Liderazgo de papel

Por Yolanda Tafoya Ruiz

Abril 30 del 2020

¿“Por qué críticas tanto a AMLO? ¿Por qué te cae tan mal?, parece que lo odias, me repetía insistente una amiga, a la que, ciertamente no veo con frecuencia, y menos ahora, estando resguardada en casa, pero por la que siento un gran cariño.

No siempre logramos coincidir en opiniones sobre diversos temas, pero siempre hemos respetado nuestros puntos de vista. Ha prevalecido más la amistad que la diferencia de opiniones, sobre todo en este tema, afortunadamente.

Para quienes me conocen, saben que mi campo no es la política, que no me gusta la política, que guardo siempre, una sana distancia, a pesar de que, en mi entorno familiar, el tema es harto recurrente.

Leo, escucho tantos ataques, críticas que hacen sobre su desempeño al frente del gobierno, que me preocupan, pues, contrario a lo que mi amiga y muchos puedan pensar, no me alegra, no quiero que le vaya mal, no quisiera que fracasara, pues, me guste o no, es quien dirige el destino de nuestro país, y nuestro amado México, hoy más que nunca, requiere de un verdadero estadista, un líder que una, que sume, que potencialice los esfuerzos y capacidades de su gente, que escuche a su pueblo, no solo a quienes lo veneran, que convoque y convenza con acciones, no con discursos o descalificaciones.

Y lo único que veo, tristemente, es un hombre cansado, necio, empecinado en hacer su santa voluntad, descalificando a quienes no coinciden con él, culpando al pasado por todo lo que hoy no ha sido capaz de enfrentar, ni solucionar, abonando al encono, al enfrentamiento entre hermanos.

¿Dónde quedaron sus 18 años de discursos, de “soluciones” y promesas de un México unido, fuerte, honesto?

Todo quedó en el discurso, en el papel, en el aire, porque, señores, no es lo mismo ir a comprar la leche al supermercado, ya empaquetada, pasteurizada, lista para el consumo, que tener que ordeñar la vaca.

Enfrentamos una pandemia que amenaza, como nunca, nuestro modo de vida, nuestra salud, economía, el mundo como lo conocemos. Una pandemia que nos ha secuestrado, que nos mantiene aislados, temerosos, con la incertidumbre de saber si podremos volver a abrazar a nuestros seres queridos, a convivir con nuestros amigos, a mantener un trabajo que nos permita sacar adelante a nuestra familia, volteamos hacia él y solo encontramos una figura que poco a poco se diluye entre el nulo crecimiento económico, la pérdida de miles de empleos, los criminales recortes presupuestales a sectores prioritarios como educación, salud -al que, forzado por la pandemia, se vio obligado a reforzar- y otros.  

Cómo olvidar que mientras los gobiernos de todo el mundo emprendían acciones para luchar contra el Covid-19, él sugería que las familias salieran a comer, que se abrazaran, que no pasaba nada. Es que él, estaba “protegido”, el hombre de abrazos, no balazos. Hasta que la pandemia nos alcanzó.

Una persona ajena, perdida en su mundo de fantasía… un Ebenezer Scrooge (Los fantasmas de la navidad, de Charles Dickens), perseguido por sus demonios… la mafia del poder, los neoliberales, los fifis.

El país se desmorona y él compra estadios de béisbol, invierte en un aeropuerto, que, en palabras de expertos, no cubre las mínimas condiciones de seguridad; un tren Maya que amenaza uno de los más importantes pulmones del país.

No ve, ni oye los llamados de auxilio de gobernadores, se molesta con el sector empresarial, que, ante la nula respuesta para evitar el colapso total, acude a organismos internacionales; desoye consejos de su propio gabinete. Tal pareciera que solo gobierna para su séquito.

Por primera vez se escucha el rumor de un posible rompimiento del pacto federal fiscal. No amiga, no me cae mal, no lo odio, pero un país no se gobierna con caprichos, con ocurrencias. Ninguno.  

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