Caer en las redes

Por Mónica Camacho López 

La libertad; a pesar de ser status intrínseco de todo ser viviente; es asunto bastante controversial en la sociedad humana.

Desde el principio de los tiempos en la organización social, siempre ha habido individuos o grupos que se consideran portadores de la verdad y por lo tanto ostentadores del poder; acotando la libertad “de los otros”: eres libre de hacer lo que desees; siempre y cuando pienses como yo.

caer en las redes

En estos tiempos tan lejanos de los mitos, del oscurantismo y de la falta de recursos para domesticar el ambiente, donde atemorizar era el pan de cada día; hoy seguimos siendo blanco del embate de aplanadoras del pensamiento.

¿Quién no ha recibido por cualquiera de las modalidades cibernéticas, la oferta de recibir bendiciones, dinero, buena suerte, salud y hasta amor verdadero?; siempre y cuando, se comparta la información con la mayor cantidad de contactos posibles. Fuera de que tal asunto pudiese ser en algunos casos estrategia de mercadotecnia, mayormente consiste en una forma de invadir nuestro libre albedrío:

“Si compartes esta bendición con cuarenta personas incluyendo a quien te la envió, recibirás cuarenta buenas noticias en menos de cuarenta días”.

O si no:

“No rompas esta cadena, Winston Churchilito tercero la rompió y murió al tercer día… “

Este tipo de publicaciones además de ser producto de personas enormemente ociosas, consumen nuestro espacio, tiempo y hasta a veces nos quitan tranquilidad.

La ley de oro reza: No hay que seguir las cadenas virales.

Los más de siete mil millones de personas que habitamos este hermoso planeta tenemos cada uno una historia individual irrepetible, singular en acontecimiento y temporalidad. Decir que lo que le sirvió a alguien, sin lugar a duda, va a ser efectivo para otro que vive a cientos de kilómetros de distancia y es de diferente generación, es un disparate.

Si lo anterior ya es asunto importante para nuestra atención, la utilización de esa estrategia por advenedizos políticos es aún peor.

Hermanos, amigos espontáneos, compañeros de trabajo y hasta la persona de la que no teníamos noticia desde hace lustros, se han tomado la “atención” de enviar cadenas denostativas de candidatos, campañas, partidos y seguidores de los mismos, como quien avienta arroz a los recién casados.

La invasión a nuestro espacio por parte de esta forma de “comunicación” es una forma de violencia que no debiéramos de permitir. Lo peor es que algunas personas se sienten ofendidas si no se les “sigue la corriente”, sin detenerse a pensar que son ellos quienes cruzaron la línea.

No hay mayor intimidad que nuestro pensamiento y nuestros sentimientos, allí radica nuestra identidad, nuestra historia, nuestras batallas, victorias y derrotas, los fundamentos que nos hicieron valiosos e irrepetibles; nuestra identidad. Allí no cabe más que nuestra historia personal.

Sin restar importancia a los acontecimientos por los que transita nuestro país, el sendero por el que transitemos será tan recto, suave o torcido como nuestro corazón no los dicte; somos los individuos los que decidimos qué deseamos conoces, probar, escuchar o paladear, no impongamos a los demás fantasmas fabricados por intereses innobles. Ya tenemos bastante con la construcción de nuestra felicidad, empresa particular, que al final resulta en beneficio de la colectividad; porque mientras más individuos felices haya, menores resentimientos esparcirán su corrosión por la sociedad.

Respétate, respetando a los demás.

La felicidad es contagiosa, también la depresión, nos toca en la intimidad de nuestro corazón trabajar por la que libremente elijamos, tú decides que compartir; la sonrisa o la advertencia manipulada.

Nos parecemos a los pájaros que por mucho tiempo han vivido enjaulados, que vuelven a su jaula incluso teniendo la posibilidad de escapar. La sola perspectiva de un cambio nos hace sentirnos mareados”, Mathew Ricard (el hombre más feliz del mundo).

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