“Éxodo” De por qué me fui pa’l mar

Emilio Arce Castro

Por tercera ocasión en esa mañana, Tiziano Castro fue bajando al plan del pozo por una estrecha escalera hecha de resistentes vigas de palmera con peldaños de varas de utatabe. La falta de ventilación al interior de ese profundo hoyo que abría sus fauces en el suelo pedregoso, era la causa por la que él, acostumbrado al aire libre, experimentara esa especie de angustia asfixiante que lo oprimía y le hacía sentir que le robaban el aliento, a manera de claustrofobia, que constantemente lo hacía emerger como los galápagos, con la boca reseca, a conseguir una bocanada de aire fresco. En el foso apenas húmedo de tierra dura, las paredes del socavón parecían obstinarse en obstaculizar la labor del escarbador, poniéndole piedras a la esperanza de aquel rústico nativo de esa sierra llamada La Giganta, y quién a esas alturas de la implacable sequía, hurgaba desesperadamente en las entrañas de la tierra buscando una gota de agua que apagara su sed y la de su mermado hato de animales, de los que ya no quedaba nada o casi nada. Estaba muy cerca de encontrarla, lo presentía. Casi percibía el olor del agua. Tenía mucha confianza en hallarla. Aquí en la sierra -se decía a sí mismo-, se podrá perder todo lo que uno tenga, pero nunca la esperanza. Él nunca dudó, sobre todo desde que Román Romero, el curandero de la comunidad, que por unas monedas ponía y remediaba males, había echado las varas en ese terreno en tres ocasiones y cada vez, éstas le indicaban que ése era exactamente el lugar donde se debía excavar. Las horquetas de palo Sanjuán, “las varas”, que Román utilizaba como instrumentos radiestésicos, habían golpeteado el suelo en repetidas ocasiones. Siete veces, para ser exactos, cada una de las tres veces en que se llevó a cabo la prospectación, ubicaban el agua a siete metros de profundidad. Y efectivamente, nunca fallan las varas cuando se echan con fe, y sobre todo, Tiziano tenía mucha fe también en Román, quien actualmente reside en La Paz, por la Alta Tensión y del cual se dicen muchas cosas fantásticas, que uno como escéptico no cree tan fácilmente, pero en la sierra sí era considerado como una especie de nagual al punto de volverlo un mito viviente, por cosas como la que platicaba Asterio de la ocasión en que falleció la madre de Román. Según cuenta, a varios días del fallecimiento de la mamá de Román, Asterio, que es su cuñado, le reclamó a Román el por qué no se apersonó en el sepelio, que fue en Ciudad Constitución. –Si estuve ahí-, alegaba Román pero Don Asterio le respondía que no fuera mentiroso, que él mismo fue quien cubrió la tumba de Doña Ascensión y que nunca lo vio. –Si estuve ahí, Asterio– continuó Román-. Por cierto que estabas platicando con el Chito y ya tenías preparada la mezcla para la tumba de mi amá, cuando agarraste agua con la pala y se la diste beber a un pájaro que estaba asoleado parado en una rama, ¿te acuerdas?– 
En efecto -respondió Asterio- si vide un pájaro negro, pobrecito, con el piquito abierto y se veía como muy fatigado y sediento y me dio lástima, por eso le di agua con la pala, pero ¿tú cómo sabes? A nadien se lo he platicado.
Es que yo era ese pájaro– respondió Román –Ahí estuve en forma de ave…- recordó el relato con mucha viveza Tiziano, que ya llevaba mucho más de los seis metros excavados y aún no aparecía el tan ansiado líquido, dador de vida y símbolo de toda existencia en aquella vasta soledad teñida de gris pardo, en la canícula de ese interminable calor que caía abrasador sobre el lomo de los cerros y de la cuenca vacía del ojo de agua que antes sostenía el paraje. Algo andaba mal, y no era cuestión de ahora. Lentamente, el agua se había ido consumiendo de ese ojo de agua y de los otros ojos de agua de los alrededores, hasta cegarlos por completo. 
Con las manos ampolladas y sangrantes, sudoroso por el esfuerzo físico, excavando con ímpetu, un escalofrío le recorrió la espalda al escuchar el chirriar seco del golpe de la pala con la que horadaba en aquel hueco, cuando esta topó con una veta de tepetate, roca sólida que estrujó su corazón y arrancó lágrimas de frustración de aquel rostro curtido por el sol y el trabajo. Como lo sabía, aquella mole de lava era ya infranqueable, sobre todo para las rústicas herramientas con que contaba aquel hombre que se aferraba a exprimir aquella tierra, que equivalía a aferrarse a la vida, como a la tierra también se aferraron sus antepasados.

No había remedio. La explotación desmedida, innecesariamente exagerada de los pozos de agua, tierra abajo, en el valle agrícola colindante, había trastornado el delicado equilibrio de los patrones climáticos y los imperturbados oasis de esa sierra que hoy se negaba a abrir los veneros de sus mantos friáticos, simplemente porque la anemia los había consumido. Con el paliacate rojo empapado de sudor que reposaba sobre su cuello, fue secando su frente y párpados, al tiempo que se dejaba aplastar pesadamente sobre el fondo petrificado del pozo. De rodillas, alicaído, miraba hacia el túnel vertical, al final del cual resplandecía el azul claro del cielo matutino. Lentamente, con el ánimo extenuado, uno a uno fue pisando los crujientes peldaños hacia la luz del exterior. Emergió pesadamente, y con los ojos entrecerrados, nublados de sentimiento, fue recorriendo lentamente los filos y las cumbres de intemporal belleza que lo rodeaban, como quien lo hace por primera o por última vez. La falta de agua en su paraje le llevó, en ese eterno momento, a tomar la inaplazable decisión de abandonar ese solar, de buscar una salida emergente al profundo abismo de sed y sequedad en que se hallaba sumergido. Al menos mientras cayera alguna lluvia, o algún ciclón, que no ha de faltar tarde o temprano, al cabo que las sequías no son eternas, se consolaba.

Un disperso rebaño de cabras, una mula, un perro chivero y toda la inmensidad que abarcaban sus ojos eran su única posesión material. La sierra, es sagrada, es de todos y no es de nadie -se decía-. Te niega y te da. El sudor es el único tipo de cambio, aquí. Todo lo que necesites está en tus espaldas y brazos, sólo hay que sudarlos…
Su familia, compuesta ya nomás por sus hermanos, había emigrado a otros lugares, a los pueblos cercanos, desde que empezaron a batallar para llenar una o dos cubetas de agua al día. Esa había sido la pauta que marcara el inicio del éxodo familiar.

Se fueron yendo uno a uno, vencidos de tristeza, desertores silenciosos de esa batalla nunca antes declarada de la naturaleza. El recuerdo de toda su vida pasada entre esos montes, sobre esas cumbres, era la fuente de su coraje para luchar contra el exilio al que implacablemente se condenaba, pero no había otro remedio, ni juez para presentar apelación. El veredicto, irrevocable, estaba dado.

Después de un rato de meditación se puso de pie, sacudió la tierra y el polvo de sus ropas y poco a poco fue reuniendo sus arreos. Ensilló su mula, montó, y con las pupilas dilatadas por la decisión, comenzó a cabalgar en estribillo, como si tuviera prisa y no, antes de que los recuerdos, a veces, lo único sólido a lo que te aferras, lo tentara a arrepentirse. Pues en ese paso veloz y entrecortado de mula noble, de pequeños trotes sincopados nombrado estribillo, partió hacia el camino de herradura, tierra adentro, volteando hacia atrás de vez en vez, sobre sus hombros, por si acaso olvidaba algún recuerdo, que serían, en adelante, sus únicos compañeros. Si no piensas volver, no mires para atrás, alguien le había dicho, y Tiziano sí pensaba regresar. Partió, como Ulises, anhelando con toda el alma alejarse de lo que amaba, para desearlo con más pasión.

II

-¡Apéate, Tiziano!- retumbó la voz de entre los ladridos juguetones de los perros, que como caravana escoltaban al jinete apenas notaron su presencia arroyo abajo.

Voy nomás de pasadita– respondió Tiziano, una vez que desmontara de la bestia, le tendiera la mano derecha a Eulogio Castro y con la izquierda tentaba el frente del ala de su sombrero a manera de serrana caballería, inclinando levemente la frente.

Si, nomás de pasadita como a cincuenta kilómetros de su casa… ¿Cómo le fue con el pozo, primo?– preguntaba Eulogio, mientras quitaba el bozal de alambre con que aseguraba el pequeño zaguán de varas, acción que se lee como una amistosa invitación a pasar.

¿Y Elpidia, tu mujer?– preguntó Tiziano, eludiendo la pregunta.

¡Acá estoy!– respondió la voz de la mujer que se encontraba detrás del hollinado jacal de hachones de pitahaya, soplando las brasas de la hornilla, hogar de donde empezaba a salir una leve humareda.

Estoy prendiendo la lumbre a la hornilla pa’ ponerme a cocer unas cuantitas tortillas de harina, Tiziano. ¿Cómo le va?– preguntó. Después de un breve silencio, Tiziano aspiró largamente, como fumando un invisible cigarro, meditando la respuesta, habló.

Pos aquí, tristeando, mujer– contestó Tiziano, exhalando la voz con aire cansado. –Le iba a comentar acá al pariente, pues que se nos secó el abrevadero, y ya vieron donde marcaron las varas, pues va a creer que no le pude llegar al agua donde nos marcó, porque se me atravesó un tepetatal, y a cincel y martillo es un por demás, pariente, ahí me hallan en tiempo e’ frío. Y pos ni modo, voy a tener que buscarle por otro lado, en lo único que uno medio sabe hacer, que es andar correteando las vacas y la chivada, ¿pos qué otra cosa puede uno hacer? Y oiga pariente, a eso sí vengo yo con usté: a encargarle el rebañito, que son como diez o doce chivitas. Ya hace días que no las busco por estar metido escarbando en ese pozo y quién sabe cuántas y cómo me las habrán dejado los leones y los coyotes, pero sí se las encargo munchísimo, pariente, usté sabe, a medias en la parición. Yo me tengo que ir mas pa’ arriba, porque otro día más por allá abajo y me muero de tiricia, verán que sí. Voy al otro arroyo, a los llanos. Allá hay un poquitito más de agua que por aquí, y voy a ver a quién le ayudo por esos lugares, en calidad de mientras. Aunque por todos lados estamos igual de jodidos, allá por lo menos está cerca la costa y siempre hay buena temporada de pesca, y en eso si se puede uno alivianar un tantito, pero yirnos en definitiva de por aquí, como que no es por ahí– terminó diciendo Tiziano, con la vista perdida en un punto indefinido, entre sus gastadas tegüas de gamuza y el troncón de triple horqueta que sostenía la tinaja labrada de cantera, a escasos dos metros de la banca en que reposaba con los pies estirados hacia el frente.

De pronto, su cara se iluminó borrando de un pincelazo el paño gris que la cubría, y una nueva luz brilló en sus ojos, al tiempo que una sonrisa inundó su boca. –Pero eso sí te digo, Elpidia, que si no me avientas con la primera tortilla de harina que se te infle en el comal, voy a irme muy, pero muy rete resentido contigo– exclamó Tiziano volteando desde su banca en dirección a la cocina, de donde salió la voz de la mujer que le respondió con fingido sarcasmo: –Sí, ya te conozco esa clase de sentideras, vieras que sí– rezongó Elpidia, mientras el murmullo de sus risas cristalinas quedó suspendido entre la quietud del crepúsculo serrano.

III
Con la luna recortándose en los encrespados filos de La Giganta, Tiziano durmió como un bendito. “Como fraile capón”, según sus dichos.

El cansancio y la barriga llena se habían encargado de ello. Antes de cerrar los ojos todavía relamía el recuerdo de las tortillas de harina con machaca y arroz, y saboreaba con el pensamiento el aroma delicioso del té de damiana que había bebido horas antes, en el corredor de la casa de Eulogio, en el rancho La Cueva.

El titilante tráfico de las constelaciones y la chatarra espacial, los cantos nocturnos de los insectos, búhos, murciélagos y demás fauna nocturna, lo arrullaron como una suave brisa en el lecho seco del arroyo a cielo abierto en que reposaba. Trazando líneas rojas con la luz del cigarro, no alcanzó a completar ni la mitad de las nueve aves marías con las que todos los días se despedía de la jornada, desde que, en su tierna infancia, allá en El Paisano, su madre, doña Rebeca, le inculcara con devoción ese ritual. El sopor y una leve dosis de indigestión a media noche, hicieron a un lado sus blancos pensamientos tornándolos en apesadumbrados sueños. Se soñó vagando perdido en las inconmensurables cumbres de La Giganta, entre la lluvia, guiándose solamente por el balido de una cabra montaraz. Después, encantilado, se vio desnudo bajando dificultosamente entre la pared del cantil, mientras un alud de piedras rodaba cerca de sus manos y de su cabeza. Otro momento se soñó colgado en las puntas de las palmas, viendo hacia abajo, hacia el despeñadero, con la cara hacia el suelo y asido de espaldas a la palmera, con las manos cansadas y a punto de soltarse hacia su inevitable fin. Ese era uno de los sueños que con más frecuencia lo perseguía desde aquella vez en que estando cortando palma descansó de espaldas sobre el tronco de una palmera con los pies en el cogollo de otra palmera vecina, cuando una súbita ventisca, tan común en la sierra, las separó quedando asido de espaldas en una de ellas, secuestrado por no sabe cuántas horas, hasta que tío Asterio, aquel correoso viejo enviado del cielo por el Salmo noventa y uno, alcanzó a aparecerse en aquella soledad y como pudo, subió a la palmera armado con una cuerda y lo ató ante lo inminente de la tragedia, primero para que descansara y agarrara fuerzas, y después, arriesgando su vida, lo desató y le ayudó para que pudiera bajar por sí mismo. A veces soñaba que tío Asterio volaba y no podía dejar de sonreír ante este sueño. Ante esa Epifanía milagrosa.

Esa noche, la humedad de su propio sudor ante lo vívido del ensueño, le hizo sentir frío y despertarse tiritando, sentado a media noche, cuando el cinturón de la galaxia se alineaba sobre su cabeza.
Tardó bastante en volver a conciliar el sueño, y no pudo dejar de sentir el fuerte mariposeo en la boca del estómago por la emoción de iniciar un nuevo derrotero…

IV
Oscurito, al alba, Tiziano se levantó del suelo gris del arroyo de grava de canto rodado. –No tarda en amanecer– dijo, persignándose, mirando al último lucero que se empezaba a apagar para dar paso a la mañana que se dibujaba en los suaves colores violetas y rosados de la aurora, perfilando el azul oscuro, casi negro, de los filos serranos. Los gallos no cantaron, pero con el trino de los pájaros se inició la sinfonía del nuevo día.

Hurgó en las alforjas de su silla de montar, y de ellas extrajo un vaso de peltre y un frasco de café en polvo. Recogió algunas astillas de ramas secas, amontonó tres piedras y en la improvisada hornilla, encendió el fuego, y caminó hacia un antiguo ojo de agua para llenar el cacharro. Esperó en cuclillas a que el agua hirviera, y se preparó un vaso de café con azúcar. Lo sorbió con lentitud, cerrando los ojos, aspirando el fragante vapor que se volatizaba desde el interior del vaso.

Había dormido en el arroyo próximo al rancho el Sauzal, antigua construcción en ruinas que también había sido el lugar donde pasó sus mejores años. No había querido acampar más allá, en la casa, porque ese mágico paraje le traía recuerdos que lo envolvían de nostalgia y le entristecía ver la laberíntica desolación que hoy la cubría. No temía a los fantasmas y Nana Luisa era la única persona, que él recordaba, que había fallecido en ese lugar, y la recordaba con mucho respeto y con mucho cariño, sobre todo porque en vida Nana Luisa casi lo había adoptado y también brindado mucho amor y ternura maternal. Alguna etérea presencia o algo sublime emanaba de aquellas paredes derruidas, de aquellos corredores cubiertos por el paso del tiempo y que, aun en ruinas, inspiraban el respeto de un templo. Cabresteando la mula, cruzó por entre las ruinas. Iba pegado al pretil de piedra que servía de lindero en el desnivel de aquel ancón en que estaba construido el rancho abandonado. Pasó por el corredor en cuyo centro, en sus recuerdos, había bailado eternidades de veces con las más hermosas muchachas. Echó una mirada respetuosa a las derrumbadas paredes del cuarto de Nana Luisa, casi con miedo de que ésta se le apareciera y le recetara algún chirrionzazo, como cuando era chamaco y que cometía alguna travesura. Sonrió ante la ocurrencia y dirigió sus pasos hacia la capilla de paredes blancas, única construcción en pie. Ató el cabresto a un horcón del cerco, y avanzó unos pasos para luego, quitándose el sombrero, con humildad acudir ante la presencia de varios íconos religiosos, que eran presididos por la inmaculada imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, emperatriz del lugar.

Se santiguó a la entrada, elevó una fervorosa plegaria y abandonó el lugar prometiendo la visita del veintisiete de junio, a la que nunca debía faltar. Sobre la vereda, rumbo al palmar y a la huerta, una churea se cruzó en su camino en señal de buena suerte. Esto le animó, y azuzó a la mula apurando el paso. A los pocos minutos ya se encontraba en el Corral Viejo, saboreando una taza de café acompañada de una tortilla de harina y una rebanada de queso fresco de cabra, que Margarita, esposa del Quitito, dueño del lugar, le había brindado.

Quitito andaba campeando por los cerros del Narón, rumbo al picacho de Umí, y portaba un viejo rifle sobre sus hombros, esperando cazar un león que estaba cebado con su rebaño de cabras, de ahí su ausencia del paraje. -Me lo tengo que topar en el camino -comentó Tiziano-, porque voy a cruzar al otro arroyo, a Toris, por La Banderita y Caratel.

Ten cuidado, pues, no te vaya a confundir con el león el Quitito y te dispare con el salón, porque a jabón de olor no hueles muncho, que digamos- bromeó Margarita. Tiziano se hizo el desentendido, pero pensó para sí que ni ella ni el Quitito tampoco.

Apretó bien el cincho de su montura, se fajó la cuera, montó y con un adiós de mano, su figura se perdió lentamente bajo el resplandeciente sol del mediodía peninsular, rumbo a esa gran aventura que es la vida y la dura supervivencia en estos montes.

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