en privado

*El Miedo de la Crónica Esperada

Fueron esos aciagos tiempos, cuando vestida de fiesta y luciendo un negro crespón en la solapa, coronada de yerbas y polvos alucinantes, vomitando fuego de pistolas y metrallas, la muerte, con guadaña en ristre, empezó a teñir mi cielo de rojo y a rondar los confines de mi tierra para sembrar, -en sus virginales surcos-, el sobresalto y el terror.

Y enseguida, confundida entre esos ríos de sangre que estrepitosamente bajaron por las calles y avenidas de mi ciudad hasta enturbiar las nítidas aguas de mi bahía, y ya una vez perdida en esa vorágine de agónicos estertores, la muerte provocó que esos sembradíos, empezaran a producir solo tristeza… dolor… desolación… luto.

el miedo de la cronica esperada

Esos tiempos, cuando -sin yo esperarlo-, el miedo se incrustó hasta la medula de mis huesos, crispó mis nervios, invadió mis neuronas, y por temor a las balas asesinas de aquel fuego cruzado, el rincón de las baldosas frías de mi soledad, habría sido mi último recurso para llorar mis temores. 

Esos tiempos, cuando los tétricos vientos de los cuatro puntos cardinales juntaron todos los miedos de los valles, de las montañas y de los mares, para acarrearlos hacía mí; y ya después, convertido en un monstruoso y amorfo alijo, colarse por todas las rendijas de mi patria chica, hasta impactar en un patético ¡pecho a tierra!, hasta el último rincón de las escuelas de mis niños, de los asilos de mis abuelos, y de los jardines de mis niños.
Y tuve miedo.
Mucho miedo.
¡Maldito miedo que a chorros de sudor manó por los poros de mi cuerpo…!.
¡Miedo maldito que como lapa maligna se untó a mi piel…!
Maldito miedo que se coló a mis pulmones e inhaló mi respiración, que detuvo los pasos de mis piernas, que envenenó mi sangre, que tragó mi garganta, que emanó mi voz, que subió los niveles de mi estrés, que vieron mis ojos, y escucharon mis oídos.
Miedo a responder el teléfono, miedo a la noche, miedo a acudir al trabajo, miedo al día, miedo al policía, miedo a cumplir con el compromiso de la fiesta, miedo al amanecer, miedo a salir de mi oficina, miedo al pitido de un carro, miedo al anochecer, miedo al tronido de los petardos y los cohetes, miedo al pedigüeño que se acerca para pedirme alimento, miedo a despertar, miedo a llevar a mis hijos a la escuela, miedo al detener mi vehículo en el semáforo, miedo a dormir, miedo a ir al cajero, miedo a salir a la calle… ¡miedo a todo!.
Crueles tiempos, con vientos cargados de desgracias, de calamidades, de agonías y fatalidades.
Cargados de negros nubarrones de asesinatos dolosos. De inciertos homicidios; de horrendos crímenes donde burbujeaba el ácido en un claro intento de borrar toda huella de maldad; crímenes macabros: a veces sin pies, a veces sin manos, a veces sin cabeza, y a veces envueltos en bolsas negras.
Tiempos sordos y ciegos. De dolor y desesperación, cuando la incertidumbre, la duda, la vacilación, el titubeo, y la indecisión, me daban visos de inquietud, de intranquilidad, de inseguridad.
Tiempos de tirarse al piso, de voltear para todos lados, de levantones, de sospechas, de recelos, de desconfianzas… de narcofosas.
Tiempos de sirenas y helicópteros trepidando mi hogar; interrumpiendo mis pasos, lastimando mis tímpanos, y trastocando mi sueño, mi tranquilidad… mi paz.
Esos tiempos, cuando Satanás dejó abiertas las puertas del infierno y disfrazado de Ángel, visitó la tierra para quedarse entre nosotros, como un reto abierto a Dios, en la disputa por esas almas; unas buenas, unas malas. Y aquellas otras, que hoy piden una oración desde el Purgatorio.
Tiempos de ajustes de cuentas; de patrullas, de recomposición de plazas, de ambulancias, de reacomodo, de hombres de negro con su rostro cubierto, de desapariciones, de Semefos.
Tiempos donde lo mismo vale la vida de un hombre o de una mujer; de un revendedor, de un deportista, de un periodista, de un inocente, o de un Ombudsman. Y a veces, lo mismo da la vida de un niño.
Esos tiempos del placer de matar por matar. De seres sin alma… sin compasión… sin corazón… sin perdón.
Y es que, el miedo duele, y cala muy hondo.
Y deja cicatrices imposibles de borrar, y heridas que no sangran, pero supuran pus de desconsuelo, y arroja lágrimas que a veces no se ven, pero se ocultan muy al fondo del alma.
¡Que fueron decenas… cientos… miles. No lo sé…!
¡No importa la cifra!
¡Que fueron semanas… meses… años. No lo sé…!
¡No importa el tiempo pasado!
Lo que importa, es el dolor incrustado en mi pecho, y el negro crespón que hoy han dejado en tu alma… en mi alma. Para siempre.
Más… quiero soñar ahora con el silencio de las armas.
Quiero creer que el plomo ya se derritió.
Y… ¿puedo Señor, creer que estos tiempos ya se acabaron…?
Entonces, te digo: “Padre Nuestro que estás en el Cielo”, ten un poco de piedad por mí.
¡Y por favor dame esa esperanza…!

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