“Calma, no pasa nada”

Por Francisco Javier Lino Briones

El haz de luz hizo que abandonara mi descanso, pues en medio del reparador sueño la luz momentánea que iluminaba una aparte del pasillo, provocó en mí una respuesta aprehensiva, ya que además de la silueta desconocida que pasó de un lugar a otro en ese pasillo, el perro, que por singular nombre tiene de “Moco” ladraba en actitud de alerta; así que con la intención de alejar al intruso y evitar un encuentro azaroso y violento en el que había la posibilidad de que yo hubiera salido mal librado, grité de manera firme y clara: ¡-Heyyy!

calma no pasa nada

Pero ese hombre a lo que iba, iba. Simplemente caminó a través del pasillo hacia donde yo estaba, por lo que como impulsado por un resorte me incorporé rápidamente -más adelante concluí que serían como las dos y media de la mañana- tratando de persuadir al sujeto, tratando de evitar el encuentro físico: -¡Deja que te agarre y verás cómo quedas!

Debo aclarar que fueron momentos de verdadera incertidumbre: miedo, susto, oportunidad… instinto. Pero el individuo siguió caminando con la lámpara en la mano, no se detuvo, por eso se hizo necesaria mi respuesta inmediata: no fue una patada voladora, simplemente me impulsé hacia donde se originaba la luz, que no era otra cosa que una lámpara de mano, pero que en la confusión llegué a pensar que era una de esas armas modernas cuyo letal disparo es antecedido por un rayo láser y la luz, por ello, despegándome del suelo logré patear ese artefacto, mismo que en un momento que me pareció eterno, como en cámara lenta, dibujó una parábola en esa escena nocturna, para finalmente caer estrepitosamente estrellándose contra el suelo.

Por inercia, la segunda patada estaba preparada, pero la diosa fortuna apareció en medio de esa parábola, ya que en algún momento, antes de que el artefacto quedara inservible en el suelo, la luz iluminó el rostro del que hasta ese momento había pensado yo que era un peligroso ladrón:

-¡Santiago! ¿Qué haces aquí?

-¡Cálmese profesor! -Me respondió sorprendido y azorado -estoy preparando el rifle pues un cochi maldito se ha metido al corral y lo quiero espantar ¡Calma, no pasa nada!

¿Cálmese? Una imagen que viví en la mañana, otra a mediodía, otra no sé en qué momento… un mundo de escenas se torcieron en mi mente, hasta que de manera natural de descorrió el velo. Entendí esa realidad. Salí de ese “lapsus brutus” cuando recordé que era yo quien estaba en casa ajena, pues Santiago, amablemente la noche anterior me había ofrecido dormir en la sala de su casa, lugar en el que estaba profundamente dormido, cuando mi anfitrión había sentido la presencia en el corral del cerdo y había decidido salir por él, salir a matarlo, pues era muy dañero.

El previo a la confusión era que en mi escuela de karate, los amantes de lo ajeno ya se habían metido a robar dos veces y siempre había querido agarrar a los intrusos -la escena del ladrón con una lámpara entrando a una casa a robar estaba muy arraigado en mí educación tal vez por las películas- por eso, medio dormido reaccioné de esa manera.

Nos quedamos sin lámpara, por eso no hubo manera de aclarar la noche y el cerdo salvaje simplemente escapó. Me disculpé con mi amigo por esos malos momentos, y aparte, despertamos a toda su familia.

Regresamos con la intención de seguir durmiendo, era madrugada. Caminando noté a Santiago un tanto serio, pero más se hubiera puesto de saber que esa segunda patada que no llegó a pegarle tenía por objetivo el lugar de donde salieron las semillas para que sus hijos vinieran a este mundo, incluyendo a Elena y Adriana.

El perro no era “moco”, era un chihuahueño que fue confundido en medio de la oscuridad, por cierto, su nombre es “Mocho”. La luz iluminó a tiempo el rostro de Santiago Zumaya, dueño del Rancho “La Sabanilla” y la patada se detuvo a medio camino.

Mientras termino esta pequeña narrativa, en Ciudad Juárez, Chihuahua, me llegó una mala noticia de manos de Patricia Lara Zumaya, alumna muy apreciada de karate y del CET Mar 31:

-Paty ¿cómo se llama el perrito chihuahueño de tus tatas? -tenía esa duda.

-Mocho –me respondió breve, pero más adelante continuó –Sensei. Malas noticias.

-¿Qué pasó le respondí?

-Falleció mi tío Remedios.

Sería impertinente preguntar desde esta frontera el cómo, el por qué. En mis condiciones basta saber que murió y hago mención de él, porque ese domingo en el que ocurrió la confusión, muy temprano y antes de que nadie se levantara aún en el Rancho “La Sabanilla” salí a caminar a la parcela de Santiago, estaba precisamente en el sembradío de caña cuando oí al “Mocho” ladrar desaforadamente, y por ello vi que alguien estaba recogiendo carbón del horno de piso del rancho.

Cuando le pregunté a Remedios que para qué lo quería me respondió mientras levantaba el costal sobre sus hombros:

-Es para afilar unos cuchillos.

¿Alguien se ha ido de este mundo con deudas? ¿o con algo de dinero? ¿o un bien? Nos morimos sin tener, pero también sin deber, pero los que nos quedamos aún unos días más sí debemos algo. Debemos ser agradecidos de lo que nos dejan los que se van, como en este caso, en que lo sencillo es significativo. No sabía que el carbón sirve para dar filo. Gracias por compartir don Ramón Nonato Tamayo Zamora.

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