El elefante se niega a caminar

Capitán Piloto Aviador Enrique A. Guerrero Osuna

No quiero que mis hijos me acusen de complicidad con lo que está pasando con el país, que no hice nada para detener la debacle, que ni siquiera levanté la mano para expresar mi punto de vista.

Los elefantes tienen una larga vida, una piel muy gruesa, una buena memoria, son matriarcales, han ido a la guerra, pero de eso a que Obrador diga que el gobierno mexicano tiene una similitud con un pobre elefante reumático que se niega a caminar existe una gran diferencia. No hay elefantes reumáticos, los que no pueden caminar o no pueden mantener el paso en la búsqueda de comida, simplemente son abandonados por la manada. Viven un promedio de 60 años, el gobierno mexicano tiene mucho más que eso. El compararlo (al gobierno) con un elefante nos es más que una falta de respeto histórica. Es una manera de burlarse de los gobiernos anteriores y de los pobres elefantes que ni la deben ni la temen.

Obrador tiene buenas ideas y de seguro buenas intenciones, pero se ven avasalladas por tantas ocurrencias a cuál más descabellada y al vuelo, sin ningún sustento ni posibilidades prácticas de ponerlas en acción. Se le ocurren demasiadas locuras irrealizables, pero nadie de sus achichincles le dice que no.

Por el contrario, una de esas buenas ideas sería la de recortar los gastos estratosféricos de la presidencia, ahí si le doy la razón a Obrador. Pero eso se debió haber realizado en forma escalonada, con mucho cuidado y no dando hachazos y guillotinazos a diestra y siniestra. Veamos un caso específico, que por ser de mi esfera puedo manifestar mis ideas al respecto con la autoridad que me da la experiencia.

La “barca imperial”. Con este término me refiero a la utilización de un avión para las necesidades de transportación de un presidente o de un dignatario de cualquier país. El tamaño y el costo de las “barcas” (aviones) debería ser proporcional al PIB de cada país, pero siempre tratando de no caer en excesos o lujos innecesarios. Estoy convencido de que un avión privado o un avión ejecutivo son una excelente herramienta de trabajo. Les permiten a sus usuarios tener una enorme flexibilidad a la hora de tener que desplazarse a grandes o medias distancias y aún a cortas distancias con múltiples escalas y la posibilidad de regresar el mismo día a su base original, todo sin estar sujetos al inconveniente de los itinerarios de las líneas aéreas comerciales. Está visto que un avión ejecutivo se convierte en una isla de paz y tranquilidad después de varias giras de trabajo, haciendo mucho más productivo el tiempo de traslado de los pasajeros. En un avión ejecutivo se puede descansar y/o se puede trabajar, todo al mismo tiempo en total privacidad y seguridad.

Específicamente, el caso de México: como todo en nuestro presidencialista país: los viajes de presidente están sujetos a los gustos de quien ocupe el cargo, ellos mismos fijan agendas e itinerarios, sobre todo domésticamente. Cuando la necesidad la dicten los compromisos internacionales también se puede recurrir a las ventajas de un avión ejecutivo, no necesariamente extravagante, sino simplemente algo en lo cual se pueda trasladar con comodidad y más que nada con seguridad y al mismo tiempo aprovechar ese tiempo para hacerlo productivo. Nuestro país tiene una muy buena red de aeropuertos civiles con buenas facilidades y que cubren absolutamente todo el territorio nacional. De costa a costa y de frontera a frontera. En los lugares en donde no existen facilidades aeroportuarias se cuenta con algunas bases de la Fuerza Aérea Mexicana que pueden ser utilizadas sin problemas.

El tamaño de las “barcas imperiales” si importa. Existe sin embargo una pequeña diferencia: cuando es usted una persona con amplios recursos económicos y con ganas de disfrutar la vida errante con todas las comodidades como en casa, se compra un gigantesco aparato moderno en donde no le va a faltar nada y le puede agregar todas las extravagancias que su dinero le permita, lo repito y lo reafirmo: con su dinero. No con el dinero de un país. Normalmente hemos visto en los medios noticiosos como algunos representantes de gobiernos del primer mundo viajan en forma austera y tranquila, otros se van a lo grande y en forma inversamente proporcional los mandatarios de países subdesarrollados llegan a todo lujo, con aviones enormes y ostentosos.

En forma personal yo pude presenciar los viajes del gobernante de la República del Congo, cuando salía al extranjero, lo cual era muy frecuente, lo hacía en lo que conocemos los pilotos como un Súper 727 modificado para largo alcance y con una tripulación suiza, claro con cargo al erario. Para no ir tan lejos: los viajes de los anteriores presidentes de nuestro país fueron poco a poco subiendo de tono, de lujo y de locuras. El presidente Porfirio Díaz viajaba en un tren especialmente equipado, pero nunca salía del país. Los presidentes post- revolucionarios también utilizaron extensamente los viajes por ferrocarril, hasta que se adquirió expresamente para esos traslados el llamado “Tren Olivo” mandado a construir directamente a la fábrica de la Pullman en Estados Unidos a todo lujo. Después ellos (los presidentes) contrario a Obrador pensaron en los aviones. Primero un DC-3, luego llegaron los C-54 acondicionados para vuelos ejecutivos y de pasajeros se transformaron en los DC-4 más veloces y de mucho mayor alcance. Le siguieron los DC-6 con cabina presurizada, un F.27 turbo-hélice y finalmente entramos a la era del jet pero rentando los DC-8 de Aero México en la época de López Mateos.

Finalmente, la presidencia adquirió un jet ejecutivo inglés de moda: el De Havilland 125 con capacidad de 8 pasajeros y alcance muy limitado. El salto gigantesco se dio cuando se adquirieron un par de 727 con interiores ejecutivos y tanques de largo alcance. El presidente López Portillo los bautizo el “Quetzalcóatl Uno” y el “Quetzalcóatl Dos”, la raza de la Fuerza Aérea Mexicana que no se aguantan, los bautizaron el “Austeridad Uno” y el Austeridad Dos”. Estaban a todo lujo, bien equipados para viajes largos. Aquí es donde para mi empezó la era de las “barcas imperiales”. Vamos a decir que los 727s todavía no llegaban a tanto, pero si la parafernalia que acompañaba al presidente cada vez que salía de viaje, porque se llevaban hasta el perico. Gastos suntuosos y excesivos no acordes a la economía mexicana.

Aquí es donde le doy la razón a Obrador al acabar con estos costosísimos viajes. Si se hubieran moderado no les hubiera pasado nada, pero se prefirió el derroche. En la era del presidente Miguel de la Madrid casi en secreto se compró un avión 757 de última generación. En el periódico El Norte de Monterrey se dieron cuenta de esta adquisición y le tomaron fotos en un taller de Dallas, Texas donde estaba siendo modificado. De la Madrid lo llegó a utilizar pero muy discretamente, incluso contra algunas dudas los pilotos del presidente lo aterrizaban en el aeropuerto de Colima muy pequeño para este tipo de avión, pero entraban y salían como en su casa.

Llegó el boato y el despilfarro. El presidente Calderón propuso y le fue aprobada la adquisición de un avión 787 DreamLiner de última generación, tal vez aprovechando un “piñatazo” de Aeroméxico al comprar varios 787 para su flota. El caso es que se adquirió y se mandó al taller para acondicionarlo, ahora si como una verdadera “barca imperial egipcia” con todos los lujos habidos y por haber, con capacidad de llegar a cualquier rincón del mundo que se le ocurriera al presidente en turno. Eso sí fue una cachetada con guante de armadura al pueblo mexicano, pero no solo al que se refiere Obrador, sino a todos los mexicanos.

Realizar una gira presidencial de México a Guadalajara en el 787 no tiene comparación de despilfarro económico. Es como si utilizáramos el Titanic para viajar de La Paz a Mazatlán para ir a dar la vuelta. En forma general, utilizar el 787 para viajes dentro del país es un desperdicio enorme. Llevarlo a un viaje al extranjero es una demostración de ostentación cuanto falsa de una economía que cada vez se tambalea con esos golpes. Con un índice de pobreza tan alto es un descaro insoportable viajar con esos lujos. Mención especial dentro de esta vorágine para los pilotos aviadores de la Fuerza Aérea Mexicana que siempre condujeron con mano firme y profesional todos los aviones de la presidencia sin ningún incidente. Ellos solo cumplieron calladamente con su deber.

Eso fue una era que ya terminó, muy mal por cierto. La idea original de cortar gastos fue mal entendida y pesimamente ejecutada en cuanto a los aviones se refiere, ahora en algún lugar de Estados Unidos nos están mandando un facturón por cuidar un avión que no vuela y que no es de nosotros.

Sugerencia: adquirir uno o dos aviones para reorganizar la unidad de transporte aéreo presidencial, ¿Qué avión? Un Grumman G-750 con alcance suficiente para vuelos intercontinentales, con la ventaja de su flexibilidad para despegar y aterrizar de aeropuertos pequeños, cabina para 10 pasajeros, pero más que nada con un costo 12.5 veces menor que la actual “barca imperial” y sin tanta ostentación.

Puedo seguir predicando, el problema es que Obrador está más sordo que una tapia y por lo que se ve, no hay poder humano que lo convenza de las bondades de utilizar un avión como herramienta de trabajo en lugar de andar dándose “baños de pueblo” y demorando vuelos. Vamos a ver el tiempo a quien le da la razón.

La Paz, B.C.S. julio del 2019.

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