Subirse al tren sin pasajeros

Por Francisco Javier Lino Briones

“Nadie es de un lugar hasta que entierra un muerto”, dice un dicho popular, pero entre los ferrocarrileros, por lo menos en los que vivían en los campamentos o cuadrillas, no pasaba así. Debido a la naturaleza de nuestro trabajo, éramos de todo México y de ninguna parte en especial. Casi nadie fue enterrado en su lugar de nacimiento. Nuestros muertos se quedaban aquí o allá, donde había una vía de ferrocarril, ahí estaba el trabajador del riel.” J. Mónico Lino Briones, escritor.

Lo que vivimos impresionó verdaderamente nuestro espíritu, lo impactó, si es que pudiera utilizarse ese calificativo, pues en cuanto terminó la intervención de orador, luego del final de la misa oficiada en esa pequeña capilla construida en los terrenos de la Kansas City Southern de México, precisamente a un lado de las vías de donde era la antigua estación del ferrocarril de la otrora empresa de los Ferrocarriles Nacionales de México, las poderosas máquinas de ferrocarril al unísono dieron la despedida a uno de los últimos trabajadores jubilados del “ferro”, como lo mencionaban cariñosamente los trabajadores y sus familias. Los silbatos de la máquina más cercana se dejó oír y en ese momento las otras moles de acero entraron en la misma dinámica que conmovió cada una de las células de los presentes y las convirtió en lágrimas, mismas que fluyeron aún en el camino al camposanto, pues al paso obligatorio por el Museo del Ferrocarril, los ancianos compañeros del que era despedido tañían las campanas, tanto de la “Negra”, la máquina que en sus días de utilidad era impulsada por carbón, como la que está colgada precisamente en la entrada a lo que eran los andenes de la estación. En ese momento, las máquinas y las campanas se dejaban oír, mientras pasábamos por esa guardia que montaron en la calle frente a la alameda y a la misma estación, los trabajadores del Museo, conocidos, familiares y todo aquel que se enteró de la partida de ese hombre que consagró sus últimos días a realizar una ilustrativa obra que dio a conocer la vida de los trabajadores del riel.

01 se subioě al tren 02

Aunque de manera informal comenzó a trabajar en diciembre de 1963 en Ferrocarriles Nacionales. Poco a poco y con estudios fue escalonando puestos hasta su jubilación, misma que le extendieron el 30 de septiembre de 1992, momento en que no pudo recordar, de tantos, los lugares que había conocido de nuestro país por la naturaleza de su trabajo, pues recorrió varias partes de las Divisiones: San Luis, Guadalajara, Monterrey, Monclova, Cárdenas, Torreón, México, Querétaro, Centro y Jalapa.

Después de jubilado estuvo trabajando en un gimnasio; de ahí fue a trabajar a Los Ángeles, Cal. y cuando regresó, estuvo un tiempo en Ciudad Frontera, trabajando en la empresa de don Jesús Saucedo. De Monclovita La Bella, se sumó a las filas de la empresa su hermano José Guadalupe en Monterrey, época productiva y donde tuvo oportunidad de acercarse al Museo del Ferrocarril de Monterrey, ahí el licenciado Francisco Javier Alvarado Segovia, encargado de ese recinto hizo que despertara en él el propósito de escribir su pequeña biografía; de la misma forma lo invitó a conseguir herramientas de vía y hacer un escrito de lo que hacía con cada una, por ello recurrió con amigos, ex compañeros, para conseguir fotografías antiguas de máquinas antiguas y modernas y así como de gente en los Carros Campamento. Gente trabajando, lugares, estaciones. Hizo comparativa de la extinta empresa con la actual poseedora de la empresa ferrocarrilera. Recopiló material escrito y aprendió a fuerza de identificarlas y escucharlas, las canciones que emergieron de las fuerzas básicas de este gremio. Así inició sin saberlo y sin querer, la noble labor del investigador de campo, por lo que al fin de sus días se expresaba como un verdadero experto en los temas que atañen a la vida de los ferrocarrileros.

Hermano, es necesario que le hagas justicia a la historia y escribas un libro sobre la vida de los trabajadores del riel. Le dije en una de tantas pláticas que tuvimos en esas sillas mecedoras que tenía en el patio de enfrente de su casa.

¿Yo? Pero si apenas sé escribir. ¿Cómo crees que pudiera hacer un libro? Me respondió confirmando la negativa con un movimiento de cabeza.

02 con su padre don Julio 01Uno de sus argumentos era que no tenía la escolaridad que se necesitaba para eso, pero me ofrecí a trabajar en equipo con él. Por ello, en agosto de 2005, logramos publicar el libro “Sobre la vía, cuentos y anécdotas del ferrocarril” que contiene en cuarenta y dos aportaciones la vida ordinaria de los trabajadores del riel, los llamados peones de vía y que dibuja perfectamente la cotidianidad de nuestra familia y la vida de él como trabajador en ese ambiente singular que solamente conocen los que vivieron en los carros-campamento.

03 tercera base excelente deportista

Por la experiencia adquirida luego de este proceso, J. Mónico se animó a escribir una obra ya sin la ayuda de “vejigas para nadar” e inició el proyecto de un segundo libro, mismo que está en revisión y que se quedó a medio camino, pues se subió al tren sin pasajeros.

04 la campana de __La Negra__ tambieěn lo despidioě

Por ello se le rindió tan espléndido homenaje en su partida, a un costado de las vías de acero. En su casa queda la obra de esa labor investigativa: la música que contiene temas del ferrocarril; revistas de Ferronales; algunas herramientas del uso común en las vías; un inmenso archivo fotográfico de los lugares que visitó y que recopiló de entre sus amistades; el material primigenio para elaborar el segundo libro; otra recopilación muy importante de los dramáticos accidentes del ferrocarril, en los que murió tanta y tanta gente; sus relojes reglamentarios; la ropa de mezclilla… y su personalidad, pues todo los recordamos como un hombre íntegro, recto y cuerdo. En la última guardia que le hicimos, todos coincidimos en esa descripción de su forma de ser con el mundo.

Tenemos la tarea de sacar a la luz su obra, lo que no va a ser sencillo, pero se tiene voluntad. Por cierto, algunos de sus escritos se han publicado en esta Revista Análisis. Por último, a él le queda perfectamente, como un saco a la medida las palabras del poeta:

“Ínclitas razas ubérrimas,

sangre fecunda ¡salve!

Hoy en día, un anciano que se muere

Es una biblioteca que se quema”.

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