Crimen en la Misión de Santo Tomás de Aquino

Sealtiel Enciso Pérez

1Nuestra tierra Californiana ha sido testigo de grandes hechos, algunos de los cuales han sido trágicos y poco conocidos en la actualidad. Las Misiones fueron campo fértil para que se dieran estas luchas de poder y los sentimientos a la vez de amor y espiritualidad, se mezclaban con otros de odio y rencor. Tal fue el caso de la Misión de Santo Tomás de Aquino en donde un sacerdote fue asesinado por sus propios conversos.

El sitio donde actualmente se asienta la Misión de Santo Tomás fue explorado por el sacerdote Jesuita Juan Crespi en 1760, y posteriormente por Luis de Sales en 1785. Finalmente, el dominico José Loriente tuvo el privilegio de fundar la Misión en el año de 1791. El establecimiento de esta Misión tenía el propósito de ser un sitio de refugio y respiro para los viajantes entre las Misiones de San Miguel Arcángel y San Vicente, las cuales distaban de unos 100 kms., de distancia. La Misión de Santo Tomás tuvo graves inconvenientes desde el inicio, el río Santo Tomás, que fue el motivo de que se asentaran en este sitio ya que ofrecía una fuente constante y abundante de agua, cada año se desbordaba y se producían grandes estancamientos lo que ocasionaba la reproducción desmedida de una gran cantidad de insectos. Motivo por el cual se tuvo que cambiar de ubicación a unos kilómetros a un sitio denominado por los lugareños como “Coapitl Coajocuc”.2

En sus inicios está misión contaba con la presencia permanente de un sacerdote y de un destacamento de soldados. Con el tiempo se inició la construcción del Templo así como unas chozas para los soldados y los indios conversos. Se construyeron canales de piedras para encausar el agua de 3 manantiales los cuales regaban un pequeño sembradío. “El año 1803, la población indígena asentada en la misión ascendía a 268 personas (78 hombres, 65 mujeres, 58 niños y 67 niñas). Las cifras de ganado eran más que esperanzadoras: 1.828 vacas, 180 caballos, 45 mulas, 2 burras, 2.400 ovejas y 5 cerdos. Y en cuanto a la producción agrícola, se cosechaban 686 fanegas entre trigo (120), maíz (500), frijol (60) y otras legumbres (6) 21. A principios del siglo XIX la misión de Santo Tomás era el tercer establecimiento evangelizador más poblado de la Antigua California, tras San José del Cabo (387 personas) y San Borja (344)”, lo anterior según datos del “Resumen general que manifiesta el estado en que se hallan los nuevos establecimientos de esta provincia.., hasta fin de diciembre de 1803”, en Archivo General de la Nación. Debido a que la mayor parte de los indígenas conversos que habitaban en esta región habían muerto por enfermedades, la Misión fue abandonada en el año de 1849.

3Fue en la mañana del 17 de mayo de 1803 que el soldado Francisco Alvarado encontró muerto al Misionero Edualdo Surroca “con las manos cruzadas, boca abajo y golpeado contra la pared” (datos del expediente completo, con el título “Sobre la muerte que dieron los indios de la misión de Santo Tomás a su ministro fray Edualdo Surroca”, se encuentra en el AGN, California). Dicho soldado escribió en su informe que la muerte había sido natural y producto de un suicidio. Al llegar el informe con el comandante de las Fronteras, Juan Manuel Ruiz, encontró entre las anotaciones que habían intentado “ahogarle” (extrangularlo) por lo que reabrió el caso y empezó con una serie de pesquisas e indagaciones las cuales culminaron con la detención de “Cuatro indios, Lázaro, Alejandro, Vicente y Alonso, así como la guardacasera de la misión, la india Bárbara Gandiaga, fueron detenidos, si bien más tarde se comprobó que sólo los dos primeros y esta última habían sido los autores de la muerte del misionero”.

4El proceso judicial fue largo debido a las carencias con las que se laboraba en aquella comandancia y no fue sino hasta mediados del mes de agosto del mismo año en que pudieron hacerse los análisis de pruebas y el dictamen. Todo esto fue enviado al Gobernador José Joaquín de Arrillaga el cual tenía su sede en Loreto. Al ser analizado se encontraron una serie de inconsistencias debido a la poca preparación de Ruiz en este tipo de actividades. El Gobernador designa al alférez José Fernández Pérez, para que se encargue de reponer el proceso. De inmediato procede a interrogar a los dos indígenas Lázaro Rosales y Alejandro de la Cruz, que para esas fechas ya se habían enviado a Loreto, y mientras tanto en San Vicente, el Comandante José Manuel Ruiz hacía una nueva declaración a Bárbara Gandiaga. Con todos los documentos y ya repuesto el caso se envía a la ciudad de México a un auditor de apellido Mosquera; sin embargo, al analizarlo encontró que “los reos, por la cualidad de indios y el Lázaro por tener sólo dieciocho años, gozan de los privilegios de menores, y por tanto, debían nombrar curador ad litan para que los defendiese en la causa y estuviese presente en sus declaraciones”.

6Los nuevos interrogatorios se llevaron a cabo en la península durante los primeros meses de 1805, sin embargo, no estuvieron exentos de dificultades “pues estos destinos no presentan sujetos que puedan ejercer las funciones de defensor, tanto por no haberlos como por la enorme distancia en que se hallan los presidios” como se le informó a la autoridad de la Ciudad de México. Durante estos interrogatorios salió a la luz la siguiente información:

“Los interrogatorios y careos demostraron que la inspiradora y coautora del crimen fue Bárbara Gandiaga. India natural de la misión de San Fernando Velicatá, de treinta y ocho años de edad, Bárbara era la maestra de castellano de Santo Tomás y -corría con las llaves y gobierno de la casa de sus reverendas- hasta pocos días antes de la muerte del padre Surroca. El dominico la había expulsado de sus aposentos, obligado a comer en el caldero común de los neófitos y compelido a tejer algodón en su casa. Esta degradación hizo nacer en Bárbara un profundo rencor hacia el padre, sentimiento que le condujo a planear su muerte. Para ello convenció a dos indios, Alejandro de la Cruz, de poco más de treinta y dos años de edad y doce de cristiano, de la misión de Santo Tomás, y Lázaro Rosales, de dieciocho años de edad y diez de cristiano en la misma misión. Este último, al ser preguntado sobre el motivo que le llevó a matar al padre, respondió -que él por si no tuvo motivo alguno, y que lo hizo porque Bárbara no solamente se lo mandó, sino que obligó diciéndole: vosotros no sois hombres, no sabéis nada. Yo sí sé mucho: este padre no sirve. Regala a las cantoras, mayordomos o vaqueros, y a mí, que corría con todo, me quitó las llaves, me mandó dar una peía de azotes y me echó de su casa a vivir en la ranchería y comer del cazo la comida común que todos comen. Es menester matarlo para que venga otro padre que me lleve a vivir como antes-.

7

Bárbara nunca aceptó su protagonismo en la muerte del padre, sino que se declaró siempre como cómplice de su marido -un tullido a quien tenía abandonado- y ajena a todo delito de sangre, pues en el momento que daban muerte al padre ella se encontraba fuera de su aposento. Tal vez esta mujer hubiera quedado eximida de toda responsabilidad si sólo esta información se tuviera de ella, pero durante el proceso surgieron informes de que Bárbara era sospechosa de la muerte del sacerdote Miguel López, la cual ocurrió a principios de 1803 y que se había determinado que fue por “muerte natural”, además “Bárbara había inducido a un indio gentil, llamado Matapá, a matar a otro que estaba preparándose para el bautismo”. Como podemos inferir esta mujer era además de muy inteligente de mala entraña.

Finalizadas las declaraciones y enviado el caso de nuevo a la ciudad de México, el Virrey Iturrigaray, siguiendo el dictamen del auditor José de Cristo, condenó a los tres culpados a la máxima pena el 31 de diciembre de 1805, porque: “solo la pena de muerte -señaló el auditor- es la única conmensurable a su sanguinario relato; es la que puede refrenar y servir de escarmiento al furor de sus compañeros; la sola capaz de satisfacer a la vendetta pública; la que pondrá a cubierto a los demás ministros del altar, sucesores del padre Surroca; la que desagraviará a la misma religión ofendida; y finalmente ésta es la que establecen justamente las leyes para semejantes delincuentes”.

Estos hechos nos dejan de manifiesto la interesante perspectiva que tenían ambas culturas, la indígena y la europea, sobre el sentido de la muerte. La primera asumía el asesinato de un semejante como un castigo ante la falta de respeto o humillación; para la segunda, la muerte de otro ser humano sólo se justificaba ante determinadas acciones y bajo ciertas reglas como el duelo, la guerra o por ejecución de una sentencia. El choque de estas dos culturas, en muy desiguales circunstancias nos hace entender por qué la desaparición de una y el predominio de otra.

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