El color que no puedes ver

(Fragmento)

Premio Estatal de Novela Ciudad de la Paz 2010

Olgafreda Cota

ofcota@prodigy.net.mx

El color que no se puede verVendió todo y con Victoria en brazos se embarcó rumbo al sur. Durante la travesía no cruzó palabra con nadie, pero, a pesar de su amargura no podía dejar de percibir tanta hermosura. Parada en la cubierta, apretaba a Victoria en brazos y percibía el olor a sudor y a mar que despedía la pequeña. La besaba en la frente, y en los labios le quedaba el intenso sabor salado que ambas tenían adherido al cuerpo.

Julia empezó a sentir una sensación muy vaga que, al principio, a pesar de su esfuerzo, no lograba estructurar en su mente, pero que, poco a poco empezó a tomar forma y a ser más clara, a medida que navegaban hacia el sur: la certeza absoluta de haber estado antes en aquel lugar. El no sentir aquella región como un lugar nuevo,  ir reconociendo aquel paisaje como algo que alguna vez fue cotidiano. La sensación de haber estado lejos por muchísimo tiempo y regresar; tal vez con algunos ligeros cambios, pero sí, ésta era su verdadera tierra, ahora lo sabía sin duda alguna.

Totalmente asombrada y confundida, no logró darse ninguna explicación. Mientras, la Corriente de California seguía guiando al barco a lo largo de la costa hasta llevarlo justo al extremo de la península, antes de hacer su giro rumbo a Japón.

Cuando se acercaron más a la tierra, ella pudo distinguir con claridad los cardones, que, con los brazos extendidos parecían darles la bienvenida como una multitud de hombres de jade plantados en aquel otro mar, el de las olas de arena.

– ¡Dios, gracias por traerme de regreso! Aquí quiero vivir el resto de mi vida y aquí quiero morir. -Oró desde lo más profundo del corazón.

Al desembarcar estaba segura de que aquel era el lugar más bello que había visto en su vida. Era Cabo San Lucas un pequeño caserío y los habitantes le permitieron vivir en una choza algo alejada, pero que, en aquel momento se encontraba vacía. Observaron tanta tristeza en ella que no le dirigían más palabras que el saludo, para el que jamás obtenían respuesta; a cambio de su silencio colocaban diariamente a la puerta de la cabaña: agua dulce y pescado asado sobre leña con sal y orégano, naranjas, pitahayas, leche y panocha; todo más que suficiente para ambas. Siempre había alguna mujer que bañaba a Victoria en el mar, peinando después su cabello; los hombres al pasar le dejaban: conchas, caracoles, piedras pequeñas, palitos o cualquier cosa que pensaran podría entretener a la niña, incluso hubo alguien que llevó una muñeca de trapo.

Julia seguía ajena a todo lo que la rodeaba. Ni siquiera se daba cuenta de los buzos y pescadores japoneses que, autorizados por el gobierno federal, investigaban y explotaban la zona; ellos en cambio la miraban con extrañeza ya que con frecuencia la veían caminar durante horas por la playa, mientras el mar infatigable rompía sus olas y arrastraba arena.

Todo le recordaba a Fernando aunque nunca hubieran estado juntos en aquel sitio; así que pronto aprendió, de la peor manera, que, los sueños, la tristeza, los remordimientos y las pesadillas se cuelgan de nuestro cuello, yendo con nosotros a todas partes y solamente el tiempo logra devolvernos, al menos en parte, la tranquilidad.

Por la noche, cuando Victoria dormía y la ausencia de Fernando se hacía intolerable, Julia sacaba los ópalos en forma de lágrima y los acariciaba por horas con las yemas de sus dedos, hasta que podía sentir a su marido menos lejos; los recuerdos de los años que vivieron juntos llegaban como un suave viento. Fue entonces cuando conoció a una anciana que emanaba tal paz y dulzura que la hacía sentir cada vez menos angustiada. Cuando le preguntaba su edad, le respondía:

– Tengo doscientos años, mi niña.

La primera vez Julia pensó que la mujer bromeaba, pero pronto se dio cuenta de que lo decía totalmente en serio, creía que ésa era su verdadera edad. Ambas caminaban casi a diario por la playa hasta que la cabaña era sólo un punto; entonces se sentaban a ver romper las olas. Julia repetía una y otra vez su historia completa, de Veracruz a Ensenada y de ahí al extremo sur. La anciana también le hablaba durante largo tiempo, pero, Julia nunca logró recordar después una sola de sus palabras.

Algunas veces permanecían en silencio, la anciana contemplando el mar y ella observando su rostro de rasgos indígenas surcado con profundísimas arrugas, tanto que sus ojos se asomaban por un par de rendijas de las que salía un rayito de luz. Era muy alta y erguida, robusta, con brazos y piernas fuertes, con el cabello blanco, suelto, tan largo que le llegaba casi a las rodillas. Usaba un vestido flojo, de algodón blanco y se adornaba con unos collares largos de conchas y caracoles que al caminar sonaban. Cada vez que la veía entrar al mar, Julia volvía a sorprenderse por la forma en que nadaba y se zambullía entre las olas, era tal su agilidad que la hacía pensar en un delfín.

Julia empezó a llamarla madre porque la anciana no quiso o no pudo recordar su nombre y también como una forma de mostrarle respeto y agradecimiento.

Un anochecer en que una luna llena, enorme y roja empezaba a dibujarse en el horizonte, la anciana llegó a la cabaña en busca de Julia. Se quedó parada frente a la entrada, miró a Victoria y al instante la pequeña empezó a bostezar; entonces volviéndose hacia la joven dijo:

– Mi niña, es el momento de irnos, pues es mucho lo que hoy debemos caminar. Escúchame con atención: tu tiempo en Yenecamí ha terminado.

– ¿Yenecamí, madre?

– Sí, ése es el nombre que los pericúes dieron a esta tierra. Ven conmigo, por tu hija, no te preocupes porque dormirá hasta que tú regreses. Debes traer contigo aquello que te hace recordar con más fuerza a tu esposo. ¡Sígueme! -ordenó.

Julia entró a la choza, miró a Victoria profundamente dormida; sacó los ópalos del escondrijo donde los guardaba, los metió entre sus pechos y siguió a la vieja que ya le llevaba una buena distancia. Parecía un fantasma salido del mar con los cabellos blancos volando al viento; ella trataba de darle alcance, pero era imposible; iba tan rápido que parecía flotar. La muchacha pasó casi corriendo por la zona en que los japoneses trabajaban durante el día, siguió y siguió caminando por la desierta playa. Hacía largo rato que la cabaña había desaparecido de su vista. Julia estaba agotada. Se dio cuenta de que la luna era ahora menos grande y menos roja, que dejaba el horizonte abajo para trepar por el cielo.

Por fin la vieja se detuvo y Julia logró alcanzarla. Estaba parada frente al mar con la mirada clavada en la lejanía, con los brazos cruzados sobre el pecho. Para entonces ya la luna se encontraba más alta y amarilla. La mujer permaneció así, quieta, como estatua, el mar hacía horas que había perdido su color azul cambiándolo por un gris metálico que destellaba con los rayos lunares. Entonces se volvió de pronto y sin siquiera mirar a Julia, empezó a dibujar con un palo sobre la arena el contorno de una ballena, luego, hizo sonar intencionalmente las conchas y caracoles que traía en el cuello, al tiempo que cantaba algo en una extraña lengua. Se acercó al agua, llenó una vasija con ella, dio un sorbo y lo arrojó imitando de maravilla la forma que las ballenas expulsan el aire; después cruzó de nuevo los brazos sobre el pecho y quedó inmóvil. De pronto, ante el asombro de la muchacha, una ballena emergió a lo lejos echando chorros de agua, hundiéndose y volviendo a salir una y otra vez de aquel mar como plomo derretido. Fue entonces que la anciana miró a Julia y tomándola de los hombros, dijo:

– Mi niña querida, arroja al mar lo que guardas entre tus senos; sé bien que es algo muy amado para ti, pero sólo así la luz de la vida volverá a poseerte y dejarás por fin que el espíritu de Fernando siga su camino.

– ¡No puedo, madre, no me ordenes eso! ¿Quieres que diga adiós para siempre a lo que amo? ¡No puedo!, lo he amado con mis pensamientos, con mis manos, con mi boca, con mi sexo. ¡No puedo!

– ¡Hazlo! ¡Ahora!, no tenemos más tiempo. ¡Hazlo!

– ¡No, no puedo!

– ¡Escucha, quiero que dejes de arrastrar tu llanto sobre la arena! ¡Qué dejes de oír los ecos del dolor! ¡Qué no bordes más lágrimas sobre tu desgracia! ¡Escúchame! –insistió-. ¡Nada de lo que tenemos es nuestro, nada! – gritó con firmeza.

Julia tomó en su mano los ópalos y miró aquellas lágrimas de luna por última vez, las besó y arrojó al mar con toda la fuerza que pudo.

Emprendieron el regreso en absoluto silencio. Esta vez la anciana caminaba al paso de la joven; cuando divisó su cabaña, en el horizonte las nubes sedientas empezaron a beber el agua del mar y el último lucero palidecía dejándole su sitio a un sol amodorrado. Al llegar a la puerta, Julia dijo:

– ¿Sabes, madre?, para mi Yenecamí será siempre el lugar en que se aman las ballenas con las olas y la luna con el viento, el lugar en que cicatriza el alma porque es aquí donde he recuperado, al menos en parte, el deseo de vivir. ¡Madre, me has ayudado tanto!, ¡pero tanto!, que jamás terminaré de agradecer el haberte conocido.

– No nos conocimos aquí, hija, sino en otro lugar hace casi mil años; entonces como ahora, recorrimos juntas un pedazo del “gran camino”.

– ¿Por qué no recuerdo nada?

– Algún día cuando tu final llegue, recordarás ésa y todas las vidas que has tenido.

– Madre… Me llevo en el corazón tu recuerdo, la imagen de ese arco maravilloso que hicieron el viento y el mar con la ayuda de Dios. Además, me siento segura porque sé que mis pies estaban predestinados a caminar en estas tierras; así que aquí me quedaré por el resto de mi vida ―se acercó a la anciana, con enorme ternura le besó la mano y pidió-: Bendígame, madre.

La mujer tomó sus manos entre las suyas y cantó bajito, casi como un murmullo unas palabras extrañas, sonó sus conchas y sopló tres veces en dirección al mar. Después sonrió diciendo:

– Entra ya a la casa porque tu hija va a despertar.

Al día siguiente, cuando tuvo sus cosas listas, tomó a Victoria de la mano y buscó a la anciana para despedirse; al no encontrarla pregunto a varias personas, quienes la miraron con extrañeza y nadie pudo darle razón de ella.

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