De semáforos y pizarrón

Emilio Arce Castro

 Hace poco pasé por el rumbo de la Ocho de octubre, por ahí donde andamos estrenando una glorieta que en verdad sí está resultando útil para encaminar el tráfico citadino, que cada vez es más problemático en esta comuna paceña. El caso es que en el lapso del semáforo en rojo me vino a la memoria que por esos rumbos está la Escuela Normal Superior (Chuperior, decían algunos bienpensados) y empecé a zurcir recuerdos, hilvanándolos como colchoneta multicolor, con un interesante resultado, muy plástico e inacabado. Recordé que hace ya varios años tuve la suerte de que un respetado, gran amigo y mejor vecino de mi niñez, el profesor Enrique Estrada Lucero, me invitara a pegarle una leve restaurada a un viejo mural que engalana uno de los edificios de dicha institución. Al profe Estrada lo conozco desde hace muchos años, uh, y conocí también a su hermano el profesor Francisco Estrada, a quien apodábamos “Panchito Ajúa”, por lo entusiasta y desafinado que era para cantar, sobre todo cuando agarraba el micrófono y cantaba el himno nacional. Haz de cuenta la tesitura como la voz del Apomeño, pero en peor: ordinariamente desafinada.

semaforo color

Bueno, el caso es que ahí estoy haciendo equilibrio sobre la escalera y andamios en la Normal Superior para restaurar tan emblemática obra, microscópicamente graffietada, llena de mensajes amorosos y algunos mensajes obscenos, escritos a pluma y lápiz entre los chicles y mocos pegados a la pared, ya que durante muchos años este edificio albergó un Cobach infestado de púberes malcriados, y precisamente, por eso estaba yo ahí, para restaurar el mural. Cierta ocasión, durante la chamba que les platico, tuve que ir con el profesor Estrada a la dirección para resolver un asunto de materiales ($) que requería (ha de haber sido agua, un líquido muy especial y caro para mezclar acrílicos). Al modo el profe, lo saludé de mano y el muy pinchi casi me exprime los dedos cuando apretó mi mano. Todas las pinchis mañanas, desde que lo conozco, el profe Enrique sale a caminar llevándose unas pinchis mancuernillas, de esas para hacer ejercicio con las manos y el resultado es que tiene un chingo de fuerza en las manos y la otra cosa es que yo el único ejercicio que hago es pintar y tocar piano, y cuando mucho los pinceles pesan diez gramos, y de repente todavía se me caen de la mano, así es que el pinchi profe tomate dejó mis putas dedos, aparte de adoloridos, azules. Yo, sacudiendo la mano, nomás le dije: puuuuchi, profe. Está usté más juerte que un carro de los guachos. –N´ hombre- me dijo –verás ve– y pos el profe jaló una silla, puso la punta de los pies en el asiento de la misma y se puso a hacer lagartijas con los puños cerrados; con los pies en la silla y los nudillos de los puños en el suelo. –¡Cuéntale, Milo!– me dijo, y yo empecé, uno, dos, tres, …cincuenta y nueve, sesenta… y en esos dígitos iba cuando la secretaria abre la puerta y puta madre, va viendo al profe haciendo aigróbics, pues. El profe Estrada reafirmó el apodo de “Tomate Portillo” cuando vio a la secre (se ponía rojo de vez en cuando y estaba igualito a José López Portillo). Se puso colorado y lívido a la vez. Se apenó un chingo. Yo nomás sonreí en mi interior, todavía sobándome la mano y -ande cabrón-, pensé. Bueno, al pinchi rato, me tocó saludar también por los rumbos de la lista de asistencia de las oficinas a otro que era amigo mío, el profesor Víctor Lizárraga Peraza, que era catedrático allí, quien además por ese entonces era un fervoroso apologista y partidario de Leonel Cota Montaño, alias “el pargo enhielado”, que contendía por la gubernatura del estado en contra de Antonio Benjamín  Manríquez Guluarte, el Tony. Tocó la casualidad que se encontraron el profe Estrada y el profe Víctor Lizárraga. El profe Estrada, en cuanto lo vio, empezó a chifletear, pa´ acabarla de chingar, usándome como extra: –¿Cómo ves, Milo, con estos aventureros de la política?– me dijo. -La única persona con solvencia moral, que ha trabajado desde niño, con capacidad para gobernarnos, es el Licenciado Antonio Manríquez. Los demás son una bola de oportunistas, sin méritos ni merecimientos, y los que los siguen son de lo peor…- dijo alzando la voz para que lo escuchara Víctor Lizárraga. El Chorizo Lizárraga nomás sonrió, firmó la lista de asistencia y se encaminó a la puerta del edificio administrativo. –“Veremos de qué cuero salen más correas”– fue todo lo que Lizárraga respondió en voz media, pausada e inusual. Muchos años después, el equipo al que Lizárraga apostaba triunfó escandalosamente. Leonel llegó a la gubernatura y debido al trabajo en campaña de Lizárraga a favor de “la causa” el propio Leonel puso en sus manos la dirección de la Secretaría de Educación Pública.

A los pocos meses, estando el profesor Enrique Estrada Lucero a escasos tres meses de cumplir cincuenta años de servicio docente, con méritos más que suficientes para obtener la medalla al mérito docente, el pinchi vengativo Lizárraga lo destituyó de la dirección de la Benemérita Normal Superior, y lo suspendió del servicio activo, o algo así. A escasos días de cumplir su sueño de llegar al medio siglo al servicio de la educación, los sueños de un hombre justo y dedicado fueron cortados por una persona que al final de cuentas resultó ser un arribista equis; que anda como chapulín de partido en partido buscando quién le de cobijo a una desmedida ambición que se le abrió a partir de su encuentro con el contaminante Leonel. Bueno, ya está el semáforo en verde. Nos vemos luego.

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