EN PRIVADO

Por Dionicio LARA

*La perversidad de los políticos

En privado, la perversidad de los políticos

A través de tantos y tantos años que me he dedicado a este quehacer de escribir sobre política -te confieso inteligente  lector-, que podré -quizás- asimilar y admitir la política como tal. Pero creo que jamás habré de entender a los actores políticos.

Y no lo haré porque sé que al final de cuentas, son ellos -los actores- quienes orquestan las corruptelas, quienes practican la perfidia, quienes recurren a la malignidad, y quienes hacen uso de la crueldad y la protervidad.

Es decir, nunca podré comprender esa manera tan ruin, perversa e hipócrita de conducirse, por el solo y único afán de alcanzar el poder, la fama y el dinero, mientras el pueblo se queda y seguirá como siempre: con la boca abierta y el estómago vacío.

Como tampoco -por supuesto- nunca comprenderé el por qué un día se permitieron las alianzas entre unos y otros partidos, en cuya cómoda postura, los actores solamente dejan en claro sus intereses personales; y de paso -asomando a sus rostros la desvergüenza y mofándose de los ciudadanos que creen en ellos-, echan por tierra todo aquello que un día -incluso esgrimiendo su credencial de afiliados-, pregonaron desde la cúspide de su partido: convicción, identidad, principios, pasión, orgullo y coraje.

Y es que jamás entenderé cómo en tiempos normales -e incluso cuando son tiempos de elecciones-, no les alcanzan los epítetos para criticarse entre ellos y por ende, les da por denostar los unos a los otros; pero enseguida, como por arte de magia -cual si fueran perros echados en el suelo-, solamente se sacuden el polvo;  y ya cuando han formulado una alianza, actúan como hermanitos y los protagonistas hasta son capaces de vestirse con el color de un partido antagónico.

Y no es para menos. Las alianzas entre partidos han servido solamente para dos cosas: para impulsar los intereses personales y para burlarse del pueblo; pues se han dado casos incomprensibles, abominables y del todo detestables como los de aquellos partidos en que uno de ellos se autocalifica de extrema derecha y el otro de extrema izquierda. Es decir que se clasifican como el agua y el aceite. Pero que, en ese intento de alcanzar el poder, y sin importarles absolutamente nada, se han aliado.

Por supuesto que mucho menos estaré de acuerdo con esa burlesca actitud del INE de destinar ese caudal de millones de pesos -en cada jornada electoral-, a los partidos políticos, mientras por otro lado millones de mexicanos se mueren de hambre.

Asoma -creo- con esto, por un lado el atraso y la decadencia de los partidos políticos (cosa que por supuesto les vale un comino a sus dirigentes); y por el otro, se deja en claro la impiedad y desvergüenza de los actores políticos.

Por eso una vez más, he de ser reiterativo que en mis momentos de reflexión, siempre he llegado pensar que pese a todo lo que se diga -por sí sola-, la política-política, no es como muchos la pintan.

Es decir, malévola y corrupta. Sino que más bien yo la considero como el agua: pura, cristalina, diáfana, nítida, transparente; pero son los actores -hombres y mujeres-, quienes la pervierten, la prostituyen, la tuercen;  y si se quiere, en sus perversas ansias de poder, hasta son capaces de tornarla dictatorial, conduciéndola entonces por esos senderos equivocados de la bajeza y la ruindad.

He comprendido pues que -en efecto-, son aquellos que hacen uso y se sirven de ella -hombres y mujeres-, los únicos responsables de violarla; de trasgredir sus normas, de traspasar sus preceptos, de desvirtuar sus acuerdos: y por tanto,  se convierten en los únicos responsables de llevarla por los caminos de la malignidad.

Y es así, justamente como en nombre de la política y escudándose en ella, sin asombro alguno, como también  sin recelos, sin reserva, y sin escrúpulos, fácilmente se conspira, se confabula, y se entretejen falsedades.

Vamos, en nombre de ella -de la política-, sin la más mínima ética y sin el más mínimo principio de  moral, se deshonra, se eslabonan ingratitudes y se fraguan corruptelas.

Y que así justamente, esgrimiéndola como escudo, los grupos se dividen, las buenas amistades se fragmentan y las familias se desarticulan; e inclusive, ya perdidos en ese laberinto de complicidades y depravaciones,  desde las altas esferas del poder, los actores -hombres y mujeres-, son capaces de ver correr la sangre inocente y sin asomo de dolor en su semblante, simplemente sepultan a sus muertos.

Luego entonces, a la sombra de la vieja sentencia de muera el rey viva el rey -con entera naturalidad y sin extrañeza alguna-, los actores políticos -hombres y mujeres-, se ufanan transitando por esos caminos de las deslealtades y de las traiciones, pretendiendo dejar en claro simplemente que todo lo que hacen y dejan de hacer, forma parte de esa cosa que llaman política; y al amparo de ella, fraguan deshonestidades, destrozan honras, entretejen redes de corrupción y cubiertos bajo esa misma cobija, les da por cohabitar con la perversidad y alcanzan a parir maldades.

Por todo esto pues -mi inteligente lector-, creo que en ese afán de hacer verdadero honor a la democracia, estará de acuerdo conmigo que lo más correcto sería que cada cual -partido o candidato-, se rascara con sus propias uñas.

¿O no…?

Cuestión de tiempo.

 

2 comentarios sobre “EN PRIVADO

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