Tío Mario

Texto y Oleoso, Emilio Arce Castro

En días pasados, andando por Ciudad Constitución, me encontré en las cercanías del Palo Bola a un viejo amigo: Mario Higuera, del rancho El Corral Viejo, quien ahora es propietario del rancho Caratel, el último rancho a donde puede entrar un vehículo después de los Llanos de Kakiwi hacia el oeste, en la zona de Santa María de Toris, por El Paso de Iritú, o lo mismo, pero desde San Luis Gonzaga. Me dio gusto verlo después de tantos años. Ya maneja, cosa que creí que nunca iba a suceder; no es por nada, sólo que estaba acostumbrado a verlo a pie o en bestia. Me di cuenta de que todavía no aprende a leer, a pesar de que “casi literalmente” le costó un ojo de la cara no saber hacerlo, hecho por demás lamentable que después les explicaré.

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Mario, o “Tío Mario”, como lo apodábamos, era un muchacho de nuestra camada, que hoy andará cumpliendo los cincuenta y tantos o sesenta años, pero en el tiempo en que les platico andaríamos por los quince o dieciséis años, y nos encontrábamos trabajando en el rancho de mi abuela, El Sauzal, en las labores de manutención del ganado, oficio por demás común en la mayoría de los ranchos que pueblan la serranía sudcaliforniana. Recuerdo que al tío Mario le hacíamos buya en los corrales y lo luriábamos para que le entrara al ruedo a jinetear reses broncas. Era hábil, sobre todo para domar y quebrantar potrillos. Quebrantar consiste en lograr que estos orejanos equinos aprendan a obedecer la rienda, haciendo que “quiebren” el pescuezo hacia la izquierda o hacia la derecha a capricho del jinete, como debe ser. Cuando el animal es montado por primera vez y está inquebrantado (obvio), al ser montado siente el equino un pavor que le hace que se faje a los reparos tratando de sacudirse al jinete, pero con el tío Mario, pocón. Parecía que se pegaba, que se untaba al lomo de las bestias, ya que por lo regular o casi siempre, los caballos o la bestia que fuera caía antes que el tío Mario, o si éste era sacudido, caía parado, como los gatos. Era muy reliviano.

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Lo encontré hace poco cerca del Palo Bola, capital comundeña de las patadas. Ahí nomás se oye: “¡Sésguense porque amanecí pateando uno noventa!”, y no tarda mucho en escucharse la contra chifleta: “¡Elo madre, pero esa garrita de sombrero sí te tumbo con el dedo gordo de la pata zurda…!”, y es así como se hacen los cabronazos allá por donde recientemente vi al tío Mario, y me agüité, porque aún no puede (ni podrá) parpadear su ojo izquierdo, y lo mantiene siempre abierto como un eterno e insomne velador.

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Resulta que al tío Mario, aunque no sabe leer ni escribir, le entró la ventolera de enviar una carta dirigida a su novia que vivía allá en “La Boca de las Cañadas”. Para su mala fortuna, el escribano que escogió para tal tarea no era otro que el méndigo “Vejiga”, mi primo Raúl Álvarez Castro, del rancho El Raicero. Recuerdo claramente esa mañana, poco antes del mediodía, que estábamos los tres mojándonos las patas en un lugar en el ancón del arroyo, siempre cristalino, a unos cien metros de la casa del Sauzal, entre los tepetates y los ojos de agua, cerquita de un mezquital que blanqueaba de palomas pitahayeras, de esas sarteneras que eran nuestras favoritas con tortillas de harina. No, desde que vi al “Vejiga” lápiz en diestra, cuaderno en la siniestra, con esa sonrisa de puro cabrón que aún tiene, pensé: esto ya valió madre. Este canijo algo se trae. Y en efecto. Todavía le dije –Tío Mario, si quieres yo la escribo…– Me dijo que no, porque yo tenía buena letra, y que su novia no sabía que él no sabía escribir. –Sóbres, pues– le dije, y el pinchi “Vejiga” nomás me guiñó un ojo. Para esto, teníamos una buena ración de cigarros Capris y Fiesta, para quemar lejos de mi tío Luis, al que le molestaba que le faltásemos al respeto fumando delante de él. –“Amor mío…”– comenzó dictando el tío Mario, y “El Vejiga” nomás humedeció la punta del lápiz con la lengua y escribió, muy en su papel: “Culito mío…” – “tengo muchas ganas de verte, decirte que te quiero, platicar contigo, etc. Etc.”- dictaba con el corazón y la mirada extraviada el tío Mario, y el escribano garabateaba cuanta malcriadeza le venía a la mente y nomás decía, con toda la tartamudez que lo caracterizaba, -Co-con esta ca-carta, me cái que que ca-cái– decía el Vejiga mordiéndose la punta de la lengua y sonriendo pícaramente, porque lo que en realidad estaba redactando esa mañana, era una sucia-libidinosa-febril-pornográfica-calenturienta y grosera descripción, casi instructivo, de lo que virtualmente le iba a hacer el tío Mario a la sexualidad de la recatada musa –que por cierto no estaba tan mal-: que en cuanto la viera le iba a meter todititita la… hasta el tronquito, según él.

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-¿Cómo vas, Raúl?- le preguntaba el tío Mario al “Vejiga”, y éste le recitaba de lo que se acordaba que le había dictado el tío Mario. Cuando, según ellos, terminaron la sesión de dictado y captura del texto, “El Vejiga” me pasó la carta recién redactada, y de plano había un mar de distancia entre la versión corregida y aumentada del Nocturno a Rosario dictada por el Manuel Acuña choyero, o sea, tío Mario, y la mescolanza de confesiones de una pulga con Garganta profunda y el Kamasutra que sintetizó en unas cuantas líneas asquerosas el escribano en mención.

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Claro que en aquellos años esto no pasaba de ser una “ligera” y pequeña broma, la cual todavía consecuenté más, ya que al día siguiente salimos “El Chacato” mi primo y yo para Ciudad Constitución, al rancho del Güero Mauricio, compadre de mi tío Luis, a traer paja para el ganado en un pinchi camionsón que había que llenar con bieldos. El rancho La Boca de las Cañadas nos queda como a una hora y media de la ruta del Sauzal a Ciudad Constitución, en carro, y precisamente donde se enclava el rancho, nacen tres cañadas distintas, de ahí el nombre del rancho. La entrada a dicho rancho está a unos cuantos metros del camino principal, en una curva. Justo en la curva hay un gran mezquite y junto a él una singular piedra de arroyo, bajo la cual puse la carta, y coloqué otra piedra más chica sobre la piedra, para avisar que había correspondencia en el rústico buzón, obedeciendo, ahora sí, las indicaciones del tío Mario. No le comenté nada al “Chacato” acerca del contenido de la misiva, porque a pesar de que “El Chacato” es un poco menor de edad que yo, siempre ha tomado las cosas con mucha más seriedad que un servidor. Y no, pues a los diítas, una tarde creo que de fin de semana -allá no se sabe de calendarios-, el tío Mario le pidió permiso y una bestia a mi tío Luis, para ir a campear una res por el rumbo de Las Cañadas. Salir a campear por lo regular significa estar fuera de casa unos dos o tres días con sus noches, de ahí lo de pedir permiso. Para el otorgante es una gran responsabilidad, porque hay que estar muy pendientes, ya que en las vastas soledades de la sierra, entre cañadas, acantilados, terreno derrumboso y no se diga la flora agreste y la fauna salvaje, no es descartable algún tipo de accidente. –Tú vas a ver a tu novia, ni creas que no te camelé– le dijo mi tío Luis al tío Mario. –Vete con mucho cuidado, m´hijito– le autorizó mi tío, palmeándole la espalda cariñosamente, lo que significaba que el suertudo del tío Mario tenía permiso para ausentarse de dos a tres días. Y se fue al atardecer. Lo que se nos hizo raro fue que al amanecer del día siguiente el tío Mario amaneció con todo y montura en El Sauzal, con una gran herida en la cara, a manera de rasguño que empezaba en la ceja izquierda y terminaba en el pómulo del mismo lado. Pensamos que se había manteado con una rama, cosa no habitual, pero dentro de lo normal. Después nos confesó, bastante apenado, que su novia lo había aruñado en cuanto lo vio, sin mediar, hasta la fecha, explicación alguna. Tal vez algún día me anime a leerle este relato al tío Mario. Tal vez…

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