Las formas constructivas en las edificaciones misionales

Sealtiel Enciso Pérez

Como ya hemos mencionado en otros de nuestras entregas, los templos edificados en la etapa Misional de la Baja California, son un dechado de creatividad y organización. Estas obras no hubieran podido ser edificadas sin el tesón y la dirección de los sacerdotes que fueron perseverantes promotores de su levantamiento aún a pesar de las graves condiciones en que se encontraban permanentemente. Dignas de admiración son los templos de San Francisco Xavier Vigge-Biaundó y San Ignacio Kadakaamán, verdaderas joyas arquitectónicas que aún sobreviven casi inalteradas en nuestros días.

Los diferentes templos de las Misiones californianas difieren no sólo en sus fachadas sino también en sus ornamentaciones e incluso la distribución arquitectónica. En la tesis “Arquitectura religiosa en la Nueva España”, de autor desconocido, se menciona lo siguiente sobre los Templos levantados en la California: “algunas presentan una planta arquitectónica rectangular de una sola nave, este tipo constituye la forma más dominante durante los siglos XVI y XVII en los templos religiosos. George Kubler menciona que las iglesias de una nave, independientemente de sus antecedentes aislados en España, como caso extraordinario y único nos encontramos con la de tres naves de San José de Comondú. Existen templos de planta arquitectónica con forma de cruz latina como San Javier y San Ignacio”.

Sobre la techumbre o bóveda de las misiones, en el mencionado documento se hace la siguiente referencia: “En el caso particular de la construcción de las cubiertas en las misiones californianas se realizaron principalmente de dos tipos: de bóveda de cañón corrido como la misión de Mulegé, San Luis Gonzaga y San Ignacio, ya que son más fáciles de construir y con un costo menor”.

También existen bóvedas un poco más complicadas, como la de San Javier, que está construida a base de “bóvedas recargadas”, es decir, las cargas están repartidas hacia los puntos de intersección de los arcos y los muros”. Ahora bien, para la construcción de los templos por lo general se hacían cimientos firmes y bastante anchos, capaces de soportar no sólo el peso de las paredes sino también el afrontar corrientes de agua provenientes de algún huracán y con ello evitar que el templo fuera destruido. Las paredes eran un poco menos densas, pero lo bastante robustas para soportar el paso del tiempo, éstas siempre se emplastaban y encalaban para darle a los templos un aspecto de pureza y candidez.

Por lo general, los muros de los templos se construían con piedra extraída de los arroyos cercanos o de los cerros que rodeaban el lugar. Para unirlas y evitar su desmoronamiento se pegaban con una mezcla o argamasa que por lo general consistía en cal mezclada con arena y agua. En ocasiones, la cal era extraída de la cocción de concha marina, lo que proveía de un buen material. A continuación retomamos un fragmento de la tesis “Arquitectura religiosa en la Nueva España”, de autor desconocido, para ejemplificar cómo es que se conseguía la cal para formar la argamasa o mortero para construir los Templos:

“Un material muy importe en la construcción es la cal, material empleado en la fabricación de morteros o argamasas utilizados para asentar o unir la mampostería y sillares; así como para los aplanados, también se utilizó para proteger y ornamentar los inmuebles. Una de las piedras que se utilizó para la fabricación de la cal, de acuerdo a las crónicas de Miguel del Barco, fue la piedra conocida como “múcara”, que procede del mar y es sumamente porosa y ligera; este material se utilizó en Loreto, y fue procesado en tres hornos ubicados en las inmediaciones del poblado, en ellos, se procedió a quemar la cal o, como se le conoce, “apagar la cal”.

Para el quemado de la piedra de cal, los misioneros construyeron diferentes hornos en cada una de las misiones: en la misión de Loreto hemos encontrado tres; en la misión de San Ignacio hemos localizado cuatro hornos; en Mulegé y San Javier dos y en San Luis Gonzaga encontramos uno. Después de terminado la mampostería y sus aplanados, los misioneros utilizaban la tiza para “blanquear” las casas e iglesias (que) llega incluso a ser más blanco que el yeso. La tiza fue un material muy importante en la época misional, el padre Miguel del Barco describe que la “tiza” era un mineral que se encontraba en el cerro colorado de Mulegé, este material es un polvo fino que fue utilizado para pintar las paredes.

Es sumamente interesante el conocer estos procesos que siguieron los misioneros para elaborar sus templos ya que nos hablan de toda una época en que fueron utilizados y cómo es que llegaron a construirse estas bellas obras arquitectónicas.

Bibliografía:

Arquitectura religiosa en la Nueva España – Autor Desconocido.

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