EN PRIVADO

Por Dionicio LARA

*Derechos humanos y NSJP

Defender los derechos humanos,  jamás debiera ser sinónimo de proteger delincuentes;  ni mucho menos patente de corso para trasgredir leyes.

Tampoco debe constituir un derecho a picaporte para allanar el producto de tu esfuerzo, como lo es tu casa.

Y menos -por supuesto- debiera ser la razón para impedir la defensa de tu honor… tu patrimonio… tu familia, como lamentablemente hoy por hoy, casi casi nos lo ordenan, desde ese tan cuestionado Nuevo Sistema de Justicia Penal.

En Privado

Por tanto, coincido plenamente con aquella vieja sentencia de que más vale poco con justicia, que mucho con derecho. Y comulgo con la importancia que reviste el abrir escuelas para cerrar prisiones.

Precisamente en una intención de dibujar lo anterior, haré para usted -mi inteligente lector-, un pequeño comentario, tal como -en una conversación coloquial-, precisamente me lo describió uno de mis amables lectores.

Y a modo de lograr mi objetivo, te diré, lector, que ya también, una vez que el delincuente allane tu morada, estarás casi obligado a guardar silencio, porque de lo contrario, “todo lo que digas será usado en tu contra”.

Entonces, lo que sí podrías hacer ya una vez que quebró un cristal, o destruyó tu puerta para meterse a tu casa,  es hacer una especie de conversación como ésta:

Muy buenos días señor delincuente…”

“Pase usted señor… ¡qué gusto de que nos visite a esta su casa, caray…! 

“¿Gusta desayunar…? ¿O un jugo de naranja? ¿O un cafecito…? ¿O una cervecita para la cruda…? algo, ¿Usted dirá…? Estamos a sus órdenes…

Y rato después de que se termine su café, su jugo, o desayuno, habría que proponerle:

“Acompáñeme por favor, señor delincuente…”

Y ya una vez en las habitaciones de la familia, conminarlo de esta manera:

“Mire usted, ahí está mi esposa y mis hijas, ¿gusta usted violarlas…?”

Ah, y una vez que el extraño visitante se sienta satisfecho de estas fechorías, no olvidar proponerle el saqueo de nuestro hogar que también es importante para él:

“Ándele señor delincuente… con toda confianza… puede usted tomar lo que guste. Mire usted, acá están los objetos más valiosos, los relojes, las joyas… ah, perdone usted, el dinero está acá en la caja fuerte, pero no se preocupe que ahorita mismo se la abro…”

Y ya finalmente, si es necesario, y a modo de no violentar al visitante, pues por aquello de los Derechos Humanos seremos nosotros los que salgamos perdiendo, lo mejor sería echarles la mano con el  producto de “su trabajo”. Es decir, si traen carro, ayudarlos a cargar. Y si no traen,  darles un raite o pagarles un taxi… y si no es así, lo menos que puedes hacer es entregarles las llaves de tu auto, no sin antes despedirlo como se merece:

“Que le vaya muy bien señor delincuente… cuando guste volver… ya sabe, estamos a sus órdenes”.

Y que conste, no puedes, ni te atrevas a tomarle una foto, porque todo el poder de la justicia puede caer sobre ti; y en última instancia, a fin de darles mayor protección allá, los encargados del nuevo sistema de justicia penal, le cubrirán los ojos…

No es para menos. Hoy por hoy, pareciera que la Comisión de Derechos Humanos se ha convertido en la oficina del abogado defensor de los delincuentes, o bien, del juzgado de distrito donde a los delincuentes se les otorgan amparos.

Por tanto, propongo que de hoy en adelante, en vez de ser pomposamente denominado como un Presidente, el responsable de la Comisión de Derechos Humanos, debe erigirse y ser considerado como un Señor Juez.

Luego entonces, aplaudo una vez más lo que una vez expresó Martin Luther King: “lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia”.

Como también aquel pensamiento de Mahatma Gandhi:

“Qué poco vale uno ya. Hasta las ratas se suben a ensuciar la azotea de los pensamientos. Esto es lo que hay de nuevo en mi vida: ratas. Ya tengo ratas, piojos, pulgas, chinches, sarna. Este rincón que tengo para vivir será muy pronto un parque zoológico, o mejor dicho, una casa de fieras”.

Cuestión de tiempo.

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