EN PRIVADO / ¿Debilidad de Estado?

Por Dionicio LARA

El indiscutible hecho de que a temprana hora, México haya abierto las puertas de los noticieros de todo el mundo, incluido el tsunami en las redes sociales, es -sin duda- uno de los grandes logros de Andrés Manuel López Obrador.

Ahora bien, el otro hecho, respecto a que si con esa actuación, el presidente mostró o no debilidad al haber ordenado la liberación de Ovidio Guzmán, eso, ya le corresponde juzgarlo a los mexicanos.

Pero que quede claro: deberán hacerlo sin apasionamiento, dejando por un lado principios y cuestiones religiosas. Y por sobre todo, sin que existan de por medio ideologías o colores partidistas.

Sin embargo, lo cierto de todo es que, con esa determinación, obviamente que a México se le colocó en la picota del comentario, del análisis, del cuestionamiento; de la falta de inteligencia; del presunto error y del fracaso. Incluso del señalamiento con el índice. Y si se quiere, se le sentó en el banquillo de los acusados.

Y en esos cruciales momentos, por sobre todas las cosas muchos ciudadanos -mexicanos o no- habrían de traer a su mente el beneficio de la duda en relación al presunto fracaso de la fuerza pública mexicana.

Con esta entrega de hoy, hago referencia a los hechos ocurridos recientemente en la capital de Sinaloa. Cuyo operativo reveló desde nula estrategia y escasez de preparación, hasta falta de organización. Y con ello (porque de cualquier manera y a pesar de todo, ese jueves negro hubo muertos), se evidenció que no hay avance en lo que se refiere a la política pacifista que tiene en mente el presidente.

En síntesis, lo que haya sido: aborto, falta de cálculo, subordinación y retirada a tiempo; error o fracaso, lo cierto de todo es que los hechos ocurridos nos dejaron -a propios y extraños- demasiadas lecturas.

Y aquí, no podemos olvidar la promesa presidencial de que nunca va a negociar con los criminales. Y con lo sucedido, desgraciadamente nos abraza un resquemor, nos asalta un escozor y nos remueve una terrible duda que nos obliga a pensar en lo que podría ser la primera lectura.

Tampoco olvidemos que Andrés Manuel López Obrador luce un colmillo demasiado grande y retorcido y por obviedad tiene más salidas que un cerco viejo. Y para corroborar esto, habríamos de leer lo que al respecto dijo:

“Acerca de que si se demostró debilidad del Estado (con la liberación de Ovidio Guzmán), eso es más que nada una conjetura de los expertos, sobre todo de nuestros adversarios. Los conservadores no van a estar contentos con nada y van a estar siempre cuestionándonos. No tenemos duda de que fue la mejor decisión”.

Y al cerco viejo le hizo hoyos más grandes cuando dejó en claro que el poder no es prepotencia; que no es violencia, sino que es humildad, y que sólo tiene sentido cuando se pone al servicio de los demás: “Yo encabezo un gobierno civilista, no es una dictadura militar ni un gobierno civil con afanes autoritarios”, dijo y agregó: “Cuesta trabajo que esto se entienda, pero los hechos, además ya se probó (la violencia y el uso de la fuerza) y resultó un rotundo fracaso”. Y por sobre todo: “esa política autoritaria de la razón de Estado causó miles de muertos, más de un millón de víctimas. Nosotros no vamos a seguir con eso. No queremos la guerra”.

Y con ese mismo colmillo grande y retorcido descartó que con la liberación de Ovidio Guzmán, presunto líder del Cártel de Sinaloa, se fortalezca el crimen organizado, y para ello hizo esta interrogante: “¿Cómo se va a fortalecer una organización que usa la violencia?”. Y concluyó así: “no tiene autoridad moral”.

Más aun, debemos recordar que cuando Andrés Manuel López Obrador llegó a la presidencia ya llevaba consigo su lema: “abrazos, no balazos” y en ello precisamente justificó el fin del operativo en Culiacán, argumentando que así se protegería a la población y de paso se estaría evitando una masacre. Alegando (con aquel mismo colmillo) que: “no se puede apagar el fuego con el fuego”, y marcando de nuevo su distancia de las políticas belicistas de sus antecesores Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, centradas en la detención de los cabecillas, cuyo único efecto fue provocar más violencia.

Tras esa su atinada reflexión, yo le preguntaría: “¿si usted, señor presidente, tiene la certeza de que el fuego no se ataca con el fuego, entonces, ha de tener la certeza de que la violencia se ataca con flores?”.

En fin, para no caer en dimes y diretes, yo en lo personal he de basarme en la opinión de expertos, cuyas expresiones en su conjunto han arrojado que en esas actuaciones sobresalieron escasos resultados debido a improvisaciones, a precipitaciones, a falta de planeación y estrategias tal y como ha ocurrido en otros operativos donde han muerto elementos de los cuerpos de seguridad nacional.

 Y desgraciadamente las cifras siguen siendo demoledoras toda vez que siete de cada diez mexicanos se sienten inseguros en un país con un centenar de asesinatos al día en lo que va de año. Y los hechos acaecidos en Culiacán, lamentablemente sólo refuerzan la visión de un Estado fallido para frenar al narcotráfico.

Por cierto, al ser cuestionado por los medios de comunicación, respecto a si le parece “una exageración” que se diga que ha fracasado su estrategia, el mandatario nacional -como ha sido su costumbre- nuevamente tuvo una airosa salida:

“Eso es lo que quisieran los conservadores, andan desquiciados, de que fracasemos. Tengo otros datos”, ironizó durante una rueda de prensa realizada desde Oaxaca. Agregando: “La debilidad del Estado es una conjetura de los expertos, sobre todo de nuestros adversarios, los conservadores, no van a estar contentos con nada y van siempre a cuestionarnos, nosotros no tenemos duda de que fue la mejor decisión”. Y añadió que encabeza un gobierno civilista, no una dictadura militar, lo cual cuesta mucho que se entienda.

Sin embargo: ¿Por qué el fracaso? Porque no era el momento para realizar ese operativo. No era el día ni la hora. Así de simple. Menos aun cuando sabían que no eran los elementos policiacos suficientes para enfrentar a la delincuencia organizada. Es decir, fue una estrategia pobre. Y el error lo cometieron los altos mandos.

Además, porque hubo precipitación en el operativo; como también hubo falta de planeación y falta de previsión.

Pero lo altamente positivo fue que el milagro ocurrió, al no ser masacrados los elementos de la fuerza pública, quienes fueron metidos en la boca del lobo.

Y qué bueno. Porque de otra manera los comentarios positivos que dice le han llegado a Andrés Manuel López Obrador, no serían tales. Y contrariamente en estos momentos andaría dando traspiés por otros derroteros.

En fin, queda en el aire la más importante de las preguntas:

Si sabían lo que pasaría, ¿por qué realizaron el operativo?

Cuestión de tiempo.

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