Querido AMLO:

Por Juan Carlos Lage

querido amlo

Te lo digo así porque sé que eres querido por mucha gente y porque yo quisiera sentirme también así, pero, aún no sé, de veras… no sé aún si quererte. Conste que es fácil decidir quererte como persona, pero no tan fácil quererte como resultado de tu presidencia, a menos que nos conozcamos o entendamos mejor, cada vez mejor, y no vamos mal.

Soy orgullosamente mexicano; porque yo, además, decidí por mí mismo serlo así, es decir, ni simplemente serlo por el único hecho de haber nacido en México, ni como fórmula de otros intereses mezquinos para simularlo y poder hacer negocios pagando una cuota. Yo y algunos más nos volvimos mexicanos por razón de querer ser mexicanos y poder sentirnos más auténticos aún, que muchos de los otros grupos. Eso sí, no nos gusta que nos consideren mexicanos de segunda.

Este es el momento, sin embargo, para actuar como vivo, como mexicano entero, y llegar a tí, sin duda mi presidente, para comentar que, más allá de los pueblos originarios históricamente relucientes, popularmente referidos y frecuentemente enfrentados o mutuamente excluyentes, me acojo a lo que considero motivante modelo del sentido de ser que representa la cultura ¨purépecha¨, sí, aquella que los poderosos aztecas consideraban menos y llamaban tarascos (cuñados) sin darse cuenta de que su estructura social era tan diferente a la de la azteca. Los purépechas tenían, a la vista y obra, su hogar, su cocina, su establo, su taller y su parcela y la idea de que todo tenía un orden y nada podía tenerse si no correspondía a un servicio para todos los demás, al menos, hasta que llegó el Rey Colimán o tlatoani Colimotl de los tecos y terminó mandándoles a cantar una tonada común, precursora de tantas corrientes de pensamiento y obra acultural.

No alcanzamos un sentido del “hogar” si no estamos entendiendo que se espera de nosotros y de nuestras familias o grupos de dependencia y sin haber comprendido, por debida educación, las reglas del comportamiento y del carácter que tienen las libertades dentro de las obligaciones…

No alcanzamos un sentido de la “cocina” si no logramos que los alimentos y la salud y el esparcimiento puedan ser alcanzados en el marco del funcionamiento de nuestro entorno y más allá de lo que nosotros mismos podamos producir o intercambiar…

No alcanzamos un sentido del “establo” sin entender que los animales nos sirvan de una u otra forma, aceptando lo dicho en el Génesis de la Biblia, ya que no solamente están, sino que necesitan de nuestros cuidados, protección y respeto hasta que cumplan su fin.

No alcanzamos un sentido del “taller” si no entendemos que debemos producir y/o intercambiar también los utensilios y dispositivos y conocimientos para hacer mejor o más fácil lo que necesitamos producir para construir lo demás que necesitamos.

Y, por fin o por principio, no alcanzamos el concepto de la “parcela” o parte de un territorio de administración propia sin entender que nuestro ambiente natural está reducido a un planeta limitado en sus recursos que debemos proteger sean sustentables y sostenibles y en el hecho que la historia del propio ser humano ha producido diversas naciones que agrupan a seres bajo ciertas denominaciones que acusan, cada cual, un reclamo territorial particular.

Esa idea, la de los diversos pilares de atención para sentir nuestra casa, tan pobremente expuesta, pero que espero tú me entiendas, no se alcanza, o no se respeta, en lo que estoy viendo en el principio de tu ejercicio como nuestro presidente, un tlatoani brillante, rodeado de muchos “sacerdotes”, algunos fundidos y otros perdidos ya en busca de más poder personal.

No queremos que la transformación resulte una conquista. En realidad, los españoles no conquistaron México, sencillamente sabían de políticas nuevas y se unieron a los totonacas y los tlaxcaltecas, los que ganaron a los aztecas, aunque cediendo a un poder ficticio de los españoles… Por favor, corrígeme en todo aquello que no sea veraz, porque yo no soy un sabelotodo, pero no podemos olvidarnos de repetir que nuestros pueblos originarios son muy distintos entre sí. Los indígenas (el 11% de la actual población, según el INEGI, de los que tan solo la mitad viven bajo normas autóctonas) lo son, pero también lo serían los de origen africano y asiático, y, por supuesto, los europeos que incluyen a partir de cierto tiempo hasta a los gitanos. No nos olvidemos de que, en tiempos de la colonia ya se “tipificaban” un casi medio centenar de las llamadas castas. El México actual también es mucho más complejo que “estos y aquellos” o “los buenos y los malos” y, si incluimos las actitudes y diferencias por decirles del ingreso económico… pues muchos más. Este dramático mosaico cultural nos hace grandes y difíciles y, por tanto, no me gusta, pensar en base a una imposible disección cultural. Mexicanos somos todos los que lo somos y, aunque reconozcamos territorios más identificables en ciertos usos y costumbres, también sabemos que sus intereses no son comunes entre sí… o ¿no sabe Usted, que sí sabe, que los del EZLN no disfrutan con lo que piden los mayas?… el recibir respeto por lo suyo es lo que todos los grupos desean y, a veces lo llegan a pedir de forma “especial”.

Lo que no está bien es que ni regresemos a la cultura de las castas ni aceptemos que el desarrollo del país nos siga llevando a una dispersión casi criminal de nuestro nivel de arribo a los bienes económicos que nos den alcance oportuno, justo y real para la satisfacción de las necesidades en alimentación, salud, vivienda, vestido, esparcimiento y acceso a la educación civil y la formación profesional para el trabajo y, en general, aquello que se considera como derechos (¡y deberes!) humanos. En eso estamos muy de acuerdo con la necesidad de la “cuarta transformación”, para lo que necesitamos lograr implantar un gobierno eficiente, eficaz, justo y honrado. Vamos por ello.

Pero, con ello y además, no estaría mal que, aún a costa de comportarnos un tanto simplistas, nos regresamos a nuestro ser y saber de maestros y, recurriendo a los principios y conceptos, redefiniéramos algunos términos que andan por ahí medio atravesados para muchos ciudadanos… por ejemplo, y aceptando que pueda haber definiciones más completas…

Política es el arte de contribuir a hacer real lo que es deseable y posible… por eso poniéndome cínico, no hay que tentar con la disposición de bienes ni dinero que algunos piensan que son deseables y posibles… para ellos mismos.

Educación es la formación del pueblo en los términos de valores sociales positivos, actitudes creativas y sentimientos y respeto a lo nacional, es decir a la Constitución, al Derecho (incluido el derivado de la intervención de las Naciones Unidas), la diversidad cultural y los símbolos patrios. No debiéramos confundirlo con la Instrucción que es la capacitación, debidamente sujeta a posible certificación, para el trabajo que crea bienes a todos los niveles, incluido los del desarrollo productivo, científico, tecnológico, artístico y cultural.

Democracia es la consideración como norma y compromiso de criterio base y general de la opinión de una muestra suficiente de la población afectada que resulte, de por sí, mayoritaria en límites significativos de dicha población, contundente según criterios justos en tanto a la claridad del tema y las características pedidas a los votantes y sobre opciones distintivamente identificables. La verdad, para esta interpretación, es que las “consultas” públicas que se hicieron hasta el momento, desde el período de transición del poder hasta fin de año de 2018, no han sido democráticas, aunque han sido muy políticas.

Si te parece le seguimos, y hablamos después de muchos más temas… o ¿lo dejamos aquí?

Quedo de tí, con todo respeto y rogando a Dios que tú dirijas exitosamente lo que, para México, de buena ley, es de desear.

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