En el VIII Festival del Vino Misional

Francisco Javier Lino Briones

La parte uno

Son ocho Festivales los que llevamos de asistencia (asistir y ayudar), pero cada uno se manifiesta como un cúmulo de experiencias que hace que se enriquezca nuestro espíritu y nos da ánimos de hacer planes desde ahorita para regresar a Los Comondú, arriba en la sierra, a la tierra carrizosa, en el 2019.

Un año muy difícil para todas las actividades culturales, artísticas o deportivas en nuestro estado y especialmente para la realización de este evento, programado en el pueblo de San José pues los presupuestos se ven recortados por la agitación de los cambios en la política, pero a pesar de ello y no con poco esfuerzo, el fundador del evento, Bertoldo Velasco, estirando recursos logró cristalizarlo.

Por ello salimos en este año, de Cabo San Lucas, B.C.S. solamente Jesús Ceseña, Javier Tamayo, Emily Núñez, Leandro Chayanne y quien escribe la presente, desde el viernes 16, de madrugada a presentarnos al lugar convocado para salir en caravana, la casa del mismo Bertoldo, donde ya nos recibía un aromático y exquisito café.

La madrugada del sábado 17 de noviembre, ya en San José, como siempre, la efervescencia: Ramiro a las prisas, Yolanda corriendo, el equipo Integra poniendo lonas, las señoras de la cocina prendiendo lumbre, Pio reflexionando sobre faltantes y Bertoldo afinando detalles como ¿las etiquetas y los diplomas ya Lino?

Y más tarde, como la función de nuestro equipo de trabajo, independientemente del apoyo logístico en general, es específicamente recibir los vinos que participan en la cata y que son valorados por los especialistas en la materia, los sommelieres, continuamos los trabajos haciendo labores de limpieza en el espacio correspondiente a la Subdelegación y a la diez se abrió la puerta para recibir al primer participante (este se presentó a las 10:25 a.m.), don Jesús Espinoza, de San José de Comondú y cerró sus actividades a las 12:00 de mediodía, pero el profesor Leoncio Higuera fue el último en inscribir su botella a las 11:29 horas. En esta ocasión, en total participaron diez botellas del bien denominado vino misional, de las comunidades de San José, San Miguel y San Isidro.

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A las 12:30 inició la cata del vino en la experiencia de los especialistas: Pío Valadez, Lidia Acosta, Carlos O´Bryan e Iván Guevara reconociendo la calidad de los participantes de la siguiente forma ordenados del cuarto al primer lugar: Jesús Espinoza; Nélida Romero; Ernesto Murillo y Martha Meza.

¿Qué emoción embarga a los ganadores? El rostro la expresa y ¡cómo no! si aparte del reconocimiento por escrito, se entregaron los premios en efectivo: quince mil, diez mil, cinco mil a los participantes del vino y tres mil a la ganadora en la muestra gastronómica.

Parte dos.

Es domingo y hay un pequeño grupo que a pesar del cansancio está presto desde las cinco de la mañana a salir aún más arriba del pueblo donde estábamos, a un lugar muy poco visitado por lo menos en estos nuestros días. Guiados por Ramiro subimos en la camioneta cuatro por cuatro Yolanda, Tamayo, Emily, Chayanne y yo. Nos Aprestamos a salir para conocer las pinturas rupestres que según contaba Ramiro, pocos conocían y que estaban en mejor estado que las que ya habíamos visto, las que están a cinco minutos de la Misión de San José.

Nunca imaginamos el tesoro que nos encontramos ese día. Si el oasis de Los Comondú es especialmente hermoso y nos ha atraído como imán año con año, imagínense el sentimiento que nos embargó, pues inmediatamente al subir la cuesta, luego del rancho “La Viña”, se ve majestuosa allá en el horizonte la impresionante sierra de “La Giganta”, que alberga en su seno la espiritual Misión de San Javier.

 

Durante todo el camino belleza natural. Primero, cuando con la luz de amanecer se dibujó en el horizonte las formas caprichosas de La Giganta; luego un llano enorme, el de San Julio, (según nos contó nuestro guía, hay cuatro llanos por esos rumbos) vestido de pastizales, en el que fotografiamos naturaleza muerta y que también adornaban manadas de caballos en estado salvaje, como los admiramos en tantas y tantas películas del salvaje oeste; más adelante, el pedregoso cantil, erguido de forma majestuosa adornado con un pequeño cuerpo de agua y un corral de piedra.

18 Yolanda Tafoya Ruiz

Del cantil iniciamos una demandante caminata, pues como no pudimos pasar por el llano, subimos por el pedregoso cerro que no fue nada fácil; sin embargo, no fue nada comparado con la otra bajada y respectiva subida que íbamos a andar más adelante, ya que para llegar a nuestro destino había qué dejar ese cerro y escalar otro, el que nos ofrecía a la vista la cueva que nuestros antepasados no sé por qué razón escogieron para dejar la huella de su paso por este mundo, las pinturas.

“Yolanda ¿estás bien?” Fue la pregunta obligada en lo que nos restaba del camino, pero creo que ella estaba más energetizada que muchos de nosotros pues paso a pasito avanzaba en el escabroso camino, a diferencia de otro que desparramó su humanidad sobre una piedra y del que no digo el nombre porque Ramiro se enoja.

Cansados, casi con nuestro último aliento, por fin la caprichosa cueva y su testimonio. Con la característica forma irregular brindó a nuestra presencia las pinturas que por años se han mantenido a propósito de la inmortalidad de los pobladores de la península. Y efectivamente, como nos había dicho Ramiro Salgado, éstas estaban en mejores condiciones que las que están a un lado de la población. ¿Una garza? ¿Una tortuga de cuello largo? ¿Y esa “x”? Un zopilote… ¿Una cruz equilibrada? ¿Parte de una rueda?

Acostumbrados a nuestra propia interpretación pudimos especular sobre las formas. Algo que parecía un toro, una especie de horqueta, más tortugas… lo que sí, es que se dieron las condiciones para hurgar con las mismas preguntas que años atrás nos hicimos en las primera pinturas que visité: ¿Cómo eran las personas que las hicieron? ¿Cuál era su visión? ¿Su pretensión? ¿Ese lugar era una morada o era algo así como una especie de templo? ¿Cómo se subían? ¿Por qué no se pudieron mantener en este lugar? La duda filosófica emergió pero se quedó en ese lugar.

Pero volteamos atrás y nos volvió a la realidad la enorme subida de piedra monumentales. En San José nos esperaba un delicioso cabrito y había qué salir temprano de regreso a la bulliciosa ciudad. Voluntad y buena condición física serían necesarios para poder llegar a donde habíamos dejado el vehículo todo-terreno. Comparto con ustedes que fue un regreso muy cansado, pero a las cosas que valen la pena no se accede fácil.

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Mis nietos tienen qué conocer esto– sentenció Yolanda al aire más claro y puro que pudiera existir en este mundo. Yo digo lo mismo.

Frases escuchadas en estos tres días:

-¿Cómo dormiste?

-No pude juntar los ojos.

-¿Por qué?

-La nariz no me lo permite.

 

 -´Ora güey.

-¿Mi rey? Gracias.

 

Este compa es como el jarrito de

Tonalá, frágil y delicado.

 

-Oigan. Ando buscando un machete.

-Señora, lo que traemos es un puñal…

aquí tiene a su marido.

 

Son las ocho de la mañana y en San José todavía

no sale el sol. Aquí el sol es más huevón.

 

-Oye. Tienes la barba de chivito de la isla.

 

-Bueno, le dijo la mula al freno. ¡Yo ya llegué! -dijo Ramiro.

-¿Eso es todo? Le dijo al burro el toro

-alguien le contestó cuando llegamos a la cueva.

 

 

 

 

 

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