Control social abajo y arriba

María Luisa Cabral Bowling

Estamos viendo que la corrupción es un grave problema mundial no solamente en México. En Perú, en estos días se está sufriendo una grave crisis política, incluso constitucional, en la que uno de los dilemas centrales, es la corrupción. En Polonia, acaban de superar otra crisis política muy grave en donde también la corrupción estaba y está en el centro. Muchos de los gobiernos actuales, incluso de los países más desarrollados están sufriendo estas contrariedades que provoca un gran deterioro social y que no en pocos casos destruye las propias estructuras organizativas de la sociedad. Pero me quiero referir a un aspecto de este tema que no ha sido visto con claridad y que tiene que ver con la decadencia del propio modelo de desarrollo económico que predomina en este periodo de la llamada globalización actualmente en profunda descomposición.

El periodista mexicano Roberto de la Madrid, en un reportaje sobre el caso de Jeffrey Epstein, el multimillonario que tenía una red de prostitución que traficaba niñas para ofrecerlas a personalidades muy destacadas de la élite política en los países desarrollados (caso del que por cierto ya nadie habla después de su supuesto suicidio que no quedó muy claro), se analiza este tipo de corrupción de las élites como un mecanismo perfectamente organizado para controlar y manipular a miembros muy destacados de las élites, grandes personajes cuyas decisiones puede afectar el funcionamiento del sistema económico predominante en el mundo y que se utiliza justamente para garantizar ese funcionamiento. Epstein era parte de ese engranaje que hacía que ciertos personajes claves cayeran en sus redes, ofreciéndoles favores sexuales de adolescentes para después poderlos chantajear y controlar.[1] En esas redes estuvieron personalidades como Clinton, el príncipe Andrés de Inglaterra y el ahora presidente Trump.

O sea que para que el sistema económico actual siga predominando no solamente existen mecanismos de control social de las poblaciones desde abajo, para que no intenten cambios profundos o para entorpecerlos, mecanismos tales como es la represión (a propósito de la conmemoración del 2 de octubre del 68, la matanza de Tlatelolco), la infiltración de provocadores en las marchas multitudinarias (cosa que ocurre desde el caso de los chalecos amarillos, en Francia, las manifestaciones en Hong Kong o las marchas de protesta en América Latina y en nuestro país) hasta los mecanismos de golpes judicializados y golpes blandos como el que operaron en Honduras contra el presidente Zelaya o el golpe contra Dilma Rousseff y Lula en Brasil; también existen mecanismos de control para evitar que los miembros de la élite obstaculicen o alteren el funcionamiento del sistema, y esto se logra justamente utilizando mecanismos de corrupción.

Si algún alto funcionario ha hecho mal uso de recursos o ha incurrido en faltas de muchos tipos, entonces es susceptible de ser chantajeado para que no obstaculice el funcionamiento del sistema bajo amenaza de ser excluido o exhibido y/o sancionado, por supuesto selectivamente y tiene que colaborar más dócilmente con el sistema si quiere seguir siendo una parte del sector privilegiado. Una vez que entras a ese entramado ya no es fácil salirse y eso tiene que ver con el funcionamiento de intercambio de favores, complicidades, conflictos de interés y con el nepotismo, entre otros problemas. Este mecanismo funciona en las élites en muchos sistemas sociales, a muchos niveles, desde las universidades, sindicatos, instituciones y organizaciones. Esto permite que ciertos grupos se adueñen de las instituciones y si el sistema económico está agotado, se vuelve uno de los pocos mecanismos a los que se puede recurrir para que siga funcionando. Por supuesto esto hace que la corrupción siga creciendo hasta que llega a tal grado de descomposición que, en lugar de aceitar el funcionamiento del sistema, se convierte en el principal obstáculo para que pueda seguir operando.

Este grado de descomposición, desgraciadamente lo vemos en muchas partes, en estos días el sistema político peruano es un trágico ejemplo y con todo el enredo del Brexit en Gran Bretaña, este país tampoco está muy lejos de sufrir un colapso. Por supuesto que, desmontar semejante mecanismo, requiere no solo de voluntad política sino también de capacidad de reacción social. El conocimiento y la difusión de cómo se desarrollan estos procesos son esenciales para su combate y en esto, los medios de comunicación y los investigadores sociales tienen mucho qué hacer.


[1] Ver: Detrás de la Razón: Tráfico de niñas: desde Trump hasta Israel, la suciedad de EEUU, 11 de julio de 2019. https://www.youtube.com/watch?v=cF5IJatktHw

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