La Arquitectura Misional

Sealtiel Enciso Pérez

El legado de las hermosas iglesias construidas en el siglo XVIII y que aún subsisten hasta nuestros días en la geografía de nuestra media península calisureña, nos da cuenta del deseo de los sacerdotes misioneros por levantar Templos a la Virtud en donde los naturales conversos pudieran acudir a realizar el culto católico pero también para que sirviera de espacio para su introducción paulatina al modo de vida occidental, a lo que en ese entonces se consideraba como “lo civilizado”. Importante es para los actuales habitantes de estas tierras el preservar, restaurar y difundir estas bellas joyas coloniales, las cuales nos hablan del auge y declive de esa etapa de nuestra historia.

Los detalles arquitectónicos de algunas de estas misiones se pueden considerar únicos y de sorprendente realización, tomando en cuenta que fueron levantados en los sitios más recónditos e inhóspitos de la geografía de la Nueva España, con grandes limitantes no sólo en cuanto a los recursos económicos para el pago de la obra sino en la dificultad para hacerse de los materiales y mano de obra necesaria para su construcción. Como lo dice Miguel León Portilla: “las misiones de San Javier Viggé-Biaundó y San Ignacio Kadakaamán son edificaciones extraordinarias, y si ellas estuvieran en Puebla o Guanajuato, hoy serían sin duda una de sus “joyas patrimoniales”. (Miguel León Portilla, “Baja California: Geografía de la esperanza”, en; Misiones Jesuitas, Revista Libro, Núm. 65).

En gran medida la presencia de sacerdotes oriundos de diferentes regiones de Europa, tuvo su repercusión en la forma en la cual se diseñaron y construyeron los templos misionales. Cada uno de ellos tuvo la oportunidad de admirar las enormes catedrales en sus países de origen y decidieron replicarlas en este lugar donde su Dios los había traído. Si a esto le agregamos que algunos de ellos poseían conocimientos avanzados de arquitectura y, de hecho habían podido levantar otros templos en diferentes lugares donde estuvieron laborando, la riqueza de experiencias fue versa en las iglesias de la California. Los sacerdotes que dejaron su huella constructora fueron los italianos Segismundo Taraval e Ignacio María Nápoli; los mexicanos Jaime Bravo, Clemente Guillén y Juan Bautista Luyando; el español Miguel del Barco; el croata Fernando Consag, así como al alsaciano Juan Jacobo Baegert.

La determinación de la sobriedad o abundancia en el diseño arquitectónico de un templo dependía de múltiples factores. A pesar de que la orden de los Jesuitas se caracterizó por el estilo de vida sencillo y ascético de sus sacerdotes, muchos de ellos no escatimaron esfuerzos por levantar una obra “digna de ser la casa del Creador”. Sin embargo, en muchas ocasiones la carencia de materiales idóneos para la construcción (por la lejanía en que se encontraban del sitio donde se construiría la misión) o la falta de mano de obra quien deseara cooperar en la labor (rancherías o bandas poco dispuestas a abandonar su estado de indolencia e indiferencia hacia el “trabajo”) hacían que sólo se pudiera levantar un edificio sobrio y con muy pocos ornamentos, a pesar de la mucha preparación que pudiera tener el sacerdote encargado.

Otro de los factores que influía era la capacidad del contexto geográfico donde se desenvolvía la Misión para poder extraer recursos naturales y realizar actividades de transformación. Por ejemplo las Misiones de San Francisco Xavier y San Ignacio se asentaron sobre un terreno sumamente bondadoso en donde se podían obtener grandes cosechas, había pastos suficientes para la crianza de ganado y en general los naturales conversos eran sumamente dóciles y amables. Es por lo anterior que la Misión poseía acequias y enormes pilas para poder trasladar el agua hacia los sembradíos y para el uso de los habitantes; se construyeron enormes habitaciones y almacenes colindantes con el templo para que en su interior los indígenas fueran entrenados en los oficios de curtiduría de pieles, elaboración de conservas, cestería, tejido, etc. Lo anterior fue muy difícil de lograr en otros sitios como por ejemplo San Luis Gonzaga Chiriyaqui o Nuestra Señora de los Dolores de Chillá en donde el medio era árido y estéril.

En la actualidad, la mayoría de los templos que han sobrevivido hasta nuestros días fueron restaurados y pocos conservan su fachada u ornamentación original (además del saqueo inmisericorde que han tenido desde el siglo XIX hasta nuestros días). Sólo los templos de San Ignacio Kadakaaman y San Francisco Xavier Vigge-Biaundó se pueden considerar que conservan en el mayor porcentaje la arquitectura original, con modestas modificaciones.

Bibliografía:

Arquitectura religiosa en la Nueva España. Autor Desconocido.

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