La diferencia

Por Francisco Javier Lino Briones

 En un día como cualquier otro de práctica en el espacio áulico fuera de las paredes de nuestro salón asignado en el Centro de Estudios Tecnológicos del Mar No, 31; es decir en la playa “La Empacadora” o “Coral Negro”, como también se le conoce, sucedió algo que deja pie a la reflexión y que en este escrito pongo a la consideración de todos nuestros lectores, para que quien se quiera dar tiempo saque sus propias conclusiones.

antes de clase en el mar, todos a limpiar la playa 1

Luego del pase obligado de lista de alumnos y de recoger los permisos firmados por sus padres, nos propusimos a realizar la valla de limpieza, costumbre que ha acreditado a nuestro plantel como institución educativa que realiza de común actividades a favor de nuestro destino turístico, no sin antes escuchar la intervención Marcial y Amadeo, trabajadores de ZOFEMAT quienes dieron conocer al grupo los requisitos para que una playa sea catalogada con bandera azul (blue flag) e hicieron hincapié en los deshechos o basura que pocos consideramos, como son las colillas de cigarro, pedazos de plástico, todo material pequeño, pero especialmente un contaminante que es invisible a la mayoría de los que vamos a disfrutar del mar, pues está flotando en su superficie o regada por toda la arena: las minúsculas bolitas de lo que conocemos como hielo seco, que no son más que porciones de tanto y tanto desechable (vasos, platos y contenedores en su mayoría).

Ya en nuestras actividades en el mar los alumnos que traían su equipo lo prepararon, calentamos y en un pequeño momento, previo a la actividad de snorquel sucedió. ¿de dónde vino ese invisible? No sé, pero para cuando acordé estaba a un lado del grupo. Era un joven de aproximadamente veinte años, vestido en andrajos y descalzo, descuidado, vamos. Tenía las características de las personas que pierden la conciencia por una sobredosis de droga, que se quedan en el viaje, como comúnmente se dice.

Es necesario también comentar que para evitar que las personas caminaran por ese lugar hacia el Arco de Piedra, que en estas fechas tiene arena y “se puede” caminar bajo de él, cerca de nosotros estaba un par de jóvenes policías, así que bajo la vista de los tres (los policías y el indigente) y dispuestos a iniciar nuestra práctica se acercaron Verónica y Jahir solicitándome que corriera al joven, quien sin razón aparente sonreía mirando a cada uno y a todos al mismo tiempo.

RA III _A_ disfrutando y aprendiendo

Deysi. Agarra el flotante y ayúdame a delimitar la zona donde vamos a hacer snorquel, para que no se vayan a lo profundo, -le dije a la alumna de este grupo que colabora de paramédico en el Cuerpo de Bomberos y luego de ello me dirigí a todo el colectivo nuevamente, recordándoles que ese joven, aún y en sus condiciones tenía derecho a estar en ese lugar si no hacía daño a nadie, y que además estaban dos guardianes del orden para intervenir en caso de que hiciera falta. Y apenas les iba a contar de una persona que años atrás tuvimos que correr por exhibicionista cuando comenzaron a gritar todos: ¡Viejo cochino! ¡Óra bichi! ¡Córranlo!

Así fue, a mis espaldas, ese joven que se miraba hasta inocente, simplemente se desnudó, esto antes de que los policías llegaran a él, de tal forma que no lo pudieron detener pues se metió unos cuantos pasos en el agua, cuchareando sus manos para mojarse el cuerpo. Ante eso, me acerqué a él para solicitarle que saliera y se vistiera pues ya en el mar estaban Deysi (así se escribe su nombre) y Valeria. Tuve qué detener a Yahir y otros alumnos, creo que eran Iñaki y a la misma Deysi que querían taclearlo, pero no los dejé y así en paz y sin violencia, él simplemente salió del mar, se vistió y se dejó llevar por los policías quienes lo entregaron a un vehículo de seguridad pública. Turistas y gente de nuestra localidad que ese día disfrutaban en la playa “Coral Negro” fueron testigos de este singular hecho.

Para cuando terminamos nuestras actividades le pedí a los practicantes que fueran a la sombra a guardar su equipo, mientras yo regresé al otro extremo a despedirme de los jóvenes de seguridad quienes confirmaron que efectivamente no podían correr al nudista pues no tenía antecedentes de ese tipo de conductas; es más, que era la primer vez que lo veían por ese lugar. Así que agradecí su intervención y caminé.

Con el sonido del mar en mis oídos, cavilaba sobre el derecho del joven de disfrutar del mar, aún en sus condiciones y me preguntaba si habría alguna ley que lo permitiera, pues no hacía daño a nadie. Así pensaba, cuando me percaté que a un lado de donde yo caminaba estaba tendida sobre una toalla una joven extranjera que se asoleaba, turista sin duda, vestida solo con dos prendas: un sombrero de palma con el que se cubría el rostro y un bikini un poco más ancho que un hilo de telaraña, que dejaba que se le salieran los vellos como un nido de chelos.

Volteé a ver a los policías. Ellos allá a la distancia solo la miraban ensalivando; volteé a ver a todos los que estaban ese día ahí, los hombres hacían lo mismo que los policías, y las mujeres simplemente la veían con desdén. Volteé nuevamente a ver a la mujer que se tostaba la piel dándose vuelta como pollito en asador y levanté mis hombros antes de seguir caminando.

Volví a cavilar ¿Cómo se llamará el escrito? ¿Derechos Humanos de los invisibles? ¿el exhibicionismo en las playas de Los Cabos? ¿Turismo y Anatomía del cuerpo humano? Regresando ya con el grupo y tomando lista de nuevo les conté lo de la extranjera que estaba bronceándose de cuerpo completo, esperando que alguno de ellos reclamara tal y como se hizo con el joven que se llevaron detenido, pero el único comentario se oyó de una voz que intervino como no queriendo intervenir: –Para eso es la playa, profe.

Hoy cavilo ¿cómo es que nuestra sociedad construyó esa diferencia? Y no me refiero al color de la piel o a lo que marca de diferente de hombre y mujer que vimos ese día. ¿alguno de nosotros podrá argumentar una diferencia?

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