubrí que casi frente a nuestro edificio había una tienda de antigüedades, era una casa vieja de tres pisos totalmente enrejada. Despertó mi curiosidad así que crucé la calle y a través de los barrotes lo primero que vi fue un busto de Porfirio Díaz casi de tamaño natural, hecho de bronce. Me quedé asombrada contemplándolo. Después me di cuenta de la infinita cantidad de objetos que, unos sobre otros y otros detrás de aquellos, se encontraban amontonados en un espectacular desorden, todos cubiertos con la pátina del tiempo y el polvo de los años. En aquel momento la tienda estaba cerrada, así que volvimos al día siguiente. El dueño, una persona mayor, estaba sentado en un banquito, tomando el sol y observando al albañil que estaba recubriendo el suelo de la entrada. Le di las buenas tardes, pero no contestó, entonces le pregunté si aquel busto de bronce era de Porfirio Díaz, malhumorado y descortés, respondió que sí. Aproveché para indagar cuál era su precio. Él más disgustado aún, nos dio a entender que no nos comprendía y que estaba sordo. Luego fijó la vista en el piso y nos ignoró por completo. Me di cuenta que estaba tratando con una persona de carácter difícil, de edad avanzada y sorda; así que, si quería comunicarme con él, debía hacer algo parecido al material didáctico que elaboraba años atrás para mis alumnos de primaria. Compré unas cartulinas, plumones de colores y con letras grandes (por si acaso tampoco veía bien), escribí las preguntas que consideré pertinentes. Al día siguiente volvimos a la tienda, el hombre estaba sentado igual que el día anterior y el albañil continuaba su trabajo. Hice ruido para llamar su atención y cuando volteó a mirarme, le enseñé rápidamente el primer cartel, el hombre puso cara de extrañeza, cosa que aproveché para a toda velocidad extender mi segundo cartel; antes de que pudiera mostrarle el tercero, hizo una mueca que podría haberse convertido en sonrisa, se puso de pie al tiempo que sacaba la llave y abría la reja. Era un gringo como de unos setenta años, alto, de ojos azules, llamado Philip y según pude darme cuenta al poco rato, tenía una conversación muy agradable, en un español impecable y escuchaba perfectamente.

– Pasen -nos dijo. En cuanto pusimos un pie dentro, volvió a cerrar el candado guardando la llave nuevamente en su bolsillo. Fue entonces que pude admirar de cerca la escultura, era verdaderamente maravillosa, a pesar de ser de metal, los ojos emitían una mirada penetrante. El general Díaz lucía su uniforme con todas las medallas que reyes y gobernantes le otorgaron a lo largo de los años que estuvo en el poder. ¿Cuánto costaba? Varios miles de dólares, un museo de los Estados Unidos quiso comprarla, pero él gringo no quería venderla.

– ¡Fue un gran presidente! -afirmó-. Su mayor error fue quedarse tanto tiempo en el poder. Se le acusa de asesinatos, de corrupción y de haber tenido al país en la pobreza y la injusticia social, pero salvo contadas excepciones, los presidentes posteriores a la Revolución han sido corruptos, incluso genocidas como el caso de Díaz Ordaz y Echeverría. Y si bien, los presidentes no se han quedado en el poder de manera permanente, sí han escogido a su sucesor, le han heredado la presidencia, las votaciones han sido un juego y cuando han sido democráticas, simplemente han dicho cosas como que “se cayó el sistema”.

México tiene al hombre más rico del mundo y a millones en la peor de las miserias. ¿No es esto injusticia social? Y sin embargo, los gobernantes que aún viven reciben una jugosa pensión vitalicia y los que han muerto, hayan robado lo que hayan robado y hayan desaparecido gente, todos reposan en suelo mexicano. Además, es incongruente que no quieran repatriar sus restos y existan calles con su nombre en al menos quince lugares del país, incluso aquí, en la Ciudad de México, a unos pasos del Parque Hundido, está la calle Porfirio Díaz.

Philip, nos contó que cuando volvió después de la guerra de Corea, había hecho un viaje de descanso por diferentes países y que fue así como conoció México, recorriéndolo de extremo a extremo y que le había gustado tanto, que decidió quedarse para siempre. Además del español, había estudiado su geografía y por supuesto su historia.

Cuando terminó de hablar, guardo silencio unos segundos y agregó:

– Hay otra escultura casi del mismo tamaño que sí puedo vender, solamente que le falta una de las medallas. Entre menos completa esté, menor es su costo.

Caminamos tras él con sumo cuidado, rezando para no tirar alguno de los miles de objetos de todos tamaños que nos obstruían el paso: platos, jarrones, baúles, cuadros, esculturas, lámparas, figuras de cristal y muebles, entre otras cosas.

El gringo alumbró con una lámpara de mano debajo de una escalera, y ahí, sobre el suelo estaba el otro busto de don Porfirio que nos miraba asombrado desde la penumbra. ¿Cuánto costaba? También miles de dólares. En aquel momento supe que el rincón de mi patio, el de las bellas enredaderas, se quedaría para siempre sin el busto del general Porfirio Díaz Mori.

Casi diario, al regreso del hospital nos quedábamos viendo los aparadores de la tienda, a veces estaba Philip y conversábamos un rato con él. Un día nos llamó por teléfono para decirnos que había encontrado en unas cajas un busto de Porfirio Díaz en bronce, pero era pequeño, de apenas unos catorce centímetros de alto y le faltaban varias medallas. “Como a toda seguridad le llovizna inseguridad”, supe que por fin tendría lo que deseaba.

Cuando hicimos las maletas para regresar a La Paz, me negué a meter mi escultura en alguna de ellas, temiendo que mi equipaje fuera extraviado, así que lo transporté en mi bolso de mano, produciendo alarma en todos los controles de seguridad del aeropuerto. En cuanto llegamos a casa, lo llevé al patio y lo puse en el rincón que siempre le tuve destinado. Me quedé quieta, pensando cuánto tiempo había estado obsesionada con aquello. Fue entonces cuando Otilia, una de mis diez gatas se dejó caer desde el techo, se acercó a la escultura y se echó a dormir. ¡Era una escena dantesca, Porfirito con una leona junto! Esto no me gustó, así que llevé la escultura al interior de la casa. Durante varios días la estuve cambiando de arriba para abajo y de un lado a otro, por fin, sin sentirme realmente satisfecha, la coloqué sobre uno de mis libreros. Pero por la noche empecé a preguntarme: ¿Cuántos días pasarán para que al sacudir, Lolita la tire al piso y quede abollada?  O peor aún… ¿Y si, así como han desaparecido varios de mis libros, alguien se lo lleva? Después de todo es dificilísimo conseguir un busto del general Díaz, ¡a mí me costó más de veinte años!

No lo pensé más, encendí la luz, fui al librero, tomé al general Porfirio Díaz Mori y lo guardé con llave dentro de mi ropero.

(El 90% de esta historia, es verídica)

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