* ¿Ya pasó…? * Ahora la triste realidad

en privado

Una vez más las luces, las cámaras y la acción, volvieron al escenario aquel donde el pueblo, mi pueblo -al fin protagonista principal- acudió a realizar su actuación en esa comedia dominical.

Y aunque extenuado y ya asqueado de tanta perorata y casi al borde de la agonía, allí estuvo cumpliendo con su deber.

Allí estuvo a la entera disposición de los titiriteros aquellos; que gozaron, que se rieron, que se burlaron moviendo los hilos a su antojo; para, -una vez pasada esa farsa- soltar los hilos y dejarlos caer estrepitosamente. Sin importarles el dolor del pueblo.

O algunos los abandonaron en el rincón de la ignominia, con el fin de que, en el siguiente domingo electoral, -el que sigue- simplemente desempolvarlos. Y volver a la arenga del discurso fingido y la falsa promesa.

Qué más da. Cuando se trató de políticos perversos; soberbios… sin pudor… desalmados, como el caso concreto de un tal Zamora.

Qué más da. Cuando demostraron ser presuntuosos, engreídos y hasta ridículos, como el caso concreto de un tal “Tano”.

Qué más da, cuando la vanidad convertida en billetes de distintas denominaciones cruzó los umbrales del hambre del pueblo y convirtió en diva a una Jisela.

Qué más da, cuando totalmente ajenos a ideologías partidistas, aquellos saltimbanquis, veletos y acomodaticios -hombres y mujeres-, vestidos de payasos y arlequines, aventaron por la coladera sus ideales y principios sin importarles el tamaño del pecado, como en el paraíso lo hizo Adán.

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Qué más da, cuando la pasarela de un CERESO fue testigo de lamentos y nerviosismos de quienes, de impecable amarillo desfilaron ante reflectores del mea culpa, y que desvergonzadamente vuelven a la cargada, como un tal Porras.

Y qué más da, cuando aún hay mucho más excremento por descubrir bajo las asfixiantes y pestilentes cloacas.

Pero decía que el pueblo, mi pueblo, después de votar, se vio obligado a retornar a su dolorosa y cruel realidad.

Y me resistí a creerlo, pero lo vi, que con sus pasos cansados, y soportando a sus espaldas la despensa repleta de promesas, mareado por el vaivén del acarreo, y ya débil de ponderar con aplausos la insulsa oratoria del engaño, se regresó para vomitar las tortas sazonadas con la monótona y aburrida verborrea.

Observé cómo, dibujando en su rostro los profundos surcos del hambre, nuestros CAMPESINOS, una vez pasada esa comedia dominical, se regresaron a sembrar penas y cosechar lamentos. Lo ví cómo retornó con sus dedos ensangrentados de tanto escarbar la árida tierra con sus uñas. A regar la tierra con el sudor de su frente; y ví sus ojos colmados de lágrimas por esa impotencia contenida tanto tiempo en su vana espera frente a los pomposos Gabinetes Agropecuarios.

Ví a nuestros EJIDATARIOS -después de esa farsa del domingo-, regresar a su agostada parcela sedientos de justicia y hambrientos de respuestas. Y otra vez los ví recluidos en su amarga y triste soledad, al dormir el sueño eterno de los justos en espera de que le abran las puertas de los Departamentos Agrarios. ¡Dios mío!, y regresaron otra vez a morir soñando con majestuosos manantiales. Soñando con sus vacas gordas pastando en verdes praderas y con gigantescos silos repletos de alimento, mientras, sus humildes familias, con rostros cadavéricos seguían permaneciendo acartonados en la terrible inanición.

Vi a nuestros OBREROS -una vez que culminó la fiesta de la política y los políticos-, regresar a la fábrica. A la habitual explotación del más fuerte y solo para observar la grotesca escena de sus dedos cercenados por la guillotina. Los ví  regresar, para ver sus brazos mutilados por los engranes del molino, a dejar su vista en el candente reflejo del acetileno, a perder sus oídos en el estruendoso ruido de los motores, a cancerar sus pulmones en el tóxico solvente, a entremezclar sus años en la grasa y el aceite y… ¡Dios mío!, los ví otra vez recluidos en esa esquina obscura, solo para dejar su vida colgada en el overol.

Vi a nuestros PEQUEÑOS COMERCIANTES -después de emitir su voto-, regresar a contabilizar pérdidas y a enumerar deudas, los vi regresar para solo ver cerrar las puertas de sus negocios, no sin antes haber colocado el fantasmal aviso de: “se vende o se renta”, producto de la incosteabilidad surgida por aquella perversa competencia de los oxxos, las sorianas y los liverpules.

Vi a nuestros PESCADORES cómo -ya una vez que cumplieron con su deber cívico-, se fueron al mar y regresaron con sus redes vacías y el hambre dibujada en sus costillas por las malditas componendas que se fraguan entre intermediarios y permisionarios. Los vi muertos de hambre porque Los Peces Gordos otra vez se repartieron las ganancias. Con sus lanchas vacías porque sus desgastados chinchorros se empropelaron en los barcos de arrastre de aquellas grandes y fuertes connacionales… ¡Dios mío!, y los ví regresar con la carnada pegada a sus nalgas porque el anzuelo “no picó nada”.

Vi a nuestras MUJERES -después de esa farsa dominical-, cuando regresaron a barrer penas, a freír lamentos y a lavar lágrimas de impotencia porque no les alcanza el dinero para el gasto. Las vi vomitar sangre después de soportar los dolores de aborto de un parto maldito por el malparir de una campaña y vi a las obreras regresar a casa, angustiadas por el acoso del patrón y la tristeza reflejada en su rostro por el pago de la pernada a cambio de un jornal injusto.

Vi a nuestros JÓVENES -una vez emitido el sufragio-, regresar a quemarse las pestañas en los libros de la indiferencia… a soñar con las becas de la incomprensión… y a ver pasar la Maestría de la Delincuencia y el Doctorado de la Drogadicción. Y también los vi regresar a hacer su Servicio Social en las filas de la Delincuencia Organizada, solo por la maldita desorganización de las administraciones públicas.

Y ¡maldita sea!, pero así es la triste realidad.

Porque así regresa mi pueblo después de que las, y los duchos políticos, justo y solamente el día del proceso, lo pudo considerar la Octava Maravilla, el Onceavo Mandamiento, el Non Plus Ultra, el Plato Fuerte y el Postre, en esa gran comedia dominical; mientras por otro lado -como siempre sucede-, el candidato triunfador, seguirá levitando y sufriendo de amnesia.

Cuestión de tiempo.

 

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