De balazos y padrón electoral

Emilio Arce Castro

Era un mustang 65, propiedad de la teniente Toñita Lara, mamá del Felipe el “Güereque” Hernández. Un sabadito soleado de junio, poco después de las cuatro de la tarde, “El Pomy” (Rubén Jerez) y yo andábamos con el Güereque ese día que recién acabábamos de cobrar nuestra quincena del Registro Nacional de Electores, donde laborábamos como empadronadores, cuando todavía se llenaban a mano las credenciales de elector. Por cierto, ahora que recuerdo, muchos de nuestros compañeros, adelantándose a su tiempo, inventaban nombres y fechas de nacimiento para cubrir la tarea de elaborar cincuenta credenciales que era nuestra cuota diaria. Pinchi raza tranza.

En fin, ese día andábamos quitándonos el calor con unas cervezas quitapón de las barrilito muy quitados de la pena arriba del carro, oyendo a Los Terrícolas y a Lorenzo de Monteclaro, a todo volumen. Por esos días, yo andaba con una morra de Pueblo Nuevo y el papá de mi morra nos torció agasajando en el parque apenas unos días antes, y le prohibió a la morra andar con ese vago desmadroso (creo que se refería a mí). La neta que nos valió madre. Pior lo hicimos; casi hago tata a mi intransigente semisuegro. También en esos días mi amigo Güereque andaba pedaleándole la bicicleta a un viejo quincallero medio calvo, fanático de la cinegética, y muy cabrón. El caso es que entre vueltas al malecón y viajes por cerveza con el Chaparro bicicletero de los aguajes (hoy Gayocla), la tarde de ese sábado fue cayendo y el Güereque entre más se pisteaba, más le llegaba el amor por la vieja del calvo, al grado de que pasamos unas diez veces por su casa y el Güereque le gritaba ¡Irene, te amooooo!, y así, cada vez que pasábamos por donde ella vivía.

Bueno, pues convencimos al Felipe de que cómo chingaba, y llenos de optimismo optamos por ir a una fiesta de quinceaños por el rumbo del cuartel. La pachanga estaba a toda madre y la comida también. Estaban tocando “Los pasos del barrio”, y el Alonso Ojeda, vocalista y requintista del grupo era mi compa y nos tocó todas las rolas que le pedimos, haciéndonos el paro mientras bailábamos con unas morras de por ahí que nos habían invitado; la mayoría eran hijas de guachos, culerísimos en ese entonces, pero el papá del Güereque también era coronel y estaba medio palanca en el barrio de La Vaquilla, en los alrededores de la Zona Militar.

Las morras capeaban y eran muy a toda madre. Había muy buen ambiente en la fiesta, pero se empezó a echar a perder cuando, al rato, el jefe de la morra con la que andaba bailando el Pomy, ya al punto pedo como que se encabronó con alguien de ahí del sobaco del diablo, la rinconada de atrás del cuartel, y sacó la fusca y tiró dos o tres tiros al aire. Nosotros nos salimos al oscurito con las morras, les dimos una leve apapachada, y nos fuimos mucho rumbo al Malecón, y aunque las cervezas ya estaban medio calientonas, así nos las seguimos tomando. 

El asunto empezó cuando ya casi íbamos de vuelta a nuestras casas, que en el Malecón nos encontró el viejo calvo. Iba en un picapsón grandote, arreglado para sus cacerías y nosotros ni lo volteamos a ver. Fue el Pomy que lo vio cuando dio vuelta en “u” valiéndole madre, entre los lentos carros que maleconeaban, y nos siguió como cinco carros atrás. Ya estaba oscuro y no crean que había tantas lámparas en las calles. El mustang (sustang, a partir de allí) no hacía malos quesos. Era estándar con cuarta, ocho cilindros y corría como endemoniado. Sin pensarlo dos veces, ahí mismo, rebasando en putiza agarramos, de adrede, para los rumbos de la casa del viejo pelón, pa´ que se le quite, y pasamos pitándole a su vieja. En su mera colonia, apagamos las luces y nos estacionamos bajo unos árboles ramosos, tomando chelas medio tibias y oyendo música despacito, hasta que vimos que pasó el viejo en el pickup, espichadito, como buscándonos. Nosotros, con las luces del mustang apagadas, lo seguimos y se le pusimos por detrás, prendimos las luces y le mentamos la madre con el rugido del motor; en lo que reaccionó el pelón; nosotros, riéndonos a gusto, dimos una vuelta en chinga, le aceleró el pinchi Güereque y nos escondimos en otra calle.

Más adelante nos volvimos a poner detrás de él, repetimos la mentada y salimos quemando llanta rumbo a la Tenería, que era por donde nosotros vivíamos. El Felipe, intrigado, detuvo la marcha del carro en una de las bocacalles para camelar por dónde andaría el viejo, cuando de repente nos apantalló con un putero de faros como de halógeno que traía en el capacete, aparte de las luces normales del picapsón. ¡Parecía mediodía! Chingue su madre, dijimos. Estaba detrás de nosotros y el primer plomazo que nos disparó le pegó en seco a la placa trasera del mustang. El culero le tiró al tanque de la gasolina. Entonces, sí, hijuesupinchimadre, salimos zigzagueando hechos madre, cuando el pinchi Pomy, que iba en el asiento de atrás gritó: ¡Palomilla, me dieron! Y es que otra bala pegó en el filo superior de la cajuela en justo momento que caímos en un bache y se le tiró la cerveza al Pomy, quien al sentir lo húmedo de la cerveza pensó que era sangre. Más le aceleró el Güereque con los otros dos balazos que le pegaron a la defensa del mustangcito.

Ya habíamos tomado ventaja como de cincuenta metros cuando, al cruzar por la cinco de febrero cerca de con los Pinochos, desde su carro, un Duster, casualmente el Poncho mi carnal vio que nos perseguían, nos dejó pasar, aceleró y se le atravesó al picapsón quien tuvo que frenar, y nosotros, con esa ventaja, con las luces del carro apagadas alcanzamos a doblar  por la encinas y de chingadera estaba desocupada la cochera de mi casa y ahí nos metimos con las luces apagadas. Todavía no nos bajábamos del carro, cuando pasó cerca de nosotros el picap, frenó en la Isabel la Católica quemando llanta, rugiendo el motor y aluzando hasta a los bomberos de mi barrio. Nomás oímos el chirriar de las llantas y el acelerón donde se perdió en la noche, a buscarnos donde ya no estábamos… 

No, pues para no hacerles largo el cuento, el lunes tempranito, como a las ocho de la mañana, estábamos los tres afuera del Registro de Electores, riéndonos de lo del sábado, y pensando cómo hacerle para tapar los huecos de los cinco balazos que tenía el carro, antes que lo viera su jefa. Junto con nosotros laboraban un chingo de empadronadores, mujeres casadas, solteras, palomilla borrachal, estudiantes, etc. y todos estaban de güichas mitoteando alrededor del carro, cuando llega el licenciado Hugo Cota Castro, director del Registro. Estuvo observando el carro muy callado, no hizo preguntas y se metió a las oficinas y a su privado. Al rato sale de su oficina y nos pide al Felipe, al Pomy y a mí que lo acompañemos a empadronar a una oficina que estaba por la 16 de septiembre. –Llévense el mustang-, nos dijo, -Yo les voy a dar la gasolina- No se preocupe, ya trae, gracias, le contestó el Güereque y nos fuimos siguiendo al puta lic.

No, pues las pinchis oficinas eran de la Judicial, y el licenciado Cota, abogado teniente de la Marina Nacional, llegó diciendo que el personal del Registro Nacional de Electores, en plena campaña de empadronamiento, había sufrido un atentado. Nosotros nomás nos miramos y nos aguantamos las ganas de reír. -¡Qué loco está este maistro!– nomás pensamos, y de allí nos interrogaron a los tres. El pinchi Pomy, ya saben cómo es, les dijo a lo genízaros que no era ningún atentado, que el viejo fulano de tal andaba encabronado porque éste -señalando al Felipe- le está chingando la vieja. No pues salimos después de muchas preguntas, no antes de que el Fiol el judicial, revisara con lupa hasta la tierrita de los tapates del carro, buscando algún indicio para, en lugar de hacer justicia, chingarnos a nosotros, porque el viejo pelón era muy amigo y conocido de los policías ésos.

Obvio decirles que al asunto se le dio carpetazo de inmediato. Bueno, el pinchi caso es que al otro día salió encabezando la plana del Diario de La Paz, a ocho columnas el texto: “Atentado en contra del personal del Registro Nacional de Electores”, el redactor de la nota daba nuestros nombres y la versión del licenciado Hugo Cota, sin mencionar para nada al viejo pelón. Puta madre. Ya bailó Bertha, dijimos. Y bailó, porque en cuanto se enteraron nuestras mamás del “atentado”, organizaron un pleno entre ellas, y se pusieron de acuerdo para “protegernos” (sancionarnos). Los jefes del Pomy, el Chumino y doña Chuy, lo mandaron una temporada a Ensenada, para mantenerlo a salvo de los atentados y se fue el pinchi Pomy. La mamá del Felipe era teniente, su papá era Coronel, su hermano estudiaba en el Colegio Militar en la Ciudad de México, así que derechito lo pusieron a chambear de soldado raso en la tercera zona militar.

Mi mamá puso un aviso en el radio a mi Tío Luis, para que pasara a recogerme a Ciudad Constitución ya que me mandaba para que les ayudara en el Sauzal, en la mera sierra, a trabajar como ayudante de vaquero. Mi tío pasó apurado por mí a la terminal de autobuses del Crucero, porque tenía que comprar cientos de cervezas y tequila, porque esa misma tarde empezaba la fiesta del rancho, que duraba más o menos unos tres días, con música, baile, comida y jaripeo… así estuvo.

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