Salí a dar una vuelta por Sofía y me encontré conmigo mismo

(Realismo Mágico)

Por Francisco Javier Lino Briones

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Parte 2 de 3

Así, luego de un azaroso viaje en el que viendo la parte positiva conocimos la ciudad de Luton, sentimos a flor de piel un frío para nosotros atípico y vivimos la experiencia de lo que se siente no superar la barrera del lenguaje, nuestro vuelo Luton-Sofía llegó finalmente a las tres de la madrugada a su destino y fue en ese lugar donde conocimos algunos contrastes que se pueden vivir en esa zona de Europa, pues contrario a lo que esperábamos, luego de recoger el minimizado equipaje que llevábamos, pasamos inmediatamente a la sala de llegada de los vuelos de ese aeropuerto y no podrán creer que más bien parecía una sala de espera de autobuses de segunda clase de nuestro país: un piso maltratado, sillas de fibra de vidrio que invitaban más bien a no sentarse que a descansar (solo nueve); el que estuviera sola se entiende que era por la hora; una vigilante que no se preocupó por tratar de entendernos cuando le solicitamos información sobre la señal de internet; y una mujer desatenta detrás del mostrador de una conocida empresa de renta de autos, que sin complicaciones con sus ademanes nos dio a entender que no nos entendía pero que de igual forma no le importaba entendernos mientras echaba bocanadas de humo, pues fumaba.

Ese y otros detalles dieron pie para realizar este escrito antes de dar una vuelta por Sofía y encontrarme conmigo mismo, o de encontrarnos con nosotros mismos, pues éramos el equipo de karate de México que participaría en el “Karate Youth League, Sofía Bulgaria”, que iba con la consigna de sumar puntos para ganar un lugar en el evento convocado por la WKF para el mes de junio en Croacia, sede del selectivo final para asistir al segundo evento deportivo más importante del mundo -luego de Juegos Olímpicos-, los Juegos Olímpicos de la Juventud. A la capital de Bulgaria, solamente asistimos Víctor Valdovinos y yo. Equipo por México.

Como les dije, llegamos a esa sala de espera que no parecía de las que salen en las películas de Europa (la predisposición es error), era precaria y hasta ese momento no llevábamos ni el nombre ni la dirección del hotel y por supuesto que la señal de teléfono estaba simplemente bloqueada, de tal forma que no tuvimos otra cosa que hacer que sentarnos, bueno. Eso hasta que se asomó el primer haz de luz allá tras los Cárpatos, momento en que le dije a Valdovinos que buscara una señal abierta de wi-fi y luego de unos minutos regresó sonriente: “No sé qué haría usted sin mí, sensei”, ya tenemos el nombre y la dirección del hotel, me lo acaba de mandar la licenciada Samantha Desciderio.

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Por eso tomamos el taxi a nuestro hotel, en el que descansaríamos plácidamente pues había sido un largo viaje además de escabroso. Y lo único que queríamos era darnos un reconfortante baño, comer y luego dormir… dormir.

Con el afán de que esta nota no sea deportiva, solamente haremos referencia de que nos inscribimos al evento que íbamos, participamos y obtuvimos resultados favorables para nuestro objetivo, obtener puntos, clasificar para el selectivo final a Juegos Olímpicos de la Juventud a celebrarse en Croacia. Pero en ese ínter comenzamos a convivir en el tejido social de esa ciudad en la que estábamos, Sofía.

Sucede que el primer día que tuvimos oportunidad de entrenamiento, como en el hotel donde estábamos no había espacio, decidimos hacerlo en un parque detrás de nuestro hotel. Por cierto, quedamos verdaderamente admirados por la singular belleza de éste: árboles altos, pasto y lleno de vida; sin embargo, con perros distribuidos en todo el parque.

Observamos detalles y tuvimos vivencias que no esperábamos: primero, la gente es terriblemente fría y nada cordial, ya que queriendo iniciar el saludo, nada, ni una mirada, ni un momento de atención para hacerlo; cuando entrenábamos, simplemente pasaban como autómatas a un lado de nosotros; “bueno, ha de ser en esta parte de  la ciudad”, dijimos.

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Y luego, el tener que cambiarnos de espacio, pues aunque no lo crean, como si fueran minas explosivas, por todo ese parque estaban sembradas mierdas de perro, en tal cantidad que mejor decidimos cambiar de espacio de entrenamiento pues corríamos el peligro de pisar una. En algún momento que descansábamos lo que vimos nos dejó pasmados: un joven de aproximadamente 20 años sacó a pasear a su perro y ahí vimos como ese animal dejaba su mierda mientras el dueño caminaba sin importarle el hecho.

Pasamos luego al supermercado “Ahtactnko” como se leía en su letrero. Nada en español ni en inglés. Todo lo que había adentro escrito en búlgaro y no nos ayudaban mucho las etiquetas, pero bueno, eso pasa, lo que no podemos dejar de mencionar fue el trato que nos dio la cajera, una señora grande y fornida quien simplemente nos mostró la pantalla de su antigua caja de cobro en la que teníamos qué pagar 80.36 levas (nombre de la moneda) y ahí estuvo el problema, ya que pagamos con un billete de cien y como no tenía el cambio exacto, rasposa nos decía en búlgaro algo que entendimos como que quería el cambio exacto y se comenzó a desesperar. Viendo eso juntamos Víctor y yo unas monedas y las puse en la palma de la mano, de ahí tomó algunas y con un ademán hosco nos dijo unas palabras despidiéndonos. No sabemos qué nos dijo pero ¿cómo no salir rápido de ahí si con su ademán nos dio a entender que lo hiciéramos aprisa?

Pero bueno, así dejamos esta parte del escrito: en la siguiente tendremos el encuentro con nosotros mismos, porque hasta este momento nuestra experiencia era en gran parte de desencanto, pero no todo fue eso. Sofía, Bulgaria también tiene cosas maravillosas y de ello platicaremos la próxima ocasión.

 

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