De Alzheimer, chores pochis y terapia antiestrés

Por Emilio Arce Castro

A una de las cosas que le tengo algo de respeto es al alzheimer (ahorita les voy a contar por qué). Bueno, más bien le tengo pavor a la pérdida de la memoria en sí. Neta. Eso de andarte olvidando de todo o de algunas cosas e inventar otras, como que no es para mí. Nunca lo haría. Así es que en chinga me puse a buscar alguna información que me orientara para poder retrasar ese proceso cada vez más normal entre los nuevos rucos, y pos vóyme encontrando con que ta´ cabrón saber tanto. Para empezar y terminar me encontré con una lista más larga que cincuenta pesos de liguitas estiradas, de puras chingaderitas que no debo tomar, entre ellas los antibióticos, las píldoras para dormir (no le hago, carnal): Ambim, Lunesta, Sonata; analgésicos: Morfina, Codeína, Heroína, Cocaína (paso, deberás); Insulina (presta pa´cá. Soy diabético pero no se me nota porque no soy churro ni buñuelo más que madre); Quimioterapia; Epilepsia: Dilantín, Fenobarbital, Fenitoína; Barbitúricos: Nembutal, Seconal, Amytal; Antipsicóticos: Mellaril, Haldol; Enfermedades de Parkinson: Antropina, Glicopirrato, Escoplamina; Benzodiazepinas: Xanax, Valium, Dalmane, Ativan; Quinina; Bloqueadores beta; medicamentos para la presión arterial alta; Interferones; Naproxen; Antidepresivos triciclos; Metidopa; Litio; Antihistamínicos; Esteroides, Eséptera eséptera, dijo Sósimo.

Imagen Asterio 1

Todas esas y algunas otras más, son propicias para que se te olviden las cosas, y no, pos no sé ni que era lo que les iba a platicar. Chingadamadre, se me olvidó, pero me acordé del Tilo, de allá de los Llanos de Kakiwi. Resulta que el Tilo, tan vergonzoso que es, pero cuando le empezó a pegar una de esas enfermedades tipo alzheimer, como que empezó a perder la memoria y la prudencia. Tan cohibido que era y de un de repente empezó a hacer cosas que antes no haría ni pisteado. Como una vez (ya me acordé) que se puso a manufacturar unos chores pochis, siendo que en su vida ni de niño los había usado, y eso que se había criado casi en la playa entre Los Dolores y Tembabichi.

Resulta que el Tilo agarró unas tijeras y recortó un pantalón de mezclilla y se lo puso. Le valió madre. De milagro no se lo puso con la bragueta pa´ tras. Bueno pues se puso el chor y salió muy campante de su cuarto rumbo al corredor donde estaban las señoras dizque “haciendo el quehacer”, muy afanadas según ellas, pero pinchis viejas canijas, el desmadre de picaderas y fritangas que traían en el corredor y la cocina era solo pretexto para estar chismoleando y estar viendo de quién se reían y a quien chingaban, ¡Qué me van a decir a mí! En eso que sale el Tilo y vánlo viendo llegar, con una manga del chor más larga que la otra. Como que le falló el corte al Cristian Dior choyero porque una manga le quedó como a media rodilla y la otra a la altura de la ingle. Puchi, mano, la pinchi Ramona, la que casi no le gusta tomar agua le dicen, fue la que lo vio primero y de inmediato inundó los portilludos lencetes (vulgo calzones) donde se orinó de la risa nada más al verlo.

Imagen Asterio 2La Petra no hizo malos chopos y también con la mojadera; nomás se tapó la boca para que no le vieran la molachera y soltó una sonora carcajada y un chisguete que contagió a ´ña Fulgencia, que no lo había divisado todavía por estar cociendo unas aplaudidas tortillas de harina en el comal grande, pero en cuanto lo vio, dejó que la pinchi torilla se inflara y saliera flotando como ovni quien sabe hasta dónde y empezó la bullanga de las carcajadas, a cuál más de ellas. Bueno, al rato como pudieron se aguantaron las risas mientras Petra, secándose la lágrimas, le servía café al recién llegado, pero no pudo completar la tarea porque en cuanto coincidieron a mirarse a los ojos las tres, volvieron a soltar la risa, y ahora sí que no hubo algo que las pudiera hacer callar.

Al mucho rato, ya más calmaditas, esperaron a que Tilo saboreara el café. El silencio que prosiguió solo era roto de vez en cuando por los fuertes sorbos que Tilo le daba a la tasa del vital brebaje. Pareciera ser competencia, que algunos de los viejos rancheros, le peguen al café unos ruidosos sorbos como para despertar al vecindario, y pa´ acabarla de chingar, en cuanto se terminan el café, ponen la tasa volteada bocabajo sobre la mesa, “para que no se mosquee”, pero dejando una gruesa capa de cochambre en la misma. Algunas veces acompañan los mencionados sorbos al café con una buena aspirada al cigarrillo, con fruición, como lo hacía el Fernando Del Valle, “El Matabachas”. Pues así estaba don Tilo, tomándose su café, sentado muy de pierna cruzada en una vieja silla de esas de madera de asiento de tablitas, como de rejillas, que se usaban hace mucho en los ranchos. Ahora no. Ahora solo usan de esas sillas de plástico de la Tecate, si bien les va.

Pichirilo, el gato de Tilo, ronroneaba plácidamente bajo la silla, aruñándole las canillas a Tilo presionándolo para que jugara con él. El Tilo ni lo pelaba, porque estaba con la mirada extraviada viendo no se sabe qué, muy de canillas cruzadas él, pero no se daba cuenta de que por entre la manga más pochi del chor le salía colgando un güevo arrugadito, dijo Ramona, laaaarga la pinchi bolsita, producto de una hernia mal curada de hacía muchos años. No pues la pinchi Ramona, en cuanto lo cameló ahora sí que soltó la carcajada. Y todavía más cuando se dio cuenta que el güevo colgante, quién sabe cómo, pero se había metido por entre las rendijitas del asiento de la silla. No pos llorando de risa les hizo la señal a las otras dos doñas para que se asomaran a ver y dio la coincidencia de que al mismo tiempo que voltearon el pinchi gatito le tiró un zarpazo al güevo aquel, haciéndole un leve y doloroso surco que sorprendió al propietario quien al tratar de huir corrió con todo y silla, ya que en ésta había quedado atorado el fardo entre las tablitas del asiento.

Pinchi Alzheimer… Pues resulta que el Tilo sintió como una picadura o corte transversal en el escroto (vulgarmente conocido como güevo), que es una especie de funda protectora de las espermatogónadas e intentó salir corriendo, pero sintió que unas fuerzas extrañas como que lo ataron a la silla y se tuvo que ir de bruces contra el suelo con todo y silla. Para su fortuna, esas maquinitas “produtoras de permenatozoides”, como les llaman en el rancho, son retráctiles y lograron desatorarse y salir más o menos bien libradas, ahora sí que de entre las rejas, como dijo Javier Solís, y a no ser de unos leves raspones del Tilo en las rodillas, un rayón en el güevo y la vergüenza de ser súpitamente el centro de atención de aquel trío de viejas que se desternillaban revolcándose, víctimas de un incurable mal de risa y de una repentina incontinencia urinaria, diría el Doctor Táibol todo quedó más o menos en orden.

Bueno, pues sí anduvo un poco mi compa Tilo con un leve dolorcito en la parte noble forrada de entre cana, pero a los días, junto con el alivio le vino también el olvido del asunto aquel. Muy de vez en vez la Ramona rememoraba el asunto, pero a manera de terapia. En cuanto le venía algún pensamiento triste a la chompeta, luego luego metía boruca acordándose del suceso del blanquillo y la zarpa del gato. Buena terapia.

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