CENTRO MOSUO

Por Mónica Camacho López

 El silencio

Muchas veces hemos escuchado la frase: “El poder de las palabras”. Afirmación que implica la indudable ventaja que implica saber expresarse para lograr nuestras metas, pero que también previene de aquellos mensajes con los que lastimamos, nos hieren o con los que nos etiquetamos y los que muchas veces nos impiden remontar estadios padeciéndolos por años.Centro Mosuo, color.jpg

Así como la música se estructura por sonidos intercalados con silencios en un ritmo determinado; el lenguaje requiere de pausas y ritmo para lograr una comunicación más efectiva.

En una época en que las comunicaciones se han diversificado e intensificado, hagamos una pausa (silencio) para reflexionar sobre el poder del silencio.

De los depredadores, los más peligrosos son los más silenciosos; los grandes felinos tienen una especie de cojinetes en sus patas que los hacen sumamente silenciosos. Los búhos tienen el aletear más silencioso de las aves, permitiéndoles cazar animales que son de rápidos reflejos.

No hay nada más alarmante que el repentino silencio: del motor del auto, de un equipo de sonido, de nuestro celular, del radio, de la tele, etcétera. Inmediatamente deducimos que algo no está funcionando bien en cualquiera de los anteriores ejemplos.

Igual sucede con las relaciones humanas: ¿Por qué está tan callada profe? ¿Te sucede algo hijo? ¿Estás triste? Hasta en las redes sociales cuando dejamos de inter actuar (hacemos silencio) nuestros contactos se extrañan y preguntan si estamos bien  o si los hemos bloqueado.

El silencio es síntoma, contención, estrategia o mensaje de alarma.

Sin duda hay personalidades mucho más inhibidas, calladas por falta de temática o por inseguridad. Pero también hay aquellos quienes en su silencio valoran todo aquello que están escuchando en su entorno (pues hay personas que se abstraen hasta en el silbido del aire).

La meta última de las filosofías orientales es justamente lograr el silencio interior para lograr el despertar. Detener la lluvia de pensamientos que cruzan por nuestra mente es asunto bastante difícil en esta época en la que la rapidez, la urgencia, son las directrices en nuestra vida. Nos llenamos la cabeza con miríadas de pendientes por resolver y al final del día resolvemos apenas un puñado de las mismas.

El exceso de ruido, de mensajes, de sonidos, de interacciones causan estrés, nos distraen y no hay nada más peligroso que andar distraído por la vida.

Una distracción y puedes chocar, comprar equivocado, aceptar malos negocios, decir cosas sin una verdadera intención, perder las llaves, olvidar citas importantes, etcétera.

Pero así como el deportista administra su esfuerzo con descanso para optimizar su rendimiento físico; un rato de silencio diario, un rato para tranquilizar el remolino de nuestros pendientes, positivos o negativos, permitirá recobrar paz interna. Sin embargo silencio mental no es dormir; porque muchas veces inquietos por nuestros compromisos nos despertamos al día siguiente igual o peor de estresados, contracturados por un mal dormir y nuestra mente continúa empantanada en la ansiedad, sin haber descansado.

Un rato de silencio, de tranquilidad, de apapacho, para decirnos que todo está bien y que estará mejor.

Utilicemos el silencio para oxigenar nuestra mente, nuestro corazón, nuestra relación, nuestro trabajo. Un silencio alegre, sin temor ni amargura o resentimiento, un alegre descanso al intenso maratón del diario convivir.

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