Las Imeldas

Primer lugar en cuento. Juegos Florales “Leopoldo Ramos” 2016

Olgafreda Cota Gándara        olcota@prodigy.net.mx

– ¡Dos días!¡Qué parto tan largo y difícil! -pensó Fabiana la comadrona, al limpiar por enésima vez el sudor que bañaba el rostro de Josefa.

Una vez más le sobó el vientre con aceite de caguama y la hizo beber unos tragos de aquella infusión de las tres hierbas, que sólo ella sabía preparar. Josefa, estaba tan a punto de desfallecer, que apenas logró tragar un poco de aquel amargo brebaje. Fabiana la hizo ponerse nuevamente en cuclillas, tomó un cinto que colgaba desde la viga del techo y se lo pasó a la joven por debajo de los brazos para darle cierto apoyo; la tomó desde atrás apretándole el vientre todo lo que pudo y, por fin, la cabeza de la criatura empezó a salir. Llevaba muchas horas angustiada y dio un respiro de alivio. Lo levantó y con todo cuidado le cortó el cordón que lo unía a la madre; de inmediato se escucharon los gritos del recién nacido.

 – ¡Es una niña, Josefa! -exclamó.

Ella abrió un poco los ojos y sonrió feliz.

Mientras limpiaba a la pequeña, escuchó a la muchacha quejarse nuevamente. Dejó envuelta a la niña y se acercó; con asombró vio asomar la cabeza de otra criatura.

– ¡Vaya! Josefa, tienes otra hija! ¡Mírala! -pero Josefa ya nunca abriría los ojos.

Fermín desesperado se la pasaba pegando la oreja en la puerta del cuarto para tratar de saber lo que estaba sucediendo. Había visto varias veces a la comadrona salir por agua, y cada vez que esto ocurría, le cerraba ansiosamente el paso para preguntarle:

– ¿Qué pasa, Fabiana?, ¿cómo va todo? -pero siempre recibía la misma respuesta:  

– Quédate quieto, no estorbes y déjame hacer las cosas en paz.

De pronto, Fermín la miró salir del cuarto sosteniendo dos criaturas, una en cada brazo; sin decirle nada, se las mostró. Él, azorado, cuestionó con la mirada el rostro de Fabiana, que consternada movió la cabeza en silencio. No necesitó palabra alguna, entró al cuarto y abrazó a su mujer, casi no la reconoció: el parto y la muerte le habían cambiado el rostro.

Al salir del panteón, uno de sus peones lo volvió a la realidad:

Vámonos patrón, sus gemelas lo necesitan.

Fermín, mansamente se dejó conducir. Ya en la casa, preguntó por sus hijas; Guadelina, la muchacha encargada de ayudar con la casa se acercó y con mucho afecto le explicó:

No se preocupe patrón, las llevé a mi rancho, allá está mi prima que parió hace unos días y les va a dar el pecho también a sus niñas, -tuvo que repetírselo dos veces para que Fermín entendiera.

Antes de las dos semanas, sus hijas le fueron devueltas, la prima que las amamantaba se negó a seguir haciéndolo; no era falta de voluntad, recalcó, sino que las niñitas eran igualitas y podían hacerle “mal de ojo” a su hijo. Fermín quedó de una pieza al escuchar eso. No se le había ocurrido la idea de que fueran idénticas, las destapó y vio que en efecto era imposible distinguir una de la otra. Al ver la cara de desconsuelo que puso, Guadelina las sacó de su cuna y se alejó con las pequeñas rumbo a la cocina. Día tras día las fue alimentando con leche de cabra y trocitos de comida que ella masticaba primero y luego ponía en la boquita de las niñas.

A su tiempo se sentaron y también a su tiempo gatearon, se pusieron de pie y dieron sus primeros pasos.

El día que cumplían un año, Fermín las llevó a dejar flores a la tumba de Josefa, luego montó a caballo y partió solo. Al descender de una loma, divisó a La Ramona, la chimenea de El Triunfo que por su altura se hacía visible a gran distancia. Entró al poblado saludando apenas con una inclinación de cabeza y llegó a la iglesia para sentirse más cerca de Dios y rezar por aquella mujer que ya no estaba, pero que él seguía amando.

El padre Donaciano lo vio entrar y esperó a que terminara sus oraciones para saludarlo.

Buenos días te dé Dios, Fermín, qué bueno que andas por aquí porque me ahorraste el viaje hasta La Inmaculada.

Buenos días, Padre. ¿Para qué me ocupa?

– Sé que tienes dos niñitas y que yo sepa aún no están bautizadas, en el caso que algo les pase ¡qué Dios no lo permita! se te irían derechito al Limbo.

Fermín comprendió que el sacerdote tenía razón, así que quedó de acuerdo en llevarlas a la misa para que fueran bautizadas. Cumpliendo con su palabra, al domingo siguiente se presentó en la iglesia con sus hijas. Cuando el cura las vio exclamó:

– ¡Están muy bonitas e igualitas! ¡Cómo dos gotas de agua las hizo Nuestro Señor! ¿Cómo les vas a poner? -preguntó.

– Imelda, -respondió Fermín.

– ¿Y a la otra?

– Imelda, -respondió de nuevo.

Algo extrañado el cura le dijo:

No te entiendo, ¿Imelda una e Imelda la otra?

– Sí, Padre, las dos nacieron el 12 de mayo, Día de santa Imelda.

– Bueno, hijo, pero eso no importa, una puede ser Imelda y la otra María, como la Santísima Virgen.

– No lo veo bien, padre.

– ¿Qué es lo que no ves?

– Pues que, si Dios las hizo igualitas, ¿quiénes somos nosotros para hacerlas diferentes?

El sacerdote se quedó atónito, pero empezó a reflexionar en lo que Fermín acababa de decir.

Este Fermín es medio bruto; pero en efecto, Dios las ha hecho idénticas y pues creo que tiene la razón. ¿Quién soy yo para alterar la obra del Señor?

Así que no se opuso más y ambas niñas recibieron las aguas del bautismo con el nombre de Imelda. Pronto fueron conocidas por todos como las Imeldas, incluso el mismo Fermín las llamaba así.

La vida de todos tomó poco a poco su rumbo. Por las tardes Fermín se sentaba en su poltrona y observaba durante horas los juegos de sus hijas. Las Imeldas nunca acababan de asombrarlo, eran muy listas y graciosas; pero lo que le llamaba más la atención eran sus numerosas actitudes y reacciones casi idénticas; por ejemplo, si una iba al baño después de la comida, no pasaban dos minutos cuando la otra tenía la misma necesidad; mientras dormían, las dos lo hacían en la misma posición y cuando una se giraba, al minuto siguiente lo hacía la otra. Sus similitudes llegaban al punto, que, cuando una se tropezaba con alguna piedra, la otra daba también el trompicón sin que la piedra tuviera nada que ver con ella.

Llegó el momento en que debían asistir a la escuela. Al inscribirlas, la maestra vio con asombro que ambas llevaban idéntico nombre.

Mire don Fermín: yo necesito poder diferenciar el trabajo de cada una, así que una será Imelda 1 y la otra Imelda 2. ¿Le parece?

¡No señorita profesora, no estoy de acuerdo! ¿Cuál de ellas será la número 1 y por qué la otra será la número 2? Ese trato a mis hijas no es parejo.

La maestra le explicó de diez modos distintos el por qué tenía que establecer alguna diferencia entre las niñas. Después de batallar con Fermín por más de una hora, llegaron al acuerdo de que una sería Imelda con mayúscula y la otra imelda, con minúscula, total en ambos casos la palabra se leía igual.

En La Inmaculada, la mayoría de los pobladores convivían poco con las niñas, debido a que era bastante común la creencia de que los gemelos provocaban “mal de ojo”.

El día que cumplieron doce años se levantaron más temprano que de costumbre y le dijeron a Fermín:

Oiga apá, andamos cumpliendo los doce. ¿Nos deja faltar a la tienda para ir hasta el arroyo? Vamos a llevar nuestro “lonche” y antes del atardecer estaremos de regreso.

Las Imeldas se fueron felices. Al cabo de un rato de caminar, notaron que Rito, un niño de quinto grado las seguía, escondiéndose cada vez que podía para que ellas no lo notaran.

– ¿Qué quieres, Rito? Siempre nos estás fastidiando; lárgate.

– Igualitas, igualitas como dos cachoritas, -les decía con burla.

– Acércate y verás qué chinga te ponemos, cabrón.

– Sí, sí, sí, sí, igualitas, igualitas como dos cachoritas, -repetía de nuevo.

Las Imeldas procuraron no hacer caso; llegaron al lecho del arroyo y se sentaron en unas peñas a comer sus “burritos”. Rito, a una prudente distancia, se dispuso a fastidiarles el descanso: trepó a un árbol y se puso a gesticular al tiempo que cantaba el mismo estribillo. De pronto, la rama en la que estaba se rompió y el chamaco cayó de cabeza. No se movía, ellas se acercaron con desconfianza y le hablaron, pero Rito continuaba inmóvil.

– ¿Qué hacemos, tú? -le dijo una a la otra.

– ¡Espérate!, hay una culebra junto a esa piedra.

¡Una serpiente cascabel empezaba a deslizarse lentamente hacia el muchacho! Las Imeldas, con solamente una fracción de segundo de diferencia, lanzaron una piedra justo a la cabeza del reptil. Unos minutos después, Rito empezó poco a poco a abrir los ojos, y al ver a las gemelas mirándolo, les preguntó entre quejidos:

– ¿Qué me pasó?

– Te caíste por baboso y por estarnos chingando, pendejo.

Rito se fue sentando despacio, la cabeza le daba vueltas y dolía bastante. En ese momento descubrió a la serpiente, que, sobre la tierra y con la cabeza destrozada aún se movía.

– ¡En la madre! ¿Quién la mató?

Pos de veras que eres güey… nosotras, idiota. ¿Quién más?

A partir de ese día y para siempre la relación de Rito y las Imeldas cambió; él estaba todo el tiempo cerca de ellas para ayudarlas y defenderlas de las bromas y tonterías de otros chamacos.

A los pocos meses de haber cumplido los doce años, las gemelas tuvieron su primera menstruación con tan sólo unas horas de diferencia; esto las convirtió desde aquel día en las señoritas Imeldas; pero siguieron tan solitarias como lo habían sido toda su vida, con excepción de los ratos que pasaban jugando con Rito.

El sábado era su día favorito porque Fermín las llevaba a La Paz, él iba para hacer pagos y a comprar mercancía para surtir su tienda, mientras, ellas se quedaban a correr en el malecón y a hacer cerros con la arena.

Cuando crecieron un poco más, les daba dinero para que pudieran comprar alguna cosa en los almacenes. Más tarde, siempre se reunían con su padre a rezar en la Catedral de Nuestra Señora de la Paz y luego iban a sentarse frente al mar y contemplar juntos, uno de aquellos atardeceres siempre diferentes y bellísimos.

Un día ocurrió algo inesperado, Fermín no fue a la catedral, ni llegó para ver el atardecer. Lo esperaron hasta que era noche cerrada, luego, pidiendo aventón lograron llegar a La Inmaculada para enterarse que ahí tampoco había ninguna noticia de Fermín. Por la mañana Rito salió a La Paz para buscarlo, pero nadie lo había visto, así que recogió la camioneta y se regresó.

Pasaron días que se hicieron semanas y semanas que se hicieron meses, pero Fermín jamás volvió. Hubo quien dijo haberlo visto subir al transbordador con rumbo a Mazatlán; pero los que lo conocieron a fondo, sabían que él jamás habría abandonado a sus hijas.

Las Imeldas pasaban de los treinta años y no habían conocido novio, pues, aunque eran unas chicas agraciadas y sabían manejar sus negocios en forma próspera, la ignorancia y superstición de la gente había evitado que los jóvenes se les acercaran.

Una tarde en que se encontraban tras el mostrador de su tienda llegó un fuereño; buscaba información acerca de las minas. Hizo muchísimas preguntas.

Según les explicó pensaba quedarse unos días en los alrededores de El Triunfo para luego dirigirse a Santa Rosalía.

Les pidió alojamiento, y ellas, sin pensarlo mucho, le respondieron que podía ocupar el cuarto que había sido de su padre.

Durante la cena el forastero casi no habló, pero dijo que se llamaba Juan Manuel Saldívar, que había nacido en Zacatecas y que era geólogo. Pasaba mucho tiempo alejado de las poblaciones, recorriendo las sierras en busca de alguna veta importante, sin poder cruzar palabra con otra persona; de ahí su costumbre de hablar entre dientes consigo mismo o de hacer una pregunta que el oyente no entendía y que él se contestaba solo.

De pronto comentó:

La chimenea de El Triunfo, tardaron más de treinta años en construirla; es una joya de ingeniería, por algo fue diseñada por Eiffel, al igual que la Iglesia de Santa Rosalía…-y sin esperar respuesta se hundió en sus pensamientos.   

Tratando de romper el incómodo silencio, Imelda le dijo:

– Y, ¿cuál es el mineral que anda buscando? ¿Acaso oro o plata?

– No, para nada, tampoco cobre ni fosforita. Algún día esta será una región importantísima y codiciada; es la parte del país con mayor cantidad de yacimientos de uranio. -Después encendió un cigarro, se quedó mascullando algo que no entendieron y partió a dormir.

– Está medio feo y muy barbudo, -dijo Imelda hablando muy bajito.

– “Pos” sí, -respondió su hermana.

Juan Manuel empezaba a quedarse dormido cuando sintió que alguien se metía en la cama; de inmediato supo que era una de las gemelas. La muchacha se recostó en su pecho y empezó a acariciarle la barba. Él llevaba varios meses sin mujer, así que sintió de inmediato la dureza de su miembro. Sus manos empezaron a recorrer todo el cuerpo de la joven y sus labios la fueron besando parte por parte, desde su cuello hasta el interior de sus muslos. Cuando sintió que ella estaba a punto, la penetró y fue así como imelda hizo el amor por primera y única vez en su vida.

Mucho antes del amanecer, sigilosamente, el muchacho abandonó la cama, recogió sus cosas y se marchó de La Inmaculada. Cuando imelda despertó, la noche empezaba a esfumarse. Se sentía feliz como jamás lo había estado antes, abrazó la almohada y aspiró el olor con que aquel hombre la había impregnado. Después regresó al lado de su hermana que, al sentirla entrar, abrió los ojos y le preguntó:

Y ora, tú, onde andas, ¿qué te pasa?

– Pos nada.

– ¿Y el barbudo?

– Pos yo qué sé.

Jamás confesó lo ocurrido aquella noche. Cuando alguien les decía que eran igualitas, imelda pensaba que no, que eran totalmente diferentes porque ella había hecho el amor con un hombre e Imelda no.

Empezó a correr por el estado una importante noticia: la Reina Isabel Segunda de Inglaterra visitaría la Ciudad de La Paz el 22 de febrero.

Extraño, ¿no? -comentaba Rito.

Es que viene a conocer uno de los lugares más bellos del mundo y además quiere ver el mar de donde salió la gigantesca perla que adorna una de sus coronas, -decían las Imeldas-. Además, dicen que muchísimas hectáreas cerca de San Juan de la Costa son propiedad de la corona inglesa y que la reina viene a darles una checadita.

El caso es que la noticia las tenía muy emocionadas; morían por ver una reina de verdad y, sobre todo, porque venía acompañada por su príncipe.

Se pusieron de acuerdo para que Rito las acompañara y desde muy temprano llegaron al Muelle Fiscal. Después de varias horas de espera, se acercó una lancha rápida que traía a los soberanos a tierra, debido a que su bellísimo barco había quedado fondeado fuera de la ensenada y sólo podía admirarse desde el camino a Pichilingue.

Descendieron algunos marinos y tras ellos la Reina, a la cual recibió el Gobernador en medio de vivas y aplausos, el príncipe Felipe bajó después.

– La Reina no llega ni al metro y medio, -comentó Rito.

– Lleva un sombrerito ridículo, -dijo Imelda.

El príncipe es tan enorme como un día sin pan, -agregó Rito.

Sí, pero muy viejo, -murmuró imelda.

Tremendamente decepcionados, se consolaron comiendo todo lo que pudieron comprar.

Cinco días después de esta visita a La Paz, una mañana Imelda no quiso levantarse de la cama, se sentía terriblemente cansada y había estado volviendo el estómago así que se quedó en la casa en vez de ir a ayudar a su hermana con los quehaceres de la tienda. Cuando imelda regresó por la tarde, encontró a Imelda más decaída y con fiebre, por lo que envió a Rito a El Triunfo por el doctor. La enferma se fue agravando en el transcurso de la noche. El médico permaneció junto a ella todo el tiempo, pero nada pudo hacer y al llegar la madrugada la joven expiró.

Cuando imelda se dio cuenta de lo sucedido empezó a llamar a gritos a su hermana pidiéndole que abriera los ojos, que le contestara. El doctor la abrazó con dulzura y le explicó que su hermana ya no estaba en este mundo.

Decidieron velarla solamente durante la mañana porque el doctor insistía en sepultarla cuanto antes, ya que no tenía un conocimiento preciso de qué había originado esa fiebre imposible de controlar y una muerte tan rápida. Durante las horas que Imelda permaneció tendida, su hermana no se movió de su lado. Se negó a probar bocado, no contestaba las muestras de afecto o el pésame que los vecinos le manifestaban; era como si estuviera sorda. Tenía la mirada perdida.

El padre Donaciano llegó desde El Triunfo para darle la última bendición a la difunta; trató de que imelda lo escuchara, pero todo fue inútil. Después de que la última palada de tierra cayera sobre la tumba, la gente se fue yendo poco a poco hasta que en el panteón solamente quedaron Rito e imelda.

– Vamos pa la casa, imeldita, ya nada podemos hacer y tú necesitas comer algo y descansar, -le repitió Rito varias veces, sin recibir ninguna respuesta. Dedujo que tal vez ella necesitaba pensar y entender lo que estaba pasando, así que decidió respetar su silencio y alejarse un poco.

La noche cayó, hermosa, con una gigantesca luna que eclipsaba a las estrellas. No hacía frío. Los días en marzo eran templados, aunque por las noches la temperatura bajaba; además, el día anterior, inusitadamente, había llovido y el ambiente estaba húmedo. Rito se acercó a imelda y la cubrió con su chamarra, pero ella no parpadeó siquiera; él se alejó de nuevo y se dejó caer al pie de un árbol sin quitarle los ojos de encima a la joven. Las horas transcurrieron. La luna estaba muy alta y Rito empezó a sentir un peso sobre los párpados y a cabecear; trató de luchar contra el sueño, pero se quedó profundamente dormido.

Cuando despertó, la madrugada empezaba a desparramarse. Buscó a imelda pero ya no la vio junto a la tumba. Se levantó de un salto y empezó a buscarla, llamándola a gritos. Entonces descubrió las huellas que los pequeños pies de la muchacha habían dejado sobre la tierra húmeda. Las fue siguiendo y al verlas internarse en una vereda que de sobra conocía, sintió un nudo en el estómago. Empezó a correr más aprisa, llamándola con más fuerza aún. Por fin llegó al pozo de la mina abandonada y con desesperación vio que justo ahí, estaba la última pisada de Imelda.

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