Levantando, en California, templos a la virtud

Sealtiel Enciso Pérez

Contemplar nuestras joyas de Templos Misionales que tenemos en la California actual, es homenajear el recuerdo de sus constructores, y no solamente me refiero a los sacerdotes a los cuales se les atribuye su autoría, sino a los héroes anónimos como miles de indígenas, maestros de obra, peones y arquitectos profesionales que fueron convocados para su construcción.886941_827903850668914_5191016323209309469_o

Ya hemos reseñado en otras entregas sobre el procedimiento para definir el área sobre la que erigiría una Iglesia, así como los materiales utilizados para la misma. Sin embargo, es muy importante hacer mención de cómo se transportaban los materiales para hacer estos imponentes edificios. De acuerdo a los relatos en varias obras que nos han llegado hasta nuestros días y que su autoría se atribuye a los Misioneros Jesuitas, se dice que cuando en un sitio seleccionado para construir un Templo no había suficiente material, sobre todo piedra o cantera, se procedía a traerlo del sitio más cercano a éste. Sin embargo, hablar de distancias en la California del siglo XVII y XVIII, es traer a colación horas y horas de arduo esfuerzo.

En lugares como San Ignacio Kadaakaman o San Luis Gonzaga Chiriyaqui, los misioneros tuvieron que valerse del apoyo de cientos, y en el transcurrir de los años fueron miles de naturales de esos sitios. Se les convencía a través de darles alimento (por lo general era atole o maíz cocido) a cambio de ayudarlos a construir caminos para llegar a donde estaban los materiales de construcción requeridos. No olvidemos que varias Iglesias fueron construidas en cañadas y cauces de arroyos, rodeadas por cerros escabrosos y de muy difícil acceso. En no pocas ocasiones estos caminos tuvieron que ser construidos con pico y barreta, rompiendo enormes piedras, metro a metro. Cuando las piedras estaban constituidas de material demasiado denso, se calentaban con grandes fogatas y posteriormente se les arrojaban baldes de agua de manera abrupta con lo que se conseguía que se rompieran, facilitando el proceso de despedazarlas en partes más fáciles de mover.19732056_1259124714213490_985281456739153970_n

También se relata que hubo necesidad de ir cortando la gran cantidad de cactus y matorrales que había en el camino, lo cual incrementaba el trabajo, y todo ello se desarrollaba bajo el inclemente sol del desierto el cual caía como “plomo fundido”. También se sabe que algunos tramos del camino se construyeron sobre cauces de arroyos por lo que hubo necesidad de rellenarlos con tierra, ramas y piedras a efecto de dejarlos transitables no sólo para las personas sino para carretas y animales de carga. En ocasiones, como una estrategia que utilizaban los misioneros para motivar a los naturales a que trabajaran más de prisa y con mejores resultados, ofrecían premios en comida al grupo que finalizara más rápido una determinada tarea. Sin embargo, lo anterior en ocasiones desembocaba en situaciones imprevistas e indeseables, como por ejemplo que uno de los grupos saboteara el trabajo del otro buscando salir victorioso. Obviamente, lo anterior resultaba dañino para el trabajo en su conjunto.

Finalmente, cuando el camino estaba terminado se procedía a traer los materiales hacia el sitio donde estaría el templo y se levantaban los cimientos. Se sabe que en algunas iglesias, los sacerdotes mandaron construir sótanos o catacumbas para guardar alimentos, vestimentas e incluso como sitio para sepultar a personas importantes y a ellos mismos, cuando murieran. En la Misión de San Xavier de Vigge Biaundó se sabe de la existencia de este tipo de sótano pero está clausurado desde hace varios años debido a lo peligroso de su ingreso debido a los años de construido y la falta de mantenimiento. Regresando a la construcción del Templo, se continuaba con el levantamiento de las paredes y finalmente con el techo y los campanarios. Posteriormente, y sobre un diseño elaborado por el sacerdote o algún arquitecto diestro se procedía a erigir los ornamentos al interior del templo. Algunas personas que han tenido oportunidad de visitar algunos templos en Europa y otras partes del mundo, y que están dedicados al mismo santo o santa, mencionan que tienen mucho parecido con ellos, por lo que podría decirse que en algunos casos fueros copias parciales o adaptaciones parciales de aquellos en nuestra península.21557583_1318808211578473_3760450995760789756_n ccccc

Por lo general los accesorios como las puertas, ventanas, púlpitos, escaleras, confesionarios, contenedores para agua bendita así como el altar eran colocados hasta casi finalizar la obra. Incluso se sabe que las iglesias como la de San Xavier de Vigge Biaundó y San Ignacio Kadaakaman mandaron construir y traer a la península, retablos elaborados en la Ciudad de México y, en barco y posteriormente a lomo de bestias, los llevaron a sus Templos en donde fueron colocados con gran delicadeza y detalle. También las campanas que tienen estos templos eran donadas por personas acaudaladas o mandadas hacer por los sacerdotes. Al finalizar el templo, la obra era consagrada y bendecida para que pudiera seguir funcionando como el centro de la fe de los pobladores, cosa que aún en la actualidad es llevado a cabo.

Bibliografía:

Armando Romero-Monteverde. Los grupos prehispánicos de Baja California: a partir del contacto con los jesuitas hasta su expulsión 1697-1768. Tesis para obtener la licenciatura en etnología. 2006

Juan Jacobo Baegert, Noticias de la península.

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