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  • Las semillas de la esperanza

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Hay te voy de nuevo amigo Bertoldo Velasco Silva, para decirte a tí, como también a nuestros inteligentes lectores, lo siguiente:

Que en medio de este maremágnum de perturbaciones que provocan sobresaltos, que quitan el sueño y asesinan, a pesar de todo eso, todavía podemos conservar la certeza que, desde muy al fondo del abismo, emergerán pedazos de fe, que, aunque desperdigados y hechos trizas, aun traen algo, aun cuando sea un pedacito de esperanza.

Y no está por demás creer mi Beto, que algún día, quizás no muy lejano, allá en el cenit de nuestros sueños exista un mejor porvenir. Justamente allá, donde no haya ni desgracias, ni fatalidades. Ni tampoco pobrezas ni hambres. Allá donde lleguemos sin prisas para ocupar el mejor de los lugares.

Y allí Bertoldo, habremos de respirar ese aire puro que emana de la seguridad, de la armonía, de la concordia, de la paz. Digamos, ese aire nítido que acarrea hermandad, tranquilidad, buena venturanza y felicidad.

Así es amigo Beto. Porque hoy, para desgracia de todos, derivado de la antonimia de esos preceptos ya descritos, tenemos lo cotidiano, que como si fuera el pan de cada día se entremezclan en solo desgracias e infortunios. Esos que tú y nuestros lectores conocen y que nos traen los ahorcados, los destazados, los desaparecidos; esos que nos presentan los inertes cuerpos esparcidos por las plazas, los campos deportivos, y hasta en los templos.

Todo ello, mi Beto, mientras lo habitual lo tenemos a cada paso en las ráfagas y las persecuciones; en tanto que la monstruosidad y el horror lo encontramos en cada esquina. Envuelto en las bolsas negras con brazos, piernas, dorsos o cabezas. ¡Qué desgracia!

Maldita costumbre en la que, cual si fuera el aire que respiramos, hemos caído mi Beto. Cruel rutina a donde nos ha conducido el salvajismo y la irracionalidad. Lo mismo que la bestialidad y la brutalidad; sino es que la necedad, la bravura y el machismo. Y todo derivado, no de la delincuencia conste, sino de las desorganizaciones gubernamentales.

Pero son los pecados y también la penitencia. Y con ello los castigos. Estos y aquellos flagelos que tal vez continuarán. Que los seguirás soportando tú, aquellos, yo, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Y que quizás nunca acaben.

Y todo eso Beto, acarrea inquietud, nerviosismo, intranquilidad. Y toda esa carga negra y pesada trae consigo pánico y terror.

Como también altera, estremece y conmociona.

Pero yo te pregunto, y también le pregunto a nuestros lectores: ¿quién paga el alto precio por la falta de tácticas y de organización? ¿Quién paga por la escasez de cerebro para poner en práctica estrategias viables?

Pienso, y a la mejor coincides tú conmigo, que seguramente han de ser aquellos reductos de pobres provenientes de los barrios más jodidos. Sí, amigo, de esos venidos de allá donde la canícula de agosto curte el lomo de los niños que a su corta edad y por falta de educación o de un balón se entretienen jugando al papá y la mamá para enseguida parir más pobreza. Sino es que juegan a los bandidos con pistolitas de varas de mezquite o de palo de arco; para después convertirse en carnada de malandrines y presa fácil de la delincuencia organizada. Vamos, No sé si pensaran lo mismo nuestros amables lectores. Pero hay se las dejamos de tarea ¿Qué te parece…?

– ¿Por qué?- Me preguntas, y te respondo: Porque a la opulencia le preocupa poco y a la autoridad le importa madre.

Disculpa amigo Beto y usted también lector. Pero la ocasión obliga. Lo mismo que el coraje y la impotencia.

Y yo, y tú mi Beto, y como todos, muy orgulloso aplaudiríamos cuando las palabras pasen a los hechos.

Pero seguro estoy, Beto amigo, que tú estarás de acuerdo en que para el logro de mejores objetivos se requiere la conjugación de voluntades. De todos. Y no solo de los gobiernos estatales, federales y Municipales. Ya que solo así se daría el fortalecimiento de ese compromiso presidencial.

Y es que, para alcanzar esos ideales, también creo coincidirás, está primero solucionar ancestrales problemas sociales que tienen que ver con servicios básicos. Es decir de salud, de agua, de vivienda, de energía eléctrica, de educación, de centros deportivos, de lugares de esparcimiento, inclusive de alimentación.

Será entonces cuando la confianza, la certeza, y la credibilidad permeen en los cuatro puntos cardinales de nuestro querido México. He dicho.

Y Ahora sí se los digo mi Beto.

Desde que inicié este escrito, estoy pensando en la Guardia Nacional.

GUARDIA NACIONAL. (Así con mayúsculas).

¿Sinónimo de esperanza? Ya lo veremos. Y que no sea de guerras fratricidas que encierren conculcaciones de lesa humanidad. Dios quiera y no.

Porque de ser así, las mujeres seguirán atormentadas por la angustia, la incertidumbre y la preocupación; los viejos seguirán dando traspiés en medio de la oscuridad; los jóvenes seguirán vagando inmersos entre la zozobra y la inquietud: los niños seguirán jugando a los bandidos, al papá y la mamá para seguir pariendo hambre y pobreza.

Y el miedo de todos, amigo Beto, no tendrá fin.

Cuestión de tiempo.

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