Un regalo para el alma… nuestros Comondús

*Mágicos parajes

Yolanda Tafoya Ruiz

Eran las 5:30 de la mañana, atrás quedaba el nerviosismo, la incertidumbre, la premura por el corto tiempo del que se había dispuesto para organizar el octavo Festival del Vino Misional de Los Comondú. Una emisión harto complicada por diversas situaciones, pero que finalmente se pudo realizar gracias al apoyo incondicional de grandes amigos.

La noche bohemia, el certamen gastronómico, la catación del vino, el festival artístico, todo era ya parte de la historia. Con la satisfacción de la tarea cumplida, un pedazo de sueño cristalizado y el cansancio a cuestas de días, semanas de desvelos, quedaba el último bosquejo, domingo de caminatas, recorrido por las huertas, la Misión… tiempo de convivencia en familia.

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El cierre, como cada año, sería una sorpresa, la visita a alguno de los bellos parajes que encierra ese hermoso rincón de Sudcalifornia.

Cuando el sol aún no aparecía por entre la serranía y el aire penetraba inclemente por las delgadas casas de campaña, taladrando hasta los huesos, una insistente voz nos sacaba de nuestro letargo… hey, ya es hora, vámonos. Dos horas de sueño y el cansancio acumulado gritaban no por favor, el deseo del reencuentro con los maravillosos vestigios de los californios, plasmados en la roca, borraron todo rastro de fatiga.

Transporte y guía estaban más que listos para llevarnos a lo que sería la gran aventura de cierre de ese viaje. El agreste camino contrastaba con la belleza del paisaje… los primeros rayos de sol aparecieron por entre la sierra de Guadalupe, dejando al descubierto, por un lado el hermoso palmar que emergía el oasis de San José de Comondú y por el otro, enormes salates adheridos a los cerros, desafiando toda lógica, enormes, altivos, llenos de verdor en el desierto, con sus entramadas raíces despertaban nuestro asombro.

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Kilómetros adelante, una planicie llena de fantasmagóricos árboles, como salidos de un guión de Tim Burton, se negaban a caer. Y por si estos parajes fueran poco, ahí, frente a nuestros ojos, metros adelante, un enorme peñón rodeado de agua, nos enmudeció. ¿Cómo ese pedazo de sudcalifornia podía guardar tantos y tan majestuosos parajes? Eran todos ellos, un regalo para el alma.

Hubimos de pasar y escalar empinados cerros ya a pie, antes de llegar a nuestro destino final… la cueva de San… un pequeño hundimiento en lo alto del cerro, que ocultaba en rojo granate, la visión de un pasado vivo, patrimonio cultural de la humanidad. Peces, venados, aves, caracoles. La energía que de ese lugar emanaba, era indescriptible, más de 7500 años frente a nuestros ojos. Cansancio, desvelos, incertidumbre, todo, todo lo había valido por ese instante, esa energía que nos abrazaba, esas imágenes que se quedarán por siempre en nuestro recuerdo.

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Gracias, gracias, gracias, por todos y cada uno de los momentos vividos, gracias Ramiro, Edith, Ramirín, Josué, entrañables amigos y anfitriones, gracias San Miguel y San José de Comondú, Idhana, Tito, Doña Moncha, Don Berna y toda su familia, Don Olegario, doña Eva, Ernesto, Negrita, Miroslava, Martina, Calafia, amigos de San Isidro, nuestro gran amigo Pepe… gracias por siempre.

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