Santiago, el síndrome “Odile” y México

Primera parte

Francisco Javier Lino Briones

Las chilenas y los chilenos que nos encontramos en el aeropuerto de la Ciudad de México antes de salir y en el mismo aeropuerto internacional de Santiago de Chile, nos hicieron dudar verdaderamente de la veracidad de los sucesos en Chile: personas sumamente amables y cordiales, tanto las que encontramos en México como la que nos recibió en ese austral país.

El recorrido del aeropuerto al hotel también nos desmintió, pues nuestra reservación estaba lejos de la zona centro, supuestamente alejados de donde estaban los desmanes. Todo el camino en perfecto orden: ese día, a esa hora en que nos llamó la atención una ciudad hermosa, con la mayoría de los edificios con paredes de cristal.

Parecía ser que las noticias estaban equivocadas y los medios de comunicación pintaban de amarillo y rojo los hechos que de una u otra forma se estaban dando a todo lo largo y ancho de ese país sudamericano; sin embargo, Octavio, nuestro chofer de la transportadora nos dijo que todo era verdad de lo que estábamos platicando, pero que como era muy temprano, por ello la ciudad estaba quieta, además, no pasábamos por la famosa plaza Italia, donde se reunían los manifestantes y en donde se dieron muchos actos de represión de parte de los carabineros y la milicia chilena. Efectivamente, nuestro hotel estaba lejos del centro de la ciudad y para llegar a él, no era necesario pasar por los lugares en donde estaba la huella de las manifestaciones.

Llegamos el lunes 21 de octubre aproximadamente a las once de la mañana en un vuelo retrasado precisamente por los problemas que se estaban viviendo. Y con las recomendaciones de nuestro chofer de que nos quedáramos en el hotel sin salir más que estrictamente a lo necesario, como a las doce de mediodía Sensei Claudia Barreras nos mandó un mensaje donde nos pedía que nadie saliera del hotel y al mismo tiempo nos adjuntó tres videos, pues ella, junto con todo el equipo de coaches estaba en el hotel sede, precisamente en el centro de la ciudad, lugar en el que se estaban dando tantos y tantos desmanes.

Pero aún y con la voluntad de la obediencia, tuve que llevar a comer algo a Valdovinos; a el “Garra” seleccionado de Nuevo León; a Tepal, de la Ciudad de México y a Rodrigo, de Tamaulipas, y precisamente a unos pasos de nuestro hotel, estaba un lugar de comida rápida, por lo que los llevé a ese lugar… las cuatro de la tarde, las calles sin nada que llamara la atención, había calma, gente común sin nada en especial y además, delante de nosotros iban la selección de España y de Macedonia a entrenar a ese parque empastado que se miraba al otro lado de la calle. Sin moros en la costa, los llevé a comer.

Estos representantes de nuestro país traían la tripa pegada por el hambre, por lo que decidieron comer ahí mismo. Yo pedí mi comida para llevar. Y apenas Tepal daba su última mordida al pan cuando Rodrigo dijo:

Sensei, creo que es hora de irnos. La gente está corriendo diferente.

¿Hora de irnos? Volteé hacia la calle y miré a un seleccionado español que corría y le respondí que posiblemente estaba corriendo porque debía bajar de peso, pero no había por qué alarmarse, pero en ese preciso instante sonaron estentóreos balazos. La esquina de esa calle, que nos quedaba muy cerca, en un de repente se llenó de carabineros y milicia.

Balazos y explosiones de algo que parecían granadas nos puso en alerta hasta el último grado de nuestra capacidad.

Mientras los trabajadores de ese lugar cerraban con llave yo le pedí a todos nos resguardáramos en el baño y detrás de una gruesa pared. Rodrigo, el más pequeño de todos, muy pegado a mi trataba de mantener la calma.

Luego, como en un cuento de terror, tratando de dispersar a los manifestantes en turno, volaron granadas de gas lacrimógeno y para nuestro infortunio el viento lo acumuló frente al lugar donde estábamos resguardados y se comenzó a filtrar por los espacios entre las puertas, suficiente para causar en nosotros el efecto para lo que fue este gas inventado. Comenzamos a llorar profusamente y las quejas de esa sustancia irritante no se dejaron esperar.

Por ello no podíamos quedarnos mas tiempo encerrados y decidí que teníamos qué correr al hotel. Aún y con una posibilidad incierta, por ello le exigí a uno de los trabajadores que nos abriera y ahí vamos hacia esa puerta que nos esperaba como con los brazos abiertos. Los mandé inmediatamente a cambiarse de ropa y a darse un baño.

Sirenas de patrullas y de ambulancias se dejaron oír desde quién sabe dónde. Vi pasar por la calle frente a mi ventana tanquetas de guerra, respaldadas por elementos castrenses, y encima de nuestro hotel, cuatro resonantes helicópteros de guerra vigilaban la zona.

Ahí vivimos todos la experiencia del “toque de queda”.

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