Orgullo y serranía

Emilio Arce Castro 

Goyo Toba cccc

Hace unos cuantos años, tras un difícil periodo de convalecencia, falleció en Ciudad Constitución el señor Gregorio De La Toba, mejor conocido como “El Goyo Toba”, todo un protagonista, pionero en la colonización de la sierra en esta parte de la península: La Sierra la Giganta en la zona de la meseta de Tepentú,  de la cual “El Goyo” fue una especie de cacique natural durante muchos años. Hago la aclaración que me refiero a un tipo especial de cacicazgo; un cacicazgo de fantasía por así decirlo, light, que a diferencia del tipo de caciques latifundistas dueños de vidas y haciendas que ciertamente se dio por acá hace muchos años y aún se da en el interior de nuestro país, el caciquismo local, el que se practicaba en la sierra hasta hace pocos años, a lo más que llegó es a tratar de cerrar algún camino de acceso, espantar a alguna vaca, o a alguna cosa pequeña de esta misma índole. Al menos, es la cacique experiencia que yo personalmente viví en esta tierra serrana y en este tiempo; ni vidas ni haciendas, mi estimado Bobby. Dentro de las muchas cosas que realizó “El Goyo” a lo largo de su fructífera existencia, aparte de ser padrino de bautizo de mi primo Carlingas (“-prehijamente, por un ejemplo-” era su muletilla) y también porque no siempre fue “cacique” de tiempo completo; “El Goyo Toba” se preocupó por llevar progreso a esa región serrana que comprende del Ejido Cinco hacia el oriente, desde la línea que divide la zona de Los Bules en el Valle, pasando por El Iguajil, algo de San Luis Gonzaga, “El Choyero”, obviamente su Tepentú, y de ahí para arriba, remontándonos a la Sierra, El Gramal, La Boca de Las Cañadas, El Paisano, El Sauce, El Mezquitón, El Saucito, El Sauzoso, El Aguajito, La Cueva, El Junco, El Sauzal y El Corral Viejo.

Según recuerdo, esa era el área de su influencia. Promovió la construcción de caminos que coincidentemente llegaban o le pasaban rozando a Tepentú, donde él vivía, a pesar de que nunca le gustó que se transitara por su propiedad, que estaba considerada como un latifundio disfrazado, ya que puso muchas hectáreas a nombre de sus hermanos y parientes a los cuales, en un arranque de generosidad, se las heredó en vida, por si las moscas. Por lo regular tengo la imagen del Goyo, como le veía en mi infancia, acomodado tras una vetusta máquina de escribir de esas antiguas Remington, sin eñes ni acentos, tecleando con el índice de la mano derecha lenta y monorítmicamente, muy parecido a una gotera en una noche de insomnio, unos extensos legajos que servían de guías para transportación de ganado de la sub delegación de Tepentú, a -la entonces- Villa Constitución.

De tez morena, delgado, correoso, de amplio bigote como brocha de cuatro pulgadas y polacas como las de un mercader de porcinos -vulgo comprador de cochis-, por lo regular ajuareado con su siempre reluciente cuera sudcaliforniana y sombrero tipo michoacano (hecho en Durango), de ala ancha con todo y el clásico alacrancito de plástico al frente de la copa, atisbando al horizonte presto a observar alguna nube o alguna polvareda lo que le podía significar una frustración por la escasez de lluvia o un posible contribuyente que transportase alguna o varias reces rumbo a su comercialización. Aparte de que siempre ha sido una obligación para quien transporta ganado, llevar consigo la famosa guía que es equivalente a llevar la factura o el título de propiedad del ganado transportado, con el sub delegado De la Toba, leguleyo a más no poder, faltar a esta obligación era considerada como abigeato. Y de todos modos, para salir de la sierra, pasar por Tepentú era cosa obligada más por la circunstancia geográfica, que por cumplir con el reglamento; evadir tal impuesto ponía en serio peligro la suspensión, las rótulas o alguna otra pieza del vehículo, porque vadear ese cuello de botella estaba difícil.

La zona de Tepentú es una región agreste, dura y solitaria, con promedio de una familia por cada veinte o veinticinco kilómetros a la redonda, elo madre lo que digan los mentirosos del INEGI. En la mesa de Tepentú, en el rancho del mismo nombre que pertenecía al Goyo, se cuenta con tierras de riego que producen abundantes cosechas, no siendo así en el resto de la región. En las zonas aledañas, toda la economía depende de la ganadería. Aunque ya no es aquella pujante actividad como cuando éramos niños que veíamos pasar a los vaqueros a lomo de bestia, arriando hatos de engordado ganado para entregarlo en el Puerto de Loreto, la gente subsiste aún de esta actividad, sobre todo de la cría de ganado caprino, que se da casi solo, sin necesidad de mucho pastoreo. Al igual que en todas las regiones similares, la fauna silvestre es muy variada y hay que andarse con mucho cuidado, ya que la víbora de cascabel, el coralillo, el feroz gato montés (puma), zorras, zorrillos y coyotes acechan a la vuelta de cualquier peñasco, lo mismo que el venado y el borrego cimarrón.

La vegetación, abundante en espinas hace que los rancheros refuercen sus huaraches. A no ser las regionales tegüas, cualquier otra clase de calzado no sobrevive mucho tiempo. Y para cabalgar en esta zona, para empezar, sin sombrero no hay vaquero y aquí el caballo no es muy recomendable por lo siguiente: la naturaleza del caballo es noble e impetuosa, y si tiene necesidad de saltar un barranco, aunque sea por puro instinto, o por miedo, el caballo o la yegua lo hacen, a diferencia del ganado mular, que es mucho más pasivo. Aunque ambos tienen muy desarrollado el olfato y presienten el peligro, la consistencia del caballo es vulnerable, sobre todo en sus cascos, que se gastan más rápidamente que las pezuñas de los machos y las mulas en los afilados pedregales. Para que una persona pueda transitar por estos páramos, es necesario ajuarearse con la cuerudísima cuera, especie de gabán de gamuza o vaquetilla que sirve de escudo protector contra las espinas, además de las armas, que es una pesada vaqueta que va atada a la cabeza de la silla y que protege las piernas del jinete a modo de chaparreras. Las polainas, especie de tubo de bota, protegen también a las espinillas contra las espinas; los botines protegen los tobillos y el fuste que va sobre el estribo protege al pie. No salga sin ellos.

Especies como el venado bura y el borrego cimarrón, aunque muy mermados en su población, son parte inseparable del paisaje regional y también exquisita provisión en las épocas duras, sobre todo el venado, ya que el borrego es una especie sagrada, a la cual, ni por error se le da caza, contrariamente a lo que hacen las autoridades de ecología, que venden los permisos para cazar estas especies en peligro de extinción, al mejor postor. Bajando la mesa de Tepentú empieza lo que es en sí la serranía. Profundos acantilados cortan las veredas, y las personas poco acostumbradas a transitar entre tal topografía pueden ser presa fácil de la ley de Newton, en el más feliz de los casos. El agua, aunque es escasa para mantener verde la vegetación durante la mayor parte del tiempo, es abundante en pozas y ojos de agua, en los lechos de los arroyos secos. En realidad nunca se han explorado las verdaderas potencialidades del vital líquido en la zona, en parte por el desinterés de las autoridades correspondientes, y en parte por lo escabroso del terreno y lo costoso que resulta una empresa de tal magnitud ya que el suelo está compuesto por inmensas rocas volcánicas, lo que dificulta las excavaciones.

Una manifestación clara del potencial hidráulico en la zona, lo ejemplifica el llamado “Cerro de Las Lágrimas”, en las cercanías del rancho El Sauzal: debido a la acción y efecto de un rayo, el cerro en mención sufrió un resquebrajamiento -un “redumbe”, como dice mi cuñado Juan Meza-, y de la grieta manan algunos veneros de agua, parecidos a las lágrimas, que le dan el nombre al cerro. En cierta ocasión, hace muchos años, cuando me tocó trabajar como dibujante mecánico para la General Electric Co., en Comisión Federal, conversando con el Ing. Warren Johnson (jubilado de la Nasa y supervisor del montaje del turbo generador eléctrico de la Central Termoeléctrica Punta Prieta), me decía que algunos de los muchos estudios que por vía satélite le hicieron a nuestra península y que actualmente obran en poder de la NASA, confirman que ésta ínsula no es más que un gran tubo de agua dulce proveniente de los deshielos de los Montes Apalaches y que desemboca directamente al mar, en las famosas cascadas de arena de Cabo San Lucas. Esas y otras localizaciones de grandes yacimientos de oro descubiertos por satélites espías gringos en la zona de Guerrero Negro, a decir de Mr. Johnson, le daban alas a mi imaginación, al igual que la ventruda y helada epidermis de vidrio oscuro, contenedor del líquido ambarino que estoy paladeando y que hoy como ayer, hace milagros ahuyentando los vapores del pensamiento congestionado de memorias.

Esta es la sierra donde queda sembrado el Goyo Toba en este inicio del milenio, una tierra tan de él, como él mismo lo era de esta tierra, en la que ahorita, en la actualidad, a pesar del espectro de modernidad y globalización que acosa a algunos de los tránsfugas de la choya y el garambullo, nuevas generaciones de serranos se levantan del polvo cósmico de las piedras y reclaman para sí el derecho ancestral de posesión de estas vastas soledades de cactus y breñales, no por el afán de vender al nueve por uno sus abismos y celajes, sino por expiar un pecado capital no cometido y pelear la última gran guerra aún no declarada al abandono, cuya bruma poco a poco va cubriendo los antiguos parajes y cementerios olvidados.

El lejano balido de las cabras, el rumor de las piedras rodando hacia el abismo, el murmullo sonoro de los ojos de agua, el cencerro de la caponera pinta e’ josco, perdiéndose en los afilados horizontes, el aullido del coyote hacia la luna naciente, y cientos de miles de voces que cantan a la luna, al sol y claman por las nubes, es ahogado noche a noche por el tañer alegre de las cuerdas de las guitarras de estas nuevas generaciones de muchachas y muchachos (que no dejarán desiertas ni las calles, ni los campos), en ese corredor que da al arroyo de palmas y agua dulce, en cuya corriente aún navegan mi infancia y mis recuerdos montados a lomo de un barquito de corcho de cardón, siempre arroyo abajo, buscando el mar o el olvido en un recodo, bajo este sol canicular, en estos sueños despertados en el gorgoreo de un buche de cerveza que bebo a tu memoria, Goyo Toba.

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