Arena en el ojo

Por Mónica Camacho López

Arena en el ojoTodos hemos llegado a experimentar la molesta sensación de la basurilla que nos “cae” en el ojo y nos molesta por un buen rato.

Cuando eso sucede: ambos ojos se cierran, se tensan nuestro rostro, cuello y manos, deseamos abandonar aquello que estemos haciendo y nuestra prioridad es una y no otra: sacarnos la arena del ojo.

Lo mismo nos sucede en la psique; a veces nuestra mente juega de “basurita” que cae en nuestra visión de la vida y una “pequeñez” trastoca el balance de nuestro ánimo, de nuestros planes, de nuestro empeño, de nuestra confianza.

Así como en el caso físico, en el que múltiples músculos se tensan y las lágrimas escurren; en el psicológico, luego de un imprevisto,  nos bombardean ideas desordenadas y se nos escurren las riendas de nuestro rumbo; todo a causa de un grano de arena o basurita… ¿Cuál?

Puede ser un correo de voz que anuncie: “Comunìcate inmediatamente”. Una nueva e inesperada factura por pagar, la pérdida o alejamiento de un ser cercano o muy querido; en fín, sobran motivos para que en nuestra mente se dispare una poderosa basurita que hace chuza con nuestros bien estructurados pensamientos, convirtiéndolos en un castillo de naipes que se desploma.

¿Cómo era? ¿Qué iba yo a hacer? ¿A quién iba a llamar?, etcétera. O bien: el silencio… la abstracción causada por la pedacería de ideas que caen en torrente sobre nuestra conciencia dejándonos “desconectados” por buenos ratos.

Pasan días, semanas y no hemos podido retomar el paso; cuando eso sucede, casi siempre estamos más enfocados en el problema que en continuar adelante. Hemos transferido el poder.

Hay basuritas que interfieren en situaciones a más largo plazo, destruyen amistades, empleos, relaciones amorosas, proyectos creativos y hasta proyectos de vida.

Siempre es más demandante en tiempo y esfuerzo construir que destruir; así mismo para nuestra voluntad, reconstruir es más demandante que hacerlo por primera vez.

Por eso es tan difícil trabajar en equipo por un largo período de tiempo, es difícil saber cuándo o por dónde surgirá algún obstáculo en el equipo de trabajo.

Siempre habrá alguien que piense que “hay otra mejor manera” de hacer aquello que se esté realizando y la tentación de “salirnos con la nuestra” va creciendo, a menos que la prudencia acuda en nuestra ayuda.

Tristemente hay personas que tienen la habilidad de inyectar en los demás ese tipo de desquiciantes ideas como: “¿no hay manera?” o “qué casualidad que es de este modo” o “¿Por qué siempre hacemos lo que él /ella nos dice?”. Estas u otras pequeñas frases pueden ser disparadas al núcleo de un grupo que parecía caminar con armonía hacia una meta común, pudiendo nublar la visión de varios de sus miembros, que si no se percatan de que solamente es una nimiedad; derrumbarán el fruto de un gran esfuerzo: porque les cayó una arena en ojo.

A  veces se confunden estas situaciones con la mala intención, pero no es el caso que  nos atiende. Aquí nos estamos refiriendo a imprevistos.

Perder el rumbo por un obstáculo, debe ser un simple ajuste de nuestro timón. Retomar nuestra dirección en nuestros pensamientos,  sentimientos, en nuestros proyectos, individuales o colectivos, puede no ser sencillo, pero no implica la cancelación de nuestro empeño; tal vez requiera más de estrategia que de un gran esfuerzo y la enseñanza que nos deja es la de permanecer más alertas.

Estar alerta no significa estar en tensión continua; todo lo contrario. Así como el bailarín de ballet afloja todas sus articulaciones antes de salir a escena para realizar dificultosas técnicas dancísticas con “facilidad” a los ojos del espectador y el pianista afloja sus dedos y relaja su antebrazo para tocar escalas a gran velocidad; nuestro cotidiano andar por la vida debiera ser mí relajado para permitir que si se llega el caso de que nos “caiga arena” en el ojo, tan sólo nos lleve un instante sacarla sin soltar las riendas, y así poder continuar con nuestra armonía interna rumbo a donde quiera que nos lo hayamos propuesto.

Esto aplica en lo individual y en lo colectivo. No hay nada mejor que un grupo de personas relajadas para hacer de la vida una impresionante coreografía o una hermosa sinfonía.

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