Hablemos de aprendizaje

Por Mónica Camacho López

“Para entender todo, es necesario olvidarlo todo”

Esta frase adjudicada a Buda resulta tremendamente valiosa para el momento en el que estamos transitando.

Escuchamos informaciones inquietantes en todos los rubros: político, social, económico, científico, etcétera. El cambio de gobierno en nuestro país, las manifestaciones por el respeto a la elección de género, el aumento del costo de la vida y el costo que pagamos por la corrupción. Confirman los científicos que sí hay agua en el planeta Marte, etcétera.

pueblo en tortuga

Habrán asuntos que de ninguna manera vamos a aceptar, otros que nos van a alegrar, pero la mayoría, no lograremos entender su contenido, sus móviles y de allí sus repercusiones en nuestra vida. ¿Qué utilidad nos representan?

Nuestro pensamiento inicia una frenética labor para tratar de conciliar parte de esa información con nuestro esquema personal, para luego armonizarlo con nuestro entorno inmediato… resultado: neurosis.

De allí la valía de la frase inicial, porque se refiere al “prejuicio” y muchas personas nos inclinamos a prejuzgar; es decir a basarnos en nuestras creencias y valores para emitir una opinión o establecer una posición ante un asunto nuevo para el cual no nos tomamos el cuidado de “percibirlo”, ni el tiempo necesario para contrastarlo con nuestros valores previos.

Este proceso no es asunto menor ya que cargamos una enorme loza de “educación” desde el hogar y una “formación” educativa impuesta a punta de diplomas, certificados y boletas de calificaciones que aprietan a la libre expresión del ser lo mismo que una zapatilla de aguja al regordete pie de una quinceañera o así como el nudo de la corbata al cuello de un ejecutivo sedentario.

A medida que crecemos, nuestra mente se llena de condicionamientos y normas sociales que nos indican cómo debemos ser. Nos inculcan el aparente sentido de las cosas, de cómo debemos comportarnos e incluso cómo debemos pensar interiormente. Nos volvemos inconscientes con nosotros mismos y nos perdemos.

Hoy en día los niños empiezan a leer antes de lo que nosotros lo hicimos, incluso hay jardines de niños en los que es una norma que sus pequeños salgan con esta habilidad. Pero la madurez para este proceso abstracto es variable en cada niño. Algunos sí están preparados para aprender a leer: son los que por sí solos empiezan a preguntar por las letras que ven en los carteles, los que las copian y forman sus propias “palabras”. Sin embargo, hay otros niños a los que no les interesa la lectura y, aunque se la enseñen en clase, no asimilan la información. Para ellos la palabra escrita queda en algo abstracto, necesitan moverse más y prefieren jugar antes que estar sentados y entender símbolos. Es decir: prefieren estar en la riqueza de su universo de inconmensurable creatividad.

En Finlandia, el país que mejores resultados académicos ha mostrado en los últimos años en el informe Pisa, no se empieza con la lectura hasta los 7 años. Opinan que los niños no están preparados para leer antes de esta edad y no quieren que una presión temprana los lleve a terminar detestando el mágico mundo de la lectura. Estos datos son ya una respuesta a la segunda pregunta: la edad en la que un niño empieza a leer no determina su posterior desarrollo intelectual.

En otros lugares, como Países Bajos, empiezan a los 6 años, pero imparten clases de prelectura en los cursos anteriores para familiarizar al niño con las letras.

Finalmente, ya como adultos, guardamos aquella plática fantástica que tenía el niño consigo mismo mientras jugaba, manifestada en forma de un diálogo interno atiborrado de conceptos y sobro todo de aspiraciones, nuestra mente no para. Estamos insertos en un universo simbólico particular, andamos por la vida con “nuestro” lenguaje, “nuestros” valores y de allí en pos de nuestros intereses que pocas veces nos llevan a la realización de las habilidades de aquel niño que fuimos y solo deseaba ser feliz.

Hemos acumulado información sin filtrarla, sin pararnos a distinguir lo que nos sirve de lo que no nos sirve, lo que nos hace felices de lo que simplemente nos ayuda a sobrevivir.

Más importante que aprender algo nuevo, es entender que nuestra forma de ver el mundo es opcional y aprendida. Aprender a desaprender, un cambio a nivel profundo, implica comprender el origen de nuestra forma de entender el mundo y, poco a poco poder ir «deshaciendo» estas creencias. A esto lo llamamos aprender a desaprender, desaprender hábitos e ideas que no provienen de nuestro corazón. Para ello, esta última frase de Buda nos servirá también para comenzar el proceso: “En el cielo no hay distinciones entre este y oeste, son las personas quienes crean esas distinciones en su mente y luego piensan que son verdad”.

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